Recordando al Maestro, a José Luis Sampedro

Por Aniceto Arias-Radio Klara

joseluissampedroQueremos recordar al gran escritor que, sin duda, fue JL Sampedro, pero, sobre todo, queremos recordar su figura humana. Aunque somos conscientes de que, en el caso de JLS, esa separación entre la obra literaria y la vida carece de sentido pues, leyendo a JL, palpamos la cercanía a su tiempo y a su espacio y percibimos con nitidez la coherencia entre lo que nos dicen sus escritos y el autor.

¿Qué es “La vieja sirena” sino un canto a la vida y al amor, el mismo canto que oíamos cuando JL nos hablaba o cuando nos miraba? “Si no fuera por el amor, cómo podría existir nada” nos dice en “Octubre, Octubre”. La ternura que brota a raudales de “La Sonrisa etrusca”, la hemos disfrutado también en la distancia corta. No podría ser de otra manera en quien nos dijo con insistencia y convencimiento que para él “Escribir es vivir”.

Hemos promovido este acto gentes que, habiéndonos acercado, disfrutado y admirado al escritor, encontramos a la persona a la que terminamos amando. Y lo más hermoso es que ese amor lo hemos sentido correspondido. Bien es verdad, y justo es reconocerlo, que Olga, su esposa, a la que también queremos, desempeñó a la perfección el papel de “Celestina”.

A JL nos acercamos por primera vez en aquel imprescindible local llamado “La Esfera Azul” donde Olga nos convocó para celebrar el aniversario –no recuerdo cual- de su programa de literatura en RK “El taller de los etcéteras”. En aquel acto nos sorprendió un Sampedro cercano y tierno, que parecía sentirse feliz como un niño en aquella reunión. Incluso nos deleitó con alguna payasada –eso sí, con moderación- disfrazado con atuendos moros.

De aquellos días viene su vinculación a Radio Klara a la que siempre ha tratado con cariño, respeto, admiración y generosidad. Le hicimos socio de honor y bien que alardeamos de ello.

Escritores hay muchos y, algunos, tan buenos como Sampedro. Pero a JL, además de leerlo, lo quisimos. Y lo quisimos por que, con ser un gran escritor, fue un REBELDE que con sus palabras y sus actos puso en evidencia a quienes, para justificar su vida acomodaticia, predican, a toro pasado, que la rebeldía es una enfermedad de los 20 años de la que conviene curarse cuanto antes.

Lo quisimos por su capacidad de reírse de casi todo, también de sí mismo, lo cual –dijo él- es una buena fórmula para mantenerse joven de corazón.

Lo quisimos por no haberse creído importante. Se nos antoja esta una gran virtud en estos tiempos donde abundan los patanes que, a veces muy de izquierdas, buscan obsesivamente su condición de personajes de reconocido prestigio. Afortunadamente, casi siempre el tiempo termina desenmascarando al impostor. Lo quisimos por su gran sentido cívico, por su honestidad y generosidad.

Lo quisimos, en fin, por acercarse a nosotros como nos cuenta en “La tierra gira”: “Igual que un niño que juega en la arena y encuentra una concha nacarada, o un guijarro pulido por las olas, o un corcho desprendido de las redes y, conquistador de semejante maravilla, corre hacia la madre a ofrecerle el humilde tesoro y la hazaña de haberlo hallado, arrancándoselo al mundo por ella”.

Siempre te recordaremos, MAESTRO.

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