La huella nuclear

Rafael Cid
Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

Estos días hay que pellizcarse con fuerza y meter la cabeza en cubos de hielo para recuperar la cordura violentada hasta límites irracionales por la campaña mediática, política y de expertos que pretenden hacernos creer que la catástrofe nuclear de Japón es una prueba de los altos niveles de seguridad de las centrales. Suena loco, pero es así. Dicen, afirman, pregonan y argumentan, todos para uno y uno para todos, que sus instalaciones han aguantado bien a un terremoto y a un tsunami, y eso pregona su capacidad para enfrenarse a la adversidad. Como si tal cosa.

Es la misma doctrina con que intentaron solapar la gravedad de la crisis financiera. Los subprimes eran productos totalmente garantizados, los bancos solventes a carta cabal y los gobiernos habían tomado todas las medidas oportunas para prever cualquier eventualidad, por difícil que se presentara. Todo bajo control. Las agencias de rating habían calificado con la triple A al coloso (luego en llamas) Lehman Brothers. Nada que temer. Y hoy, cuatro años después del estallido de la burbuja hipotecaría todavía andamos a gatas, con cerca de 5 millones de ciudadanos en la cola del paro y la miseria llamando a la puerta de toda una generación.

No han aprendido nada. Nosotros tampoco. Aguantamos pasivos, como víctimas propiciatorios, a la próxima oleada de mentiras que el poder dicte para defender su statu quo. Se habla de hacer test de stress a las centrales nucleares para vigilar su grado de seguridad con el cinismo que despide la conciencia de la propia impunidad. Sin advertir siquiera que venimos escarmentados en cabeza ajena. El test de stress de la banca irlandesa fue magnífico y eso no evitó que el país se fuera a pique y necesitara ser rescatado.

Se intenta espantar las peticiones de transparencia y la exigencia de responsabilidades con brindis al sol tales como razonar que no conviene tomar medidas en caliente. Un diario de ámbito nacional reconviene en su portada al respecto con el titular “Bajo la psicosis nuclear” ¿Les suena? No hay que preocuparse, España va bien, vamos hacia el pleno empleo, los refractarios son antipatriotas, es la hora de arrimar el hombro, esto sólo los solucionamos entre todos, no escarben en la herida.

Curiosa pedagogía de la amnesia de parte de aquellos que están siempre listos para desatar una guerra preventiva por unas armas de destrucción masiva que sólo existen en sus delirios y sin embargo son incapaces de prever una crisis económica global y una hecatombe nuclear en una de las zonas con más sísmicas del planeta y en unas coordenadas donde se acaba de producir el mayor tsunami que se recuerda. Ya saben, no actúen en vivo, no pidan responsabilidades sobre el Gal, los Eres, el atroz desempleo, el saqueo de los recursos públicos, la contrarreforma laboral, el pensionazo, ellos vigilan el camino, por nuestro propio bien, en nuestro nombre.

La huella económica y la huella nuclear incuban la huella ecológica y alfombran el camino hacia la barbarie. El lucro sin escrúpulos, el cortoplacismo como única política y la deshumanización perentoria son el santo y seña de la civilización capitalista neoliberal del siglo XXI. Para salir de la crisis económica hay que someterse a los mercados y a la señora Merkel. Es ley de vida o muerte. Para conjurar el peligro atómico hay que meter la cabeza abajo el ala, los expertos dicen, pero sin hacer demasiado caso en esto a la señora Merkel, porque no todos los países tienen la misma problemática, aunque la radioactividad no entienda de fronteras.

Sin duda hay una lógica en su locura y se llama dinero. La energía nuclear es el nuevo maná que llama a las puertas de la plutocracia mundial. Y quien se interponga en su camino será estigmatizado y fulminado. Ellos, que han desatado una guerra terrible por el control del petróleo en Irak, se juegan demasiado por un simple accidente nuclear que nadie podía prever. Además, como emprendedores que son, con sus inversiones en las nucleares van a crear (son Dioses) muchos puestos de trabajo. Aunque nunca legarán a crear tantos puestos de trabajo como Hitler. Entonces sí que hubo pleno empleo de verdad, las fábricas de armamento a tope, los hombres convertidos en funcionarios, los países europeos colonizados por una raza superior. Todo bajo control. Las expectativas racionales funcionan. Los mercados se autorregulan. Una catástrofe nuclear no marca tendencia. Palomares, Harrisburg, Chernóbil o Fukushima siempre serán anécdotas llevaderas, simples percances, para los confabulados del club de la comedia, y nosotros, los críticos, unos acomplejados.

No sé porque me acuerdo estos días del caso de la talidomida, un sedante que se comercializó a principios de los años sesenta para combatir las náuseas del embarazo. Era un producto de la multinacional alemana Chemie Grunenthal que había superado con creces todos los controles clínicos y farmacológicos. Y, por supuesto, cuando se detectó una profusión de nacimientos con malformaciones genéticas la comunidad científica no osó poner bajo sospechar a la talidomida. Todo menos fijarse en ese fármaco inatacable. Hasta el punto que el jefe químico a la firma (qué buen vasallo su hubiera buen señor) compareció ante los medios de comunicación para blasonar sus bondades anunciando que su propia esposa lo tomaba. Nueve meses después dio a luz a un bebé deforme. Me lo contó el descubridor de la superchería, el doctor Klaus Knapp, un profesional honesto que sufrió en su propia carne la experiencia que espera a todo aquel que se sale del redil.

Por eso, para estar siempre en el lado bueno, nuestros líderes José María Aznar y Felipe González han fichado por Endesa e Iberdrola, dos de nuestras eléctricas que tienen intereses en el negocio radioactivo. Dos empresas que integran el Foro Nuclear, un lobby proradiactivo al el que también pertenece SEAOPAN, la patronal de obras públicas que preside David Taguas, el anterior jefe del gabinete económico de Zapatero. Una familia atómica.

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