Ni Dios, ni Amo, ni Cesar visionario

Rafael Cid
Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

Esta palabra del Evangelio que doblega a los imbéciles”

(Léo Ferré)

Los grandes autores son un filón inagotable para los editores, que suelen exprimir sus legados hasta límites irreconocibles. En ocasiones con la complicidad de los herederos del creador. Juntos maniobran para sacarles el máximo provecho. Por eso, tras su desaparición suelen surgir textos que nunca hubieran visto la luz de seguir vivos. La bulimia del mercado no sabe de últimas voluntades. Esa incontinencia es la que últimamente ha convocado en nuestras librerías algunos textos dictados (pero no escritos) de Michel Foucault y Pierre Bourdieu, dos de los indispensables. Se trata en ambos casos de los cursos que ambos dieron en Collège de France durante sus últimos años. Creo que Foucault todavía tenía cosas importantes que comunicar, pero lo recopilado de su colega desmerece respecto al resto de su obra.

Las charlas de Bourdieu se han puesto en circulación con el título “Sobre el Estado”, un tocho de casi 600 páginas de cansina lectura. Sin embargo, como suele ocurrir con la gente de talento, siempre se encuentran chispazos que hacen pensar. Así, después de caracterizar su reflexión sobre el Estado como “fictio iuris”, y de asimilarlo a una versión moderna de “religión civil”, Bourdieu concluye su abultada exposición con una reflexión de calado. “¿No es la vuelta de lo religioso, en realidad, un efecto de la retirada del Estado?”, se pregunta al poner el broche final a esos seminarios que ahora salen a la palestra en forma de libro póstumo.

El nexo Religión-Estado (ambas con mayúsculas, como universales) tiene mucho que ver con lo que sucede hoy en medio mundo. Otra cosa es que el relato se exprese exactamente como sugiere Bourdieu. Si fuera así, estaríamos admitiendo que el desmantelamiento del Estado (de Bienestar, la seguridad en la previsión social) ha dejado un poso de incertidumbre y malestar en la gente que incita a refugiarse en la mística de la fe. Otra vez el pensamiento político retrocediendo hasta la caverna de la mano del pensamiento mágico. Una transición retrógrada que solo sería posible si entre ambos planos, el de la Religión y el de la Política, existiera un nexo común. Lo que poniendo la oración por pasiva anticiparía que la tradicional “devoción” hacia el Estado de la modernidad engloba parte de la “superstición” que conlleva la Religión (fictio iuris de ultratumba). De hecho, la historia del pensamiento político ha detectado en la génesis del Estado una cierta clonación del ADN de la Iglesia (católica, sobre todo, pero no únicamente). La heteronomía, pues, alcanzaría su máxima expresión en la Religión del Estado. El Antiguo y el Nuevo Testamento en un mismo Evangelio.

Esa proximidad y sus correspondientes carencias incluye el reconocimiento de un “miedo a la libertad” que, en una sociedad basada en el consentimiento de la delegación de los más en los menos, facilita que las masas busquen un báculo para sobrellevar su existencia (un liderazgo del tipo que sea). Vidas “representadas” y no “experimentadas” que se producen y reproducen en cautividad. De ahí que, a la “retirada del Estado” de Bourdieu, suceda esa burbuja de integrismo religioso que está dinamitando los fundamentos del tipo de convivencia homologada en occidente desde la Revolución Francesa. Todo conspira para que ese miedo al vacío y el tipo de “obediencia debida” que inocula en las mentes el absolutismo de mercado (político-económico) incentive a los fanatismos en auge. Aunque, no hay mal que por bien no venga, su asimilación por amplias capas de población rompiendo el statu quo demuestra la historicidad del capitalismo, en contra de la doctrina de sus apologetas que lo pretenden “eterno”.

La actual emergencia religiosa en sus declinaciones más extremas no es la única consecuencia de la orfandad que proyecta el repliegue del Estado, incapaz de mantener su oferta paternalista urbi et orbi. También el creciente apoyo popular a ideologías “trasnochadas”, de carácter ultranacionalista y xenófobo, proviene de la misma fuente nutricia. Y con toda lógica, porque tanto el sistema de dominación vigente, como su expresión jurídico institucional, el dron Estado, se basan en la legitimación de lo irracional, patología que es la raíz dimanante de todo auto de fe. La función crea el órgano y allana el camino para la continuidad en los principios espurios: “a Rey muerto, Rey puesto”. En este contexto, llama la atención que la canónica calificación de “comunidades imaginadas” utilizada para definir a las identidades sobrevenidas obvie que es la hibridación Estado-Nación la que aporta el sustrato fantasmagórico a esa formalización. Todo proyecto nacionalista que se precie aspira a constituirse en Estado, la “fictio iuris” por antonomasia.

