Aferra(z)dos: ni democracia ni social

Rafael Cid
Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

A primeros de octubre la dirección del PSOE entraba en Ferraz con el dorsal de un Comité Federal unánime en el “no es no” al gobierno del PP, y antes de terminar el mes salía otro PSOE abierto en canal al virar en redondo hacia el “si” a Mariano Rajoy. Con una triple fractura: orgánica (139 votos favor de abstenerse frente a 96); territorial (todo el PSC en contra de la investidura) y de militancia (se ignoraron las más 90.000 firmas recogidas contra el pucherazo de los barones). Y para más inri, con la protesta de muchos afiliados y simpatizantes ante la sede en señal de pública repulsa. Parecía que, por obra de la gestora, el espíritu de la Casa del Pueblo hubiera mutado en Casa Cuartel, Todo por la Patria.

El Partido Socialista cierra así el ciclo que comenzó con la derrota en las urnas de Zapatero por abrazar las políticas austericidas y su posterior profundización por el Partido Popular de Mariano Rajoy. Un periodo que ha servido para poner a prueba la capacidad de resignación de los españoles ante la acometida antisocial de ambos despotismos compinchados. Ya sabemos que un 26% de paro promedio (más del 50% entre los menores de 30 años) y un 28,6% de personas en riesgo de exclusión social (2,5 millones) no son motivos suficientes para echar a los malhechores que dicen representarles. Si eso ocurriera en la tradicional gestión empresarial, el capitalismo colapsaría.

¿Hasta dónde tiene que llegar el atraco para que una sociedad reaccione y desaloje del poder a aquellos que han causado su infortunio? Bakunin decía que el poder corrompe a quien lo practica y degrada al que se somete. Pero en nuestro caso lo que funciona es un eficaz “síndrome de Estocolmo” que hace de la víctima consorte agradecida de su verdugo. Sabíamos que la democracia representativa se atiene al consentimiento de los gobernados, aunque en la realidad esa condescendencia se traduce en que unos ofrecen la mano y los otros le toman hasta el brazo. Eso sí, semejante pericia no cae del cielo. Previamente hay que condimentar el guiso de la obediencia debida con paletadas de mentiras bien traídas. Solo así se consigue que la gente viva y se produzca en cautividad tan ricamente, porque el mantra dominante impone que somos seres ahistóricos y asociales, y solo el presente y el yo encapsulado importa realmente.

La función crea el órgano y no hay semana que no venga con su ración de patrañas. La última ha concurrido a puñados. Se ha montado un circo mediático porque unos cuantos estudiantes sin bozal han protestado por la presencia de Felipe González y Juan Luis Cebrián en la universidad pública de Madrid (UAM) para dar una conferencia sobre “La sociedad civil en el contexto global”, cuando ambos son los principales iconos del matonismo neoliberal. El espontáneo derribo de una escultura ecuestre de Franco en Barcelona ha sido “vendido” por los oligarcas de la comunicación, una mayoría de tertulianos y buena parte de la clase política como un acto vandálico, sin preguntarse por qué el culto a la personalidad de los dictadores solo subsiste en los regímenes autoritarios. Y como traca final hemos conocido a todo un Tribunal Constitucional anulando la prohibición de los toros acordada en su día por el Parlament catalán en base a su calificación de bien inmaterial realizada cuatro después por el ministerio de Cultura, aunque esa norma carece del rango del bloque constitucional objeto de las competencias del TC.

La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, que nos legó el bueno de Antonio Machado. La misma que se pone en jarras hostil ante el plante de los sin papeles retenidos en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) mientras salva piadosamente la tradición política y costumbrista más indecente y bárbara. Para matarifes, con estoque o con garrote vil, abre la muralla; para la gente, cierra la muralla. Ya en 1994, la Junta de Andalucía presidida por uno de los protagonistas de la estafa de los ERE, Manuel Chaves, instó a que se declarara “bien cultural” al “toro de Osborne”. El mismo prócer, por cierto, que luego promovería nombrar “hija predilecta de Andalucía” a la Duquesa de Alba, la mayor latifundista de Europa. La realidad oficial aliada con la virtual, la sopa boba del aquelarre con que pantallas de televisión y portadas de diarios y revistas muestran los fastos del Premio Princesa de Asturias borrando descaradamente las manifestaciones de reprobación que se producen en la calle contra ese rigodón de exaltación monárquica.

Precisamente el PSOE, cuyo scheriff de la gestora Javier Fernández hizo los honores a los Reyes en Oviedo, debería tomar nota de lo padecido por los partidos socialistas “hermanos” o asimilados. Lo sucedido en Grecia, Inglaterra, Italia, Francia y Portugal son precedentes inevitables. En el caso del país heleno, el PASOK llegó a la marginalidad superado por Syriza tras el pucherazo urdido por sus barones cuando su secretario general Gorgos Papandreu pretendió someter a referéndum el rescate de Bruselas. En Inglaterra, con mucha mayor tradición democrática y sentido común, el laborista Jeremy Corbyn ha salido airoso de las garras del aparato consultando a la bases. En Italia Matteo Renzi oficia de gran enterrador del izquierdismo nominal (PSI y PCI), sin que ese transformismo haya evitado que el Movimiento 5 Estrellas le pise los talones. En Francia, el peripatético François Hollande pasó del retórico “puedo prometer y prometo” contra la Troika cuando estaba en la oposición a rendirse a sus conjuros nada más aterrizar en el Palacio de Matignon. Y en Portugal, su líder António Costa ha aplicado un sonoro sorpasso a los conservadores triunfantes en las urnas coaligándose con otras fuerzas progresistas para gobernar a siniestra. Nada de eso ha hecho el PSOE-Marca España con el concurso del concubinato González & Cebrián y los “nuevos púlpitos” que financia Florentino Pérez. Al contrario, ha pillado de aquí y de allá lo peor de cada casa: nada de giro social, nada de democracia interna. Todo por la casta borbónica y la sumisión a la oligarquía neoliberal.

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