Inicio / Opinió / El hijo póstumo de la socialdemocracia

El hijo póstumo de la socialdemocracia

El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid
Rafael Cid

La vieja política cabalga de nuevo. Tras haber sofocado la indignación popular, logrando que solo se hable en singular mayestático, ahora nos topamos con que el porvenir viene a lomos de una ideología que sucumbió ante la más antigua de las ambiciones conocidas: el poder y sus emolumentos. El plural movilizador común que desafío al sistema ha dado paso al culto a la personalidad y a las “inteligencias carismáticas”. Lo llaman viaje al centro del tablero.

Después de haber contribuido repetidamente a crear el actual estado de malestar, primero con la derogación de la Glass-Steagall por Bill Clinton y luego mediante la aplicación de la Agenda 2010 por el SPD alemán de Gerhard Schröder, voraces desencadenantes de la crisis financiera y del posterior austericidio, la socialdemocracia renace de sus cenizas con células madre. Podemos es por propia declinación la nueva franquicia con que la marca intentará asaltar los cielos, seguramente para pelear al Capital del Siglo XX donde, según Thomas Piketty, más le duele: en su lacerante desigualdad. La novedad es que ahora, sus nuevos valedores renuncian por obsoleta a la dialéctica derecha-izquierda y dejan claro su adscripción al centro político sin dobleces ni martingalas. Comienza la lucha entre indignados, centristas y periféricos. Como en la Primera Internacional.

En España, el viaje al centro político lo inventó el último franquismo. Unión de Centro Democrático (UCD) fue el Arca de Noé que salvó del diluvio a los hombres del régimen dándoles una segunda oportunidad. Adolfo Suarez, vicesecretario general del Movimiento Nacional, el partido único del régimen, se convirtió en el primer jefe de gobierno de la democracia gracias al voto de una mayoría social. En las elecciones del 15 de junio de 1977, a la tardofranquista UCD la eligieron 6.310.166 ciudadanos, frente a 5.371.866 personas que se decantaron por la seudo-oposición del PSOE, mientras el reformista PCE sacaba solo 205.119 papeletas más que el bunker de Alianza Popular. El obsceno milagro del continuismo (7.814.937 votos de la derecha y 7.081.756 de la izquierda), tras la larga noche de la dictadura, se logró por concurso del centro: la mayoría silenciosa. Ese lugar donde pastan quienes votan un día cada cuatro años y los 364 restantes se dedican a consumir.

Treinta y siete años después, con una crisis económica devastadora para las clases más vulnerables y dos generaciones democráticas por medio, el centro del tablero sigue tentando a todos los partidos. El PSOE de Pedro Sánchez reclama la patente socialdemócrata para soslayar su impronta socioliberal frente a los intentos de defenestración de Podemos. El nuevo partido de Pablo Iglesias lo reivindica como la zona estratégica donde pasta la mayoría social para intentar vencer por goleada. E incluso la desnortada Izquierda Unida de Cayo Lara se apunta al teletienda para proclamar que ellos son el original y no la copia, pasando por alto su colosal pifia de Despeñaperros para abajo.

Ocupar el centro es adquirir un billete a la fama. Supone reinar en el imperio de la ley del número. Donde los ideales quedan a beneficio de inventario, sin trauma ni recelos, por mor de la taumatúrgica “eficacia”. Allí cada partido tiene su librillo. La izquierda de toda la vida mete el freno y da marcha atrás, porque con crisis y todo, la zombi clase media mantiene un considerable potencial electoral. Y la rancia derecha no duda en tirar por la borda vetustas soflamas convencida de que la postmodernidad no tiene atributos. Aquí y en la China de Ali Babá. Ahora mismo, el Frente Nacional francés acaba de escenificar otro viaje al centro en su XV Congreso enarbolando una auténtica herejía. ¡Viva Francia! ¡Viva Rusia!, ha gritado su entregada militancia como fin de fiesta, en agradecimiento al jamesbondiano Vladimir Putin, el principal sostenedor financiero de la organización ultra. No importa de dónde se viene, la memoria es frágil, lo decisivo es a dónde dicen que se va. Ateos, novicios y creyentes, cadetes y modistillas, todos buscan su minuto de gloria. Se abrió la veda.

Centro, mayoría social, clases medias, son las palabras de la tribu que justifican medrar para conquistar el kilómetro cero como si se tratara de un nuevo panóptico. Esa simetría que todos los partidos ambicionan, sin embargo, supone en sí misma una derrota social. Desde el momento en que el paradigma está en primar ese terreno de nadie, la ideología dominante casa con la ideología de la clase dominante. El centro de cualquier espacio depende siempre de donde estén los extremos, y como el viaje al centro de la izquierda significa derechizar su posición original (achatar el círculo), el resultado es una sociedad más conservadora. No tiene el mismo centro de gravedad una propuesta que por un lado limita con el rancio tradicionalismo y por el otro con el anticapitalismo autogestionario, que otra donde la alternativa por la izquierda es la aguada socialdemocracia. Aparte de que esa misma rectificación de izquierda a derecha se transmite también al eje arriba abajo. La causa de la causa…Así, el centro resultante tiende a ser, éticamente, un Triángulo de las Bermudas.

