¿Deben existir límites a la libertad de expresión?

El Dedo en el Ojo de Félix García Moriyón

Félix García Moriyón
Félix García Moriyón

Es un tema de discusión con gran actualidad: ¿deben existir límites a la libertad de expresión? Sin duda el asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo ha suscitado el debate, pero hay más casoss que pueden dar pie a esa reflexión: el juicio a Javier Krahe, el conflicto provocado por los Chunguitos o el caso más dramático del bloguero de Arabia Saudita, Raif Badawi.

La pregunta plantea un problema de legitimidad, esto es un problema moral. Está claro que la libertad de expresión está legalmente limitada en todos, o en casi todos, los países. Es un hecho, y el interés de mi reflexión se centra, por tanto, en cuál es la justificación de esos límites, puesto que en algunos casos pueden ser excesivos o injustificados.

La libertad de opinión puede ser limitada de dos modos: con prescripciones legales que conlleva condenas más o menos elevadas, ese es el caso de Krahe (absuelto) o Al Badawi (condenado); o con presión social, que provoca la limitación de lo que se pude decir en determinados ámbitos, ese es el caso de los Chunguitos (expulsados de un programa de TV).

Si nos centramos en la dimensión legal del problema y en España, país que probablemente posea un elevado grado de libertad de expresión, hay al menos cinco tipos de delitos de opinión: apología de delitos graves, por ejemplo el terrorismo; incitación a la discriminación, odio o violencia; atentado contra el honor e injurias; atentado contra la libertad de conciencia, lo que incluye ofensas a las creencias religiosas o ateas; ultrajes a España y sus Comunidades Autónomas; y ofensas a la Casa Real.

Como vemos, un amplio repertorio de conductas prohibidas directamente relacionadas con opiniones personales expresadas en público. Dejo por el momento fuera los dos últimos casos, que me parecen, en principio bien distintos y quizá más difíciles de justificar.

Los cuatro primeros grupos de límites parecen estar justificados por algo que ya apuntaba Stuart Mill: la libertad de expresión debe ser máxima, excepto cuando provoca ofensas. Se pueden y se deben prohibir las opiniones que hacen daño y ofenden a personas o grupos precisamente porque ofenden y, además, pueden favorecer actos de discriminación e incluso ataques físicos dirigidos hacia esos grupos. Se reconoce así un cierto círculo vicioso: denigramos públicamente a colectivos a los que queremos marginar o destruir, convertidos en chivos expiatorios, o bien justificamos actos dolosos ya cometidos contra un colectivo destacando la condición maligna o denigrante de los miembros de ese colectivo.

En esos contextos, las palabras se convierten en antesala de las pistolas o en justificación de las mismas después de haber sido empleadas. Los ejemplos en la historia son numerosos. Para seguir en España, podemos recurrir a los años 30 del siglo pasado, que desembocaron en una tremenda matanza en la que, obviamente, los perdedores se llevaron la peor parte. El título de un libro muy recomendable lo deja claro: Palabras como puños. Las duras descalificaciones y el lenguaje incendiario precedieron a la matanza y posiblemente contribuyeron a ella.

Sin embargo, si aplicamos el criterio de la ofensa con mucho rigor, podemos prohibir prácticamente todo, pues siempre habrá alguien que se sienta ofendido. Y desde luego hay colectivos y personas muy proclives a sentirse ofendidas o a pensar que sus ideas y prácticas merecen un respeto especial. Suelen entrar en ese ámbito precisamente las opiniones sobre las convicciones religiosas. Para los creyentes, en general, sus creencias merecen un respeto especial porque se refieren a una entidad de orden divino y tienen que ver con profundas convicciones.

