Próximo estreno: Matar a Gadafi

Gadafi y J.L. Rodríguez Zapatero
Gadafi y J.L. Rodríguez Zapatero

Abel Ortiz

Algunos creímos a Zapatero. No al presidente del gobierno, no al secretario de un partido, no al político. Creímos al cazurro que se llamaba José Luís y clamaba contra la guerra en Irak, con el penal de San Marcos, Durruti, Pestaña, Cremer, el capitán Lozano y el barrio húmedo en su educación sentimental. Alguien que hablaba de socialismo libertario, de memoria histórica, de federalismo, de laicismo, de igualdades. El hombre de Rodiezmo y sus mineros.

Ese alguien ya no existe. El chico de provincias sin pasado franquista, el hombre tranquilo que ayudó a librarnos de la Aznaridad, que se enfrentó con la administración Bush, hoy agita banderas de guerra después de haber dado las pertinentes explicaciones a los mercados, de palmear las espaldas a Berlusconi, Sarkozy, el papa nazi, Gadafi o Mubarak. Creímos, algunos, repito, a Carme Chacón, su abuelo libertario, su vestido rojo y negro, su ejército humanitario; hoy prepara bases y aviones para atacar Libia.

Ya antes, otros, atacaron Trípoli y asesinaron inocentes, a la sobrina de Gadafi; una niña colateral. Hubo más, claro. Libia se llama oficialmente república socialista y popular, otra impostura. El poder, efectivamente, corrompe. Solana también pasó de rojo a bombardear. Por ahí andará, dando conferencias o cursos, como
Aznar, como Felipe, como Blair. Todos ellos pobres de solemnidad. Más cornás da el hambre.

Las guerras, todas, las ganan los mismos. Los que no están allí, bajo los misiles, o las radiaciones, y sacan tajada. Las pierden, siempre, los mismos, los civiles indefensos. Europa no dice nada; no existe. Cuando dicen Europa quieren decir Alemania, Francia e Inglaterra; los que ganaron la guerra (ah, el milagro alemán, Lourdes y Fátima). Grecia, Portugal, España, Rumanía, Bulgaria, Albania, Polonia, los ex yugoslavos y los demás; comparsas.

Algunos creímos en Obama. No en el presidente ni en el político. Creímos al hombre negro que reflejaba la multiculturalidad, el antirracismo, la oposición a los halcones. Creímos al chico que trabajó en los barrios marginados de Chicago, al tipo que hubiera emocionado a Luther King, a Rosa Parks, a Malcom X, que arrastraba a la comunidad afroamericana, que ponía a Spike Lee a hacer campaña en Florida, que quería cerrar Guantánamo. Ahora bombardea Pakistán, Afganistán, y, si nadie lo remedia, Libia.

Gadafi dice que su pueblo es su escudo. Criminal y cobarde. Como tantos. Acabada la guerra fría inventamos el terrorismo, cuando ya no servía a Menahem Beguin y otros parecidos, para ocultar el terror que exportan los países subdesarrollantes, los ricos.

El mayor ataque terrorista de la historia, Hiroshima y Nagasaki, no se juzgó en Nuremberg, aquel teatro. A Sadam Husseín lo ahorcaron. A Ceacescu lo ejecutaron. Hay ejemplos para aburrir. Ahora quieren a Gadafi, dead or alive, cueste lo que cueste.

Un periodista en “El País de Vargas Llosa”, el censurado, pobre, otro que tiene que comer, pregunta, graciosillo, donde están Willi y los de la flotilla de Gaza. Deberían manifestarse contra Gadafi. Claro, puede que la OTAN, los f 16, Sarkozy y otros que se apuntan a la foto de linchadores, no sean suficientes. Necesitan actores y voluntarios.

De Franco mejor no hablar, murió en la cama, respaldado y apoyado por estos justicieros. Silencio, no sea que se despierte.

Abel Ortiz

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