Desde ese punto de vista, el viaje al centro de la izquierda entraña un riesgo de viaje a ninguna parte electoralmente bien remunerado. Quiere eso decir que al centrarse para ganar, la izquierda también se concentra, renegando de sus credenciales pluralistas, autonomistas, federalizantes y antimonopolistas. Por más que argumente que su paso atrás es para tomar impulso, como ha ocurrido con el programa de Podemos para las europeas del 25-M. En realidad, este vaivén se compadece bien con una estudiada autosuficiencia que le aporta aureola de rebelde con causa, contribuyendo a ahuyentar la indispensable autocrítica. Hasta el mejor escribano puede echar un borrón. Sabido es que Carlos Marx estaba convencido de que la revolución solo se produciría en los países capitalistas, y cuando sus sociedades hubieran agotado esa etapa de desarrollo. Aquella frase suya, luego repetida por Trotsky, “la revolución de los hambrientos termina en la panadería”, entraña en el fondo una confesión de fe centrista, o si se quiere de desconfianza hacia los de más abajo. Certifica un cierto recelo frente a la lucha de clases.

Pero la cosa se complica en tiempos de crisis crónica, como el presente, en que las clases medias bajas están siendo laminadas por las políticas centrípetas desarrolladas por PP y PSOE durante sus respectivos gobiernos. Esa “proletarización” de las gentes que hasta hace poco representaban la mayoría social estable, debería llevar a las cúpulas de las nuevas formaciones que aspiran a alcanzar el poder a virar su discurso en el sentido contrario al de las agujas de su cortoplacista interés: del centro a la izquierda. De esta forma favorecerían una discriminación positiva en consonancia con la realidad sociológica del momento. De lo contrario, corren el riego de pasar engordar la nómina de los que no nos representan. ¿Dónde está, pues, el enigma? Seguramente en ese infame consumista insolidario que todos llevamos dentro. Y en que se puede ser un paria y a la vez actuar con mentalidad capitalista depredadora. Primero se profesionalizó la política divorciándola de la ética y, ya con la sociedad civil en cuarentena, el sistema cocinó su victoria al hacerse leninista convenciéndonos de que cuanto peor es mejor. El discurso del viaje al centro con que los de arriba convocan a los de abajo lleva el agravante de estimular lo más cutre de cada casa. Porque argumenta por debajo de nuestras posibilidades.

Además, como la función crea el órgano, el viaje al centro tiene exigencias lastrantes. Es como cuando se quita el tapón de un baño lleno de agua y lo que antes era quietud y mansedumbre se precipita torrencialmente por el desagüe. Para lograr el éxito electoral caiga quien caiga, los partidos necesitan desatender las demandas de unas bases a las que consideran poco rentables para su sobrevenido pragmatismo, y a la vez deben dotarse de un aparato de técnicos, burócratas y expertos en marketing político capaz de mediatizar a la mayoría social. Ámbito en el que juegan un papel determinante los medios de comunicación que hacen que la opinión pública sea ventrílocua de la opinión publicada.

En ese sentido, también hay coincidencias entre el viaje al centro del último franquismo representado por UCD y el flamante relato del contingente de asimilados contra el que debaten indignados y periféricos. Como en la transición la única televisión era gubernamental, la prensa escrita fue la que asumió el rol de avalar el cambio dentro de un orden. Ahora esa función corresponde sobre todo a las segundas fichas de los canales privados, los mismos que están superando su bien ganado descrédito sirviendo de púlpito a los políticos de nueva planta. Vuelve la socialdemocracia 2.0 Vuelven los medios de manipulación de masas las mentiras de sus nidos a colgar. Lo único que no vuelve es la democracia, la dignidad y la racionalidad. Y algunos de los que regresan, aupados por las masas como un Mesías, lo hacen para convencernos de que ellos son la resurrección y la vida.

(Nota. Este artículo ha sido publicado en el número de Enero de la publicación Rojo y Negro)

\ Segueix-nos/

Etiquetado:

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Col·labora econòmicament amb Ràdio Klara

Puedes colaborar económicamente con RÀDIO KLARA haciendo un ingreso puntual o periódico en:

CAIXA POPULAR

ES9331590015882272378320

Titular: Centro de Estudios y Comunicaciones Alternativas

Si quieres que la colaboración sea periódica puedes suscribirte a RÀDIO KLARA

 

LA TABERNA DEL GRAN BURLÓN

LINTERNA DE DIÓGENES

EL CANTO DE LA TRIPULACIÓN

TOMA JAZZ

BARRIOCANINO

Meta

Back to top