¿Es suficiente pedir perdón?

El Dedo en el Ojo de Félix García Moriyón

Félix García Moriyón
Félix García Moriyón

Cuando escucho a alguien importante pedir perdón en público me acuerdo de una de las madres de la plaza de Mayo en Argentina. El periodista que la entrevistaba le preguntó lo que opinaba sobre la declaración de un obispo pidiendo perdón por su implicación con la dictadura de Videla. La madre, serena y escueta dijo algo así: «me parece muy bien, pero que pidan perdón desde la cárcel».

Ha hecho falta descender un peldaño más en el camino hacia el gran lodazal de la corrupción para que los máximos representantes del PP, sus presidente Mariano Rajoy, y la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, pidan públicamente perdón y confesado y expresen su profunda vergüenza. Bien esta y supone un importante cambio de actitud, pero es posiblemente irrelevante. Pedir perdón no es suficiente, hace falta algo más, como decía la madre argentina.

La tradición católica, que ha practicado la confesión y el perdón de los pecados desde sus inicios con formas variadas de hacerlo, estableció con sabiduría cinco criterios que hacía falta cumplir para obtener el perdón genuino y auténtico que Dios estaba siempre dispuesto a conceder: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Pues bien, la reciente declaración de esos eximios personajes solo cumple, y a duras penas, el tercer criterio. He citado la tradición católica porque nos ofrece un buen guion para valorar esas declaraciones compungidas. Veámoslo con detalle.

No hay indicios claros de que esos líderes, ni los de otros partidos en situaciones parecidas, hayan hecho un serio examen de conciencia. Es decir, no me consta que hayan convocado ya una comisión interna rigurosa, imparcial y con plenos poderes investigadores, para aclarar cómo pudo ser que esa corrupción sistémica echara profundas raíces en el partido y afectara a altos cargos, muy altos: Acebes, secretario general del PP, o Granados, segundo de Aguirre en el PP de Madrid.

¿Cómo es posible que no se enteraran de nada? Las denuncias sobre esas prácticas ya estaban en los medios hace tiempo, pero siempre las negaban. El dinero y el amor no se pueden ocultar, pero resulta que estas personas, que pasaron de financiar ilegalmente el partido a enriquecerse personalmente, sí lo lograron. Y engañaron a personas próximas, sus superiores ante los que rendían cuentas, a las que afiliados o ciudadanos han confiado la gestión de los asuntos públicos, esperando ingenuamente que arreglen la casa de todos quienes no son capaces de enterarse de lo que pasa en la propia.

Ciertamente han mostrado dolor de corazón, pero difícil resulta distinguir si estamos ante pura actuación teatral para salvar la cara o nos encontramos ante un caso de genuina contrición. El día antes, Rajoy dijo que la corrupción era un asunto menor, lo contrario de lo que piensan la mayoría de los españoles; Esperanza se indignaba con lo ocurrido en las cajas, pero sin pasar de esa condena verbal. Los sentimientos, si no se traducen en actuaciones, son siempre dudosos.

Entre esas actuaciones esperables está el propósito de la enmienda, esto es la declaración de que no volverán a ocurrir hechos semejantes. Estamos aquí ante un asunto muy espinoso. De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, decía la sabiduría popular. Los propósitos deben, por tanto, ir acompañados de eso que actualmente se llama una hoja de ruta en la que se especifican pasos concretos que deben ser dados en plazos también concretos.

Es más, como hacen ahora casi todos los grandes proyectos de intervención política, social o económica de las Naciones Unidas, deben ir acompañados de indicadores que permitan evaluar el logro de los objetivos planteados. Todo eso haría creíble que quieren enmendarse. El proyecto de ley que regula el comportamiento de los altos cargos, por ejemplo, sigue empantanado en las Cortes, y también está parada la reforma del código penal o el vago proyecto de regeneración política. La elaboración de rigurosos códigos éticos no avanza ni avanzan las prácticas de transparencia recomendadas por organizaciones como Transparencia Internacional.

La sensación que todos tenemos es la de que gastan sus energías en salvas de artificio, pura palabrería grandilocuente que no se traduce en nada concreto, verificable y contrastable. Si me apuran, más bien nos recuerdan a lo que decía un político, quizá el mismísimo Napoleón, ya hace mucho tiempo: «si quieres que algo no funcione, crea una comisión».

La confesión católica añadía un cuarto paso: decir los pecados al confesor. Es decir, reconocer públicamente el mal hecho. Es un procedimiento elemental en la psicología clínica y en ningún ámbito es tan claro como en alcohólicos anónimos: el primer paso para curarse es decir con palabras exactas, sin circunloquios ni eufemismos, lo que has hecho mal. Decirlo además con cierta exactitud y sin vaguedad. Mientras demos rodeos, mientras nos limitemos a genéricas y ambiguas declaraciones de responsabilidad, nada conseguiremos. Empiecen por admitir que en sus organizaciones políticas ha habido corrupción sistémica, que han tenido cajas B, que ha recurrido a específicos procedimientos de financiación ilegítima… Sólo entonces podrá ser creíble el proceso de arrepentimiento y transformación personal e institucional.

Terminamos en lo que decía la madre de la Plaza de Mayo: y todo eso, lo hacen desde la cárcel. Es decir, llega el momento de cumplir la penitencia, algo que parece estar absolutamente lejos de su intención. No se trata de exigir venganza social contra su comportamiento, sino de que paguen sus fechorías. Primero, devolviendo el dinero robado, hasta el último céntimo y hasta que su ciclo vital llegue a un final. Segundo, resarciendo a las víctimas, a sus ciudadanos que ha sido alevosamente engañados. Tercero dimitiendo inmediatamente de todos los cargos en los que han sido cómplices de la corrupción, y también de todas las prebendas que esos cargos llevaban aparejadas, como las pensiones suntuosas o la presencia en organismos de dudosa utilidad.

Y claro está, cumplir la penitencia que cumplen habitualmente los delincuentes en España: vayan a la cárcel a cumplir la correspondiente condena.

Un comentario en “¿Es suficiente pedir perdón?

  • el 13 noviembre 2014 a las 18:27
    Permalink

    «»»¿Es suficiente pedir perdón?»»»

    Bueno, sinceramente no creo que nadie, o casi nadie, se crea nada de eso, de la veracidad de la petición de perdón, propósito de enmienda, etc., etc., etc.

    ¿Por qué es casi increíble? Bueno, digamos que porque viene (por regla general) de personas que llevan años y años, incluso décadas y décadas (algunos) practicando la corrupción*** (presuntamente y otros ya no presuntamente); por tanto, no se trata de que un buen día (o dos o tres) tuvo una debilidad y, ¡¡¡pobre de él o ella!!!, cayó en la corrupción***.

    ***CORRUPCIÓN DE PERSONAS «representantes» DE LO PÚBLICO: esto es un gravísimo delito o así debería serlo, pues el inmenso daño que hace es grandísimo. No se trata de que se hayan llevado unos dinerillos o dinerazos; se trata de que han estado al servicio de la mafia, directamente, y con ello ni se sabe el daño que habrán hecho desde las instituciones «públicas».

    EN FIN.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies