¿Por qué le va tan bien a la derecha?

El dedo en el ojo de Félix García Moriyón

Félix García Moriyón
Félix García Moriyón

Es ya casi un lugar común que la gran crisis que estalló en 2008 tuvo como causa principales en un modelo económico volcado en la economía financiera especulativa cuyo único objetivo era acumular dinero en manos de unas élites acaparadoras.

Es ya casi otro lugar común que, pasados el choque emocional inicial que vio necesario refundar el capitalismo, se impuso como política económica generalizada para hacer frente al desastre la austeridad, concretada en recortes sociales y precariedad laboral, para lograr el déficit cero y el incremento de la productividad. Sin mejoras sustantivas, estamos a punto de perder otra vez una década.

Es ya casi otro lugar común, el último de esta serie, que hace ya casi cuarenta años, bajo el liderazgo de Reagan y Thatcher, se inició un nuevo capítulo de una larga y dura lucha de clases. Como agudamente resumió Warren Buffett, esta lucha la ha ganado su clase social, la de las élites. Y la ha ganado por goleada con un disparatado crecimiento de las desigualdades sociales y una pauperización de sectores importantes de la sociedad.

Pues bien, si nos dejamos ya de lugares comunes, lo que tenemos es una realidad compleja en la que conviene destacar los rasgos que antes mencionaba: de la crisis todavía no hemos salido pues se han incrementado las desigualdades y han empeorado las condiciones de vida de sectores importantes de la población que ven alejarse los logros del Estado del bienestar paciente y esforzadamente construido en las décadas anteriores.

En este escenario hay un dato que me deja perplejo: la derecha goza de buena salud en toda Europa y la extrema derecha francesa del Frente Nacional, con rasgos xenófobos y racistas, acaba de obtener un espléndido resultado en Francia. En los países emergentes, como Argentina y Venezuela, también gana la derecha. Este apoyo a la derecha va acompañado de la aceptación sin apenas matices de las políticas neoliberales que bastante tienen que ver con el origen de nuestros actuales males.

Incluso partidos de izquierdas (utilizando en estos momentos en sentido puramente relativo, es decir, partidos que están a la izquierda de los partidos de derechas), como es el caso de los socialistas en Francia, el de Tsipras en Grecias o como lo fue el de Zapatero en España, asumen y aplican, a gusto o a disgusto, políticas sociales y económicas neoliberales.

En el caso de España, sin ir más lejos, a punto de celebrarse unas elecciones generales, nos encontramos con la unánime predicción de todas las encuestas de que es el PP el partido que más votos sacará, pudiendo formar gobierno con otro partido, Ciudadanos, que, sin negar su aire renovador y más limpio, es claramente de derechas y neoliberal.

Por más que podamos cuestionar seriamente el valor que tienen las elecciones, no debemos negarles el valor que tienen: los ciudadanos expresan con sus votos sus preferencias respecto a las personas y partidos que mejor pueden gestionar la vida pública y avanzar en la solución de los problemas que les afectan. Parece ser que los ciudadanos españoles confían también en la derecha, incluso en España donde esa derecha está dirigida por el político peor valorado de nuestra historia reciente y en la que su partido, sistémicamente corrupto, ha aplicado una política que ha logrado poco y ha costado mucho a los de abajo.

¿Por qué cree la gente que la solución está en los partidos de derechas? ¿Cómo es posible que el PP vuelva a ser el partido más votado en España después de lo que hemos ido sabiendo sobre su historia reciente vinculada a excesivos casos de corrupción y después de la política económica y social desarrollada durante cuatro años?

Sin duda la correlación de fuerzas es claramente desfavorable a las personas de “abajo”, y toda la maquinaria de control social y propaganda es muy potente, minimizando la disidencia y consolidando la conformidad social. Es cierto que logran convencer que son ellos los que devolverán el bienestar identificado con niveles de consumo y acumulación a los que algunos volverán a tener acceso. Sin duda, la maquinaria de los poderes económicos y políticos está muy bien engrasada y es muy difícil romper con ella. Ahora bien, creo que la gente no es tonta, está razonablemente bien informada y opta libremente por las propuestas que les parecen más adecuadas. Sin embargo, esta constatación, lejos de resolver mis dudas las incrementa provocando una mayor perplejidad.

Los procesos sociales son complejos y no es fácil señalar una única causa de lo que sucede, siendo válidas y fundamentales todas las anteriores. Pero también debemos pensar en los fallos que tenemos las fuerzas de izquierdas que buscamos construir un modelo alternativo de sociedad. Quizá debamos abandonar definitivamente esa división de derechas e izquierdas, que no deja de ser posicional, como antes decía, y recuperar una visión del mundo intrínsecamente distinta, no solo de relativamente de “izquierdas”.

Para lograrlo, debemos construir un discurso realmente alternativo que no se quede en una constante denuncia desabrida y colérica de los males de los neoliberales. Tanta crítica negativa provoca más rechazo que aceptación y seduce bien poco puesto que no da la suficiente fuerza ni ilusión para implicarse en un proyecto radicalmente transformador: la gente se molesta con tanta condena del consumo, del despilfarro energético, de la complicidad con los poderosos, de la corrupción…

Es necesario ofrecer un discurso que transmita alegría e ilusión: hacer ver en los programas escritos y en la práctica cotidiana que son posibles unas relaciones sociales, políticas y económicas diferentes. No estamos aquí para criticar sin cesar sino sobre todo para construir un mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones. Para construir una sociedad distinta en la que disfrutemos de verdad de las rosas de la vida y se pueda bailar.

Quizá sigamos siendo una minoría, pero será una minoría hacia la que las personas miren (o ad-mire) y en la que encuentren fuerzas para no quedarse contemplando el dedo cuando pueden alcanzar la Luna.

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