Obrero despedido, patrón colgado

Félix García Moriyón
Félix García Moriyón

Félix García Moriyón

«Obrero despedido, patrón colgado». Este es un lema que suele escucharse con frecuencia en las manifestaciones de la C.G.T. a las que acudo habitualmente. No es un lema que me produzca especial ilusión, pues me parece más próximo al exabrupto —por tanto a algo visceral y poco reflexivo— que a un genuino lema orientado a incitar a la gente a hacer algo eficaz para un cambio social.

Por otra parte, me imagino a mi mismo colgando al patrón que ha despedido a uno o a muchos obreros, y la verdad es que no me veo. No creo que fuera capaz de ponerle la soga al cuello a nadie y a continuación darle un empujoncito para conseguir que la brusquedad de la caída le partiera el cuello. Tampoco me veo a mí mismo asistiendo a un ahorcamiento; no es un espectáculo que me atraiga y no parece estimular el lado más positivo de los seres humanos ni servir de escarmiento ejemplar para futuros patrones tentados por posibles reducciones de plantillas. En definitiva, no soy partidario de la pena de muerte.

Además, por temperamento personal y por reflexión sosegada durante muchos años, me inclino más bien por la rama del anarquismo partidaria de la no violencia activa, de la desobediencia civil y de otras estrategias no violentas. Una objeción fundamental viene de un hecho evidente: en el empleo eficiente de la violencia como mecanismo de control y cambio social, el bloque dominante va a ser casi siempre mucho mejor que el bloque mucho más numeroso de quienes padecen la opresión y la explotación. A bofetadas, nos ganan por goleada. De toda la vida, la dominación se ha basado en última instancia en el uso de la violencia.

No creo que los cambios sociales profundos sean consecuencia de la aplicación de estrategias violentas, por lo que no entiendo tampoco a quienes identifican radicalidad en las luchas con el empleo de la violencia. Estoy más cerca del título de un artículo clásico en el anarquismo español: «Paz a los hombres, guerra a las instituciones». Y es por eso por lo que me siento más próximo a Thoreau, Tolstoy, Mella, Gandhi, Luther King y más recientemente a Gene Sharp, cuya obra de la dictadura a la democracia (http://www.aeinstein.org/organizations/org/DelaDict-1.pdf ), ha inspirado según parece las revueltas populares en Egipto y Túnez.

Dicho esto, no me considero tampoco un pacifista radical. Es decir, creo que en algún momento no queda más remedio que emplear la violencia como única manera de defenderse de brutales agresiones. Es una tesis que ya mantuve en un artículo publicado aquí mismo con el título «El escozor de una pedrada». Cuando los intereses de los grupos enfrentados son contradictorios, cuando uno de esos grupos está utilizando diversas tácticas, más o menos sutiles, de violencia para garantizar la dominación, no queda más remedio que pasar al empleo de la fuerza. Eso sí, teniendo muy claros tres principios básicos: estar bastante seguros de que se va a ganar, calcular que la violencia va a ser la justa y durante un lapso de tiempo bien corto, y que se va a abandonar una vez modificada la situación de opresión que se quiere modificar.

Viene esto a cuento porque hoy mismo, 8 de marzo, se recuerda el asesinato (algunos lo llamarían con ciertas razones, la ejecución) del presidente del gobierno español Eduardo Dato. Tres anarquistas (Pedro Mateu Cusidó, Luis Nicolau Fort y Ramón Casanellas Lluch) siguieron al coche oficial en el que viajaba el presidente y a la altura de la puerta de Alcalá le dispararon, provocando su muerte. La explicación-justificación de este acto de violencia extrema (matar a una persona) fue clara: Eduardo Dato había respaldado, incluso alentado, la aplicación de la ley de fugas como parte de la brutal represión ejercida por los pistoleros de la patronal contra el anarcosindicalismo.

Pues bien, en este caso, es posible que yo no hubiera sido capaz de formar parte del grupo que lo mató, pero tampoco soy de los que está dispuesto a hacer una condena tajante del hecho, al menos no en el sentido de que se trata sin duda de un acto provocado directamente por la brutal represión, asesinatos incluidos, del movimiento sindical. Como ya dijera Kropotkin, las condenas de esos actos, en principio reprobables, suelen ser más que nada una muestra de cinismo porque ignoran el caldo de cultivo en el que brotan esas respuestas violentas.

Vuelvo entonces al título del artículo y a la reflexión que lo ha inspirado. El otro día aparecía en El País una detallada exposición de lo que cobran los altos cargos de las grandes empresas españolas. No tiene desperdicio; de forma especial y simbólica no tiene desperdicio lo que han hecho en Amadeus, una empresa nacida al ampara de la privatización de una empresa pública, que repartió el año pasado 44 millones de euros entre sus consejeros. Es difícil llegar a ejemplos más claros de profunda inmoralidad avalada por la ley.

La noticia aparecía en portada, en un recuadro pequeño, justo a la derecha de otra gran noticia a cuatro columnas: los levantamientos populares en los países árabes expresan una lucha por la dignidad. Pues bien, ver cómo nos están robando con toda la ley de su parte parece exigir una revuelta profunda por la dignidad, como bien dice el título del panfleto francés “indignaos”, es decir, rechazad con contundencia los comportamientos alejados de toda dignidad de aquellos que os oprimen y os explotan.

En estas circunstancias no me extrañaría nada que en algún momento alguien decidiera pasar a medidas extremas que provocaran una conmoción para acabar con tanta ignominia. Quizá el lema del artículo tenga sentido, al menos como reflejo de una reacción extrema contra la injusticia máxima. Quizá estemos en puertas de algo que ocurrió hace ya más de doscientos años. Cuando María Antonieta, o quizá otro personaje de la nobleza francesa, escuchó que el pueblo no tenía pan, sugirió la posibilidad de que compraran pasteles. Al poco tiempo la venganza revolucionaria le cortó la cabeza a la reina y miles de nobles.

Cuando crece la desigualdad, cuando se incrementa el paro y empeoran las condiciones laborales de los trabajadores, cuando la gente tiene que vivir con salarios exiguos, resulta especialmente insultante ver esos sueldos, saber que las grandes empresas del IBEX, bancos incluidos, siguen ganando cuantiosas sumas y para rematar comprobar que Hermes, empresa dedicada a los artículos de lujo incremente notablemente sus beneficios en medio de la crisis general. Seguiré sin corear eso de «a obrero despedido, patrón colgado», pero sin duda se están mereciendo un castigo ejemplar y una respuesta contundente de los que estamos pagando los platos rotos de su codicia y su ineptitud.

Un comentario en “Obrero despedido, patrón colgado

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies