¿Libia como Timisoara?

Rafael Cid
Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

Cuando llevamos semanas del conflicto libio lo único cierto que sabemos es lo poco que sabemos de verdad, y que apuntan sospechas de que la guerra real ha sido precedida de una guerra virtual. Pisamos un terreno pantanoso que exige prudencia y tino, porque a poco que nos descuidemos en las valoraciones podemos caer en el fango y aparecer como mamporreros involuntarios de un dictador que sólo merece el exilio exprés. Pero precisamente en defensa de las revoluciones populares de Túnez y Egipto, que marcaron el camino para la ruptura democrática con las tiranías sin posibilidad de medias tintas, dada su gran legitimidad de origen y su civismo, no podemos dejar de esbozar dudas razonables sobre bondad de la versión oficial en torno a hechos que como ciudadanos del mundo nos conciernen.

En sus inicios, lo que hemos sabido sobre los enfrentamientos en la Libia de Gadafi ha tenido un rasero completamente distinto al formato de lo sucedido en su arranque en los casos de Túnez y Egipto. Allí desconocimos las matanzas, unas 150 víctimas en el primer caso y cerca de 400 en el segundo, hasta los últimos minutos, y aún hoy carecemos de testimonio gráficos sobre las mismas, lo que impidió que la sociedad detonara contra sus respectivos gobiernos. Recordemos que las primeras crónicas se centraban ante todo por los problemas de los turistas atascados en los aeropuertos a causa de los disturbios, para pasar acto seguido a referirse al “vacío de poder” como un elemento altamente indeseable de aquel des-orden espontáneo del pueblo soberano.

Lo de Libia, por el contario, ha seguido otra pauta mucho más emotiva. Lo inmediato han sido informaciones nunca totalmente contrastadas sobre el uso de la aviación para bombardear a la población civil que se había sumado a la rebelión, que en este país enseguida calificaron de “revolución”, mientras que en los anteriores procesos se etiquetaba de simple “revuelta”. A la crueldad de esta acción genocida endosada al neronismo de Gadafi se han venido a sumar últimamente las imágenes reales del éxodo en las fronteras del país, con toda la trágica simbología que una situación de esa naturaleza lógicamente acarrea. Así, el retrato que la opinión pública mundial ha interiorizado es de una catástrofe humanitaria sin paliativos con un único responsable también sin paliativos: Gadafi y su régimen. Puede ser algo parecido a lo que sucedió con las armas de destrucción masiva que hicieron de Sadam Hussein el enemigo público número uno global, de los Ceaucescu caníbales modernos a costa de las fosas de Timisoara y de un terrorífico 11-M responsabilidad de ETA en un primer momento de ofuscación inducida. De hecho también se ha filtrado en los medios la posibilidad de que Gadafi posea toneladas de mortífero gas mostaza y sarín listas para utilizar contra sus adversarios.

Por otro lado, lo que hemos contemplado ha sido unos autodenominados “comités revolucionarios” que reivindican la vuelta a la monarquía feudal esgrimiendo para la iconografía del momento millares de sus banderas salidas de no se sabe dónde (los patriotas egipcios no retrocedieron hasta el rey Faruk), con tan buen corte como los chándales del Real Madrid que lucían los “mercenarios”, y noticias sobre la huida de Gadafi hacia la Venezuela de Chávez. Eso más una bien dosificada batería de informaciones que hablaban de la deserción en cadena de diplomáticos libios en Europa, Estados Unidos y organismo internacionales. Todo ello con una recurrente mención a las características satánicas de Gadafi como “tirano drakuin”, ejemplo vivo del sátrapa de tebeo, que más allá de impresiones epidérmicas no lograban disipar otras noticias que, como el intento de asesinato del líder libio, hacían presumir que la caída de aquel régimen tenía una hoja de ruta preventiva que arrancaba con su eliminación física.

Todo lo dicho hasta ahora es un ejercicio de contradicción que llevado hasta sus últimas consecuencias buscaría en la desestabilización de Gadafi como víctima premonitoria la estabilidad de los otros sistemas políticos de la zona que “el mundo libre” no puede permitir que terminen como Túnez o Egipto. Con esta lógica a contracorriente, el diseño de la “operación Gadafi” buscaría crear en aquel territorio un país tapón-cuña o como mal menor su secesión (las dos Coreas), quedando del lado de “las democracias” la zona donde se asientan los principales yacimientos petrolíferos. El tiempo transcurrido desde que a mediados de diciembre pasado se iniciara la revuelta en Túnez ha sido suficiente para que CIAs, Pentágonos y gobiernos diseñaran un modelo de contención que conjure el “efecto fichas de dominó” en el Magreb. La visita de Mohamed VI a París en plena crisis tunecina puede ser una pista de esta contraprogramación.

Porque lo que parece más claro por encima de especulaciones, entre tanta golosina informativa virtual, es que lo que está sucediendo en Libia reniega de la fórmula emancipadora utilizada con éxito y heroísmo por tunecinos y egipcios. En Libia el pueblo no tiene la iniciativa. Es comparsa de grupos armados, tribales y militares. Y es precisamente en el mensaje subliminal de la violencia extrema que allí se ha desencadenado y en su continuidad en una guerra civil no declarada (¿consecuencia del famoso vació de poder?) donde se erige el mayor ataque al proceso democratizador que culminó en las revoluciones populares, pacíficas y democráticas de las muy maduras y ejemplares sociedades de Túnez y Egipto.

Habrá que espera aún para saber toda la verdad sin conservantes ni edulcorantes, pero en lo que a España se refiere choca la rapidez de la condena de nuestros gobernantes ante los sucesos de Libia. A la vez que esas visitas de Estado al epicentro del conflicto, ora para homenajear a algunas de esas monarquías feudales (el Rey Juan Carlos en Kuwait), ora para solicitar ayuda económica (Zapatero en Catar y Emiratos Árabes Unidos), ora para instruirles en las ventajas de nuestro modelo de transición, como han asumido en este último supuesto al alimón el presidente de gobierno y la ministra de Exteriores Trinidad Jiménez para justificar sus encuentros con el nuevo presidente tunecino. Un ejemplo vivo de diplomacia de altos vuelos y trasparencia en una Administración que nos tiene acostumbrados al oscurantismo más innoble cuando se trata de defender los derechos humanos en el Sahara Occidental o en la Guinea Ecuatorial del tirano Obiang. Todo ello después de despachar un gabinete de crisis y con la base naval de Rota en ascuas, y a englón seguido de que un diario forofo anunciara en su portada que en Bahrein los manifestantes “pedían un rey como Juan Carlos”.

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