Por el lado del Estado o por el de la Religión las pautas de comportamiento son equivalentes: la aceptación de lo sobrenatural como natural. Un artificio asimilado como normal por siglos de aprendizaje en la horma de la mediatización. Si uno mira a su alrededor y es capaz de superar el embotamiento general (mucho más que una alienación o falsa conciencia), comprobará que el mundo circundante es el reino de los absurdo aceptado como lógico y racional, una realidad patafísica. El paro, la miseria, la desigualdad, la explotación, la violencia, las guerras, la destrucción del medio ambiente, la corrupción, y otras muchas aberraciones instituidas demuestran la distopía en que nacemos, pacemos y morimos. Todo ello, mientras sobran recursos y capacidad técnico-científica para explorar las galaxias o inundarnos de todo tipo de cachibaches para “matar el tiempo”. Estamos ante el mito de la elección racional consagrado como la divina providencia para justificar lo injustificable. Matrimoniando a la Religión como “opio del pueblo” (Marx) con el Estado como “religión civil” (Bourdieu), el siglo XXI nace como un monstruo de dos cabezas desnudo de sentido común. Extremo que no ha pasado inadvertido a Castoriadis, quien define a la Religión como una “significación imaginaria social” y al Estado como una “instancia de poder separada de la sociedad”, cuyas funciones deben “ser restituidas a la comunidad política”.

¿A dónde conduce todo esto? A lo que estamos descubriendo cuando se rasga el velo de la ignorancia que decía John Rawls. Camino ya de cumplirse un año sin gobierno (con los partidos soporte en vigilia permanente), y la sociedad de las personas que conviven y padecen parece haberse quitado un peso de encima. Aunque sean unas vacaciones pagadas demasiado caras, y cada vez que se convoca a las urnas se forren los agentes concursantes a costa del contribuyente, los hechos son tozudos: sin Estado respiramos mejor. El desempleo está contenido (de aquella manera, claro); las cotizaciones laborales se activan, para alivio de las pensiones; el turismo va como un tiro, favoreciendo un trabajo estacional que cada vez se alarga más en el tiempo; el PIB escala por encima de la previsiones, haciendo más llevadera la deuda pública (que por otra parte se toma más barata); el comercio exterior vive un momento plácido; etc., etc., etc. Mientras, por el contrario, no se han aprobado más leyes cainitas como las que suele depararnos el gobierno ahora en funciones (vacatio legis).

Incluso, si nos ponemos estupendos, cabría decir que los que están que trinan por el parón estatal son los poderosos, que ven como sus chicos de los recados al frente del timón del Estado andan como alma en pena al tener en suspenso el aval de los representados para nuevas barrabasadas. Un ejemplo, se ha parado en seco la inversión en infraestructuras (un decrecentismo inesperado), cuando estaban a punto de facturar otra burbuja inmobiliario-desarrollista. Pero lo más importante es que, por un momento, el apagón gubernamental ha anulado la Religión del Estado al comprobar que se puede vivir al margen de iglesias y confesiones. Si el origen del capitalismo está ligado a la “acumulación primitiva”, la misión de los gobiernos en el neoliberalismo consiste en favorecer la necesaria “reacumulación” por vía legal para saciar la demanda de producción de mercancías de los consumidores, sus agradecidos sometidos. Los topes en deuda pública (60% PIB) y en déficit (3%) que aplican los Estados integrantes de la Unión Europea (UE) pretenden contingentar la capacidad financiera del sector público-estatal para que el sector privado cuente cada vez con más campo de acción económica. Autofagia de Estado.

Lógicamente, cualquier lector perspicaz habrá observado que en lo expuesto hay un flato. Una cosa es estar sin Gobierno (en funciones) y otra que el Estado no exista (siempre funciona, es el piloto automático del sistema). Pero por eso mismo la experiencia que ahora vinimos en España tiene tanto interés. Es el Ejecutivo quien, en ausencia, nos da un respiro al no poder imponer normas al dictado del Gran Capital, ni aplicar el rodillo antipersonas que manda Bruselas. Y lo que queda de esa maquinaria que llamamos Estado, recordemos lo dicho por Bourdieu, pura “fictio iruis, ya no es Estado químicamente puro que conocemos. Es una organización social proactiva y autónoma que se autogestiona al margen de la cadena de mando. Funcionan los bomberos; hay pan todos los días en las tahonas; circulan los trenes a su hora; y cada quien cumple con sus obligaciones sin mirar al abanderado. Porque la sociabilidad es innata en hombres y mujeres. No es esa superchería jurídica que encarnan unos cuantos elegidos en las urnas porque nosotros queremos ni depende de la impronta metafísica que pregonan los púlpitos.

Algo así debió pasársele por la cabeza a Léo Ferré cuando llamó a su canción más irreverente “Ni Dios Ni Amo”. El yin y el yang con que el sistema socializa a sus preferentistas.

(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de Octubre de Rojo y Negro)

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