No se puede poner puertas al campo

El dedo en el ojo. Félix García Moriyón

Félix García Moriyón
Félix García Moriyón

Dos noticias ocupan importante espacio en los medios de comunicación: personas muy vulnerables se lanzan al mar en condiciones muy duras con la esperanza de alcanzar algo mejor, unas al Mar Mediterráneo, para ir desde Libia hasta Sicilia, y otras al mar de Andamán, desde Myanmar hasta Tailandia o Malasia.

Separadas casi 9.000 km., son situaciones diferentes, pero también comparten rasgos que permiten hacer una reflexión común sobre ambas.

En las aguas próximas a Sicilia, miles de personas procedentes de África y Medio Oriente intentan acceder a la rica Unión Europea, con la esperanza de encontrar asilo o simplemente un puesto de trabajo en la economía sumergida. En el mar de Andamán, personas que sufren una dura exclusión e incluso persecución en Birmania (Myanmar), intentan llegar a Tailandia, Malasia o Indonesia, en este caso casi exclusivamente para poder sobrevivir.

Son problemas de enorme calado, que obedecen a causas variadas y complejas, por lo que no existen soluciones fáciles. Es compleja la situación en los países de origen que da lugar al éxodo; es igualmente complejo el proceso de tránsito, el viaje, que les lleva a su destino. Y es compleja la acogida en los países de destino. Esa complejidad exige abordarlo desde perspectivas diferentes. Voy a centrarme en una consideración previa y sobre todo en dos aspectos del problema.

La complejidad no debe nunca olvidar el drama central y prioritario: estamos hablando de seres humanos concretos, con rostro, con una historia personal única, que están en situación de extrema vulnerabilidad, en muchas ocasiones de peligro inminente de muerte en su viaje hacia un mundo mejor.

Las grandes cifras nos permiten captar la magnitud del problema y logran que la noticia aparezca en primera página. Pero también difuminan el dolor personal, ese que mueve a los seres humanos a ser compasivos y prestar ayuda. Por muy complejo que sea el tema, hay algo que está claro: los países hacia los que se dirigen tienen la obligación ineludible de socorrerles, sin otra limitación que las estrictamente técnicas. Y conociendo el problema, deben desplegar medios suficientes para hacer frente a las tareas de salvamento. Mirar para otro lado o decir que ese no es su problema es profundamente inmoral.

Si nos fijamos en los países hacia los que se dirigen esas personas, llama mi atención las diferencias en la manera de abordar el problema en las dos áreas.

Por un lado, el nivel de desarrollo tecnológico y riqueza de los países de acogida es muy distinto: los medios de los que dispone la Unión Europea para afrontar el problema son muy superiores, por lo que su responsabilidad es también mayor.

Por otra parte, Europa goza de una profunda y larga tradición en la defensa de los derechos humanos, que en su actual formulación nacieron precisamente en el ámbito de la cultura Europea u Occidental. Eso ha provocado una reacción muy fuerte de la sociedad civil que ha actuado, a través de diferentes organizaciones, para presionar a sus propios gobiernos exigiendo que presten ayuda a esos inmigrantes.

Quizá por eso, pero también porque esa tradición de derechos humanos ha dejado su huella en las instituciones políticas y jurídicas europeas, la respuesta parece estar mejorando, sin poder solucionar del todo el drama, con miles de muertos en el mar. La conciencia moral europea es más sensible, más todavía porque persiste una mala conciencia procedente de la valoración de la etapa imperialista de Europa.

La respuesta en los países del Mar de Andamán no está siendo tan intensa ni eficaz. En parte porque su nivel de desarrollo tecnológico no les permite hacer mucho, pero también en parte porque allí esa conciencia moral no se halla en la misma situación, sobre todo en lo que hace referencia a los derechos individuales, aspecto que no ha impregnado con suficiente fuerza el funcionamiento habitual de las diferentes instituciones, incluidas la policía, el ejército y los gobiernos. Y tampoco tiene una red tan tupida y fuerte de organizaciones defensoras de los derechos humanos.

No se sigue de esta apreciación ninguna superioridad moral de Europa sobre esos países asiáticos, sino tan solo una posible explicación de la diferente manera de actuar en este caso.

Visto el problema desde los países de origen, se aprecia, claro está, una situación de condiciones extremas de vida que empujan a esas personas a afrontar un viaje sumamente arriesgado: sobre todo el hambre y la miseria, la persecución por causas políticas, religiosas o étnicas, pero también, en muchos casos, el simple deseo de mejorar sus condiciones de vida, tanto materiales como sociales o culturales, el suyo propio y el de su familia más próxima. No se resignan a su suerte y lo ponen todo en juego para poder cambiarla.

Esta última observación me lleva a una última reflexión.

El mundo actual asiste a un profundo y vasto, muy vasto, proceso de migraciones, en el que, gracias a las mejores condiciones de desplazamiento, millones de personas se lanzan a otros territorios buscando una vida mejor. Algunas emprenden el viaje forzadas por duras causas; a otras les mueve el deseo de mejora. Y no debemos olvidar el papel que desempeña un deseo muy propio del ser humano: el deseo de explorar, de emprender aventuras marcadas por la dificultad y el azar, de avanzar hacia territorios parcial o totalmente desconocidos.

Visto desde este punto de vista, estamos ante la manifestación actual de algo que ha ocurrido siempre: los seres humanos han arrostrado grandes peligros en su deseo de explorar nuevos espacios y mejorar sus condiciones de vida.

Lo hicieron posiblemente nuestros primeros congéneres, al salir de África hace ya casi 100.000, pero también lo hicieron los habitantes de Polinesia, los vikingos, los pueblos de las estepas asiáticas, pobladores que descendieron desde Alaska hasta Tierra del Fuego, o los europeos.

Y es posible que lo tengan que hacer en masa nuestros sucesores si en un futuro las condiciones de vida del planeta llegan a sus límites, una tesis bellamente expuesta por una reciente película, Interestelar.

Esta es también la tesis que inicia una espléndida exposición sobre Hernán Cortes, un caso emblemático de todo lo bueno y lo malo que puede suceder en esos procesos migratorios de los seres humanos a lo largo de su historia.

No pretendo con esta reflexión final minimizar la gravedad del problema que ha dado pie a este escrito. Tengo claro que la obligación inmediata de todos es buscar soluciones para ese problema concreto, extremadamente grave, y procurar evitar el sufrimiento al máximo número de personas, en especial a las más débiles. Solo pretendo situarlo en un marco más amplio para evitar discursos apocalípticos y críticas que sobre todo nos flagelan a nosotros mismos, empeñados en resaltar siempre el lado oscuro de nuestra conducta.

Pretendo también recordar que el proceso migratorio es connatural al ser humano, con una enorme dimensión positiva para las personas y para la propia especie, por lo que nunca será una solución frenarlo o bloquearlo. Debemos gestionarlo lo mejor posible, pero en ningún caso, como bien afirma un popular proverbio, es posible poner puertas al campo.

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