Volviendo al caso de los periodistas asesinados, llama la atención que las autoridades religiosas de diferentes confesiones y representantes cualificados del mundo islámico hayan condenado el atentado, pero dejando caer a continuación la observación de que de algún modo, con sus mordaces sátiras, los periodistas se lo habían buscado. Esas observaciones quizá estén fundadas y sirvan para explicar lo ocurrido, pero lo malo es que también pueden justificar que la gente decida por su cuenta qué es una ofensa inaceptable y se tome la «justicia» por su mano.

Efectivamente, creo que ese el núcleo de la justificación posible de los límites a la libertad de expresión: no debemos hacer daño a nadie. Pero tampoco debemos guardar silencio porque nuestra palabra vaya a ofender o molestar a ciertas personas o grupos de personas. Recurriendo a un asunto bien conocido, podemos criticar la política del Estado de Israel, sin que por eso debamos ser condenados por difusión del antisemitismo. O sería inadmisible prohibir atacar duramente la codicia de los banqueros para defender su honor o dignidad.

Es necesario, por tanto, establecer una relación de causalidad directa entre lo que se dice y el daño que se va a causar a continuación, aunque eso viene determinado por el contexto y por la intención. Nadie va ser condenado por gritar en una manifestación un lema como «obrero despedido, patrón colgado»; no hay riesgo actual de que ocurra algo parecido. La expresión «ETA mátalos» hace pocos años tenía un valor bien distinto y era legítimo prohibirla como apología o justificación de actos terroristas. Del mismo modo, la intención de los escraches era remediar un flagrante caso de injusticia, sin recurso a la violencia física, pero existen campañas de desprestigio, bien orquestadas, que han buscado acabar con la vida política o social de alguien y, por tanto, han sido prohibidas o condenadas.

La ofensa, en tanto que daño real o muy posible, y el tipo de ofensa son un buen criterio para fijar los límites. Ahora bien, los casos concretos no suelen ser claros y puede que en algunas situaciones no nos pongamos de acuerdo, ni tampoco estén de acuerdo los jueces que tienen que decidir si condenan o absuelven. Acabar físicamente con el ofensor es absolutamente condenable.

Eso sí, la libertad de opinión es tan importante que, como principio orientador, en caso de duda, debe ser preservada la libertad, exigiendo a quienes se sienten ofendidos que aprendan a encajar las críticas, incluso aquellas que les resulten especialmente insoportables.

Félix García Moriyón

Un comentario en “¿Deben existir límites a la libertad de expresión?

  • el 5 febrero 2015 a las 18:31
    Permalink

    Interesante tema. A buen seguro que si lo dejamos en las «inocentes» manos de los «demócratas» de CORTIJO-BANAÑA acabará como acaban tantos y tantos presuntos derechos laborales, sociales, políticos, humanos, etc., etc., etc.: DESTROZADOS, PISOTEADOS, BURDAMENTE MANIPULADOS, BURDAMENTE SECTARIZADOS, ULTRAPOLITIZADOS, ULTRAJUDICIALIZADOS, ULTRAENMIERDADOS, ETC.

    En fin, lo típico y «normal» en CORTIJO-BANAÑA.

    Tampoco es de esperar que en CORTIJO-BANAÑA se promueva otra cosa, ¡¡¡para eso es CORTIJO-BANAÑ!!!

    A buen entendedor no le hace falta que le cuenten que fulanito o fulanito, s.a., s.l., etc. es un CORRUPTO, ESTAFADOR, PREVARICADOR, TORTURADOR, CORRUPTOR, ETC.; al buen entendedor le basta apenas usar sus propios medios para verlo y saberlo con absoluta claridad y certeza.

    Si de lo que hablamos es de poder expresar, de tener liberdad de expresar algo y expresarse uno mismo, de liberar o de liberarse…, pues bueno, al buen entendedor le bastará algún guiño, algún matiz, alguna leve entonación, o simplemente la ironía.

    Si de lo que se trata es de uno libarar sus frustraciones, ex-presar, pues bueno, ya se podrá cagar en… ¿es delito o prohibido cargase dios?…., bueno pues cáguese en el demonio, qué se yo.

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