Monarquía y República

El dedo en el ojo de Félix García Moriyón

Félix García Moriyón
Félix García Moriyón

No cabe duda: es el tema favorito de los últimos días en este país. Se ha abierto una polémica ya antigua, que permanecía en segundo plano. La dimisión del Rey ha dado paso a una movilización popular exigiendo un referéndum para decidir si queremos una monarquía o una república. La intensidad del debate merece nuestra atención, si bien, desde un punto de vista libertario, la verdad es que es un debate que no nos debiera afectar mucho, pues nuestras preocupaciones se centran en un enfoque muy diferente: como avanzar hacia una sociedad sin Estado, sea cual sea su configuración concreta, que sea genuina y radicalmente democrática.

Hasta el momento, reducidas a su mínima expresión las sociedades sin Estado de las que hablaba Pierre Clastres, las sociedades se han organizado para garantizar su funcionamiento recurriendo a diversos modelos de configuración estatal, todos ellos caracterizados por favorecer la aparición de unas élites que logran dos objetivos centrales: acumular poder, en el sentido estricto de garantizar que se imponen sus decisiones al conjunto de la población, favoreciendo de ese modo los intereses particulares por encima de los comunes; y acumular riqueza, procurando acaparar una parte sustancialmente elevada de la riqueza producida por el conjunto de la sociedad, lo que genera una fuerte desigualdad. Acumulación de poder y acaparamiento de la riqueza son dos tendencias distintas que se refuerzan recíprocamente.

Como no podía ser de otra manera, la legitimidad de la organización política (en el sentido general que abarca todas las dimensiones de la vida social, económica y cultural) viene dada por su capacidad de garantizar que tanto el poder (la facultad de tomar decisiones) como la riqueza (el disfrute de las condiciones dignas de existencia) estén equitativamente distribuidos y se rijan por el doble principio del apoyo mutuo (la solidaridad) y el bien común (conciliando los intereses enfrentados), y respetando siempre la libertad individual. Para simplificar: cuanto mejor cumple esos objetivos un régimen político, más democrática es una sociedad; cuanto peor los cumple, mas tiránica se vuelve.

Dicho lo anterior, volvamos a la viva polémica actual sobre la Monarquía. Un problema básico es que se da en un momento en el que nuestra organización política, regulada por la Constitución de 1978, está perdiendo a chorros su legitimidad. Efectivamente, estamos viendo cómo una élite acapara poder y riqueza, provocando que amplias capas de la población empiecen a estar excluidas del acceso a bienes básicos (cada vez les toca menos parte de la riqueza) y perciban que sus puntos de vista y sus intereses no son tenidos en cuenta, quedando excluidos de la gestión participativa de la elaboración de las directrices políticas. Eso es lo que denuncian quienes gritan «lo llaman democracia y no lo es». Estamos ante un régimen mucho más democrático que el anterior a 1978, pero que acumula pérdidas de calidad democrática.

El Rey saliente es un buen ejemplo de esas élites que están acaparando poder y riqueza, alejadas de los auténticos intereses del pueblo. Por eso su abdicación da pie a solicitar que no sea reconocido su sucesor. Él mismo y la Casa Real han dado ejemplo de corrupción, acumulando gran riqueza, y también han sido un modelo de falta de transparencia. Nada de extraño tiene que sobre su figura política se descarguen las iras colectivas y se pida su desaparición pura y dura. Valorado por diversas encuestas sociológicas con una puntuación por debajo del 4, suspende claramente y su único consuelo es que obtiene la mejor nota de todas las élites: banqueros, políticos, sindicalistas, obispos…, todos ellos sacan puntuaciones significativamente inferiores.

Teniendo en cuenta esto, vuelvo a mi tesis inicial, realmente no me preocupa mucho si tenemos Monarquía o República. En el mundo actual está claro que esa simple diferencia no afecta de manera significativa a la calidad democrática de un régimen político en el sentido en el que he definido esa calidad. Hay tantos modelos de monarquía y de república que resulta más importante analizar al detalle cómo están articuladas y, lo que es todavía más importante, cuál es su funcionamiento real.

Tanto la Monarquía como la República pueden aportar argumentos a su favor, dando por supuesto que, al menos formalmente, ambas garantizan el reparto de la riqueza y del poder. La Monarquía puede alegar que es una institución neutral políticamente que ejerce un cierto papel simbólico de representar a un Estado y, sobre todo, a un pueblo con una identidad histórica. La República puede alegar que ese papel simbólico propio del Jefe del Estado está mejor garantizado si es elegido por todos los ciudadanos.

Ahora bien, ninguna niega el principio de una organización jerárquica de la vida política, pues ambas discuten sobre cómo se llega a Jefe de Estado, no sobre la necesidad y legitimidad de un Jefe de Estado. Así pues, no cuestionan un pilar fundamental de una organización política que contribuye al mantenimiento y reproducción de privilegios y desigualdades. Por sí mismas, por tanto, más bien tienden a favorecer algo negativo, especialmente desde un punto de vista libertario, pues los anarquistas podemos ser considerados unos demócratas radicales que no están dispuestos a admitir medios de organización democrática que atentan contra los fines fundamentales de una organización democrática.

En el caso específico de España, el debate no solo es inútil, sino que puede ser falaz y contraproducente. Las élites no van a perder su posición porque modifiquemos el modo de acceder a la Jefatura del Estado. Por otro lado, la actual correlación de fuerzas permite sospechar que una turbulencia de alto nivel, con cuestionamiento radical de las reglas del juego —algo sin duda tentador por las puertas que pueda abrir—, va a terminar logrando que todo cambie, para que todo siga igual. Eso sí, consiguiendo que los posibles gastos de la operación sean sufragados por los de siempre.

Lo dicho: nosotros queremos más democracia y por eso luchamos. Otros pueden discutir sobre sus preferencias monárquicas o republicanas. Ese no es mi problema. Creo además, que ese solo es un problema para las élites.

2 comentarios en “Monarquía y República

  • el 13 junio 2014 a las 12:06
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    llamar a este tipejo y a los que les siguen anarquista es un insulto para el anarquismo

  • el 14 junio 2014 a las 13:23
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    Puedes no estar de acuerdo, Carlos, pero su tesis no es descabellada y no deberíamos dejar de tener en cuenta sus argumentos. Al menos nos advierten del peligro de confiar ciegamente en que el cambio de forma de Estado nos va a traer necesariamente mayor calidad democrática. Pero más grave me parece que insultes a un compañero.

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