El 15M debe denunciar el Golpe Militar en Egipto

El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid
Rafael Cid

“La navegación entrega al hombre a la incertidumbre del destino”
(Michel Foucault)

Podemos usar argumentos de todos los colores. El egoísta y burdo del conocido dicho “cuando las barbas de tu vecino…”. O el ético-político del poema atribuido a Bertolt Brecht: “primero vinieron contra los comunistas y no dije nada…”. Incluso abordar las indiscutibles carencias democráticas del régimen de Morsi, con sus inaceptables manejos de islamización por inmersión. Pero todos los caminos de rectificación conducen a la Plaza Tahrir. Aquella fue “la polis” que universalizó la revuelta de los de abajo que prendiera en Túnez. El territorio en el que el pueblo insurgente derrocó a un gran autócrata mimado por las democracias otanistas. Un país clave en el conflicto de Oriente Medio y faro para la justa resolución de la causa palestina. Una revuelta, en fin, que pagó con un alto coste en vidas humanas (más de un millar según los últimos datos) la osadía de enfrentar a los poderes establecidos. Por esos motivos, el 15M debería repudiar el Golpe de Estado Militar en Egipto.

No se trata de re-editar a Morsi y sus excesos. Sino de recuperar el genuino espíritu del primer Tahrir. No es una frase retórica. Si contemplamos impasibles la represión desencadenada por los golpistas como si no fuera con nosotros, o peor aún, como si hubiera justificación para las razzias militares contra los islamistas, posiblemente estaremos asistiendo a un serio descalabro del 15M y demás movimientos de resistencia contra el sistema de explotación y dominación que representa la globalización capitalista. Aceptar o excusar la interrupción violenta del primer ensayo de democracia en la historia de Egipto o dejarse influir por sicofantes que buscan rentabilidades espúreas aprovechando el río revuelto del litigio religioso, supone admitir un nuevo y funesto ¡vivan las caenas¡ y problematizar la revolución de los indignados.

En medio de las turbulencias de la navegación, las prioridades son decisivas para no errar el desenlace. Caer en el falso dilema “Morsi o los generales”, tiene un indudable coste de oportunidad que puede condicionar a otras opciones. Para proteger los derechos inalienables de las minorías no deben quebrantarse principios democráticos troncales. ¿Se imagina alguien que, ante la imposición independentista catalana por una escasa mayoría refrendadora, los españoles apoyaran una acción cruenta del Estado central? ¿No fue esta, mutatis mutandis, la excusa de la Cruzada?

A nadie debe ocultársele que tras el bufido cuartelero adobado como una demanda popular, en un claro proceso de manipulación mediática y de ventriloquia ciudadana, se oculta un impulso que busca destruir desde dentro al activismo antisistema surgido en la estela creada por los rebeldes de la Plaza Tahrir. Sería una verdadera implosión y una incongruencia nefasta que los que levantaron la bandera de democracia hollada por gobiernos criminales, corruptos y autoritarios, solemnizaran con su silencio el golpe de Estado militar desatado por aquellos que precisamente eran los sicarios de la odiada dictadura.

Pero además, existen razones “propias” para dar una respuesta contundente a la sangrienta militarada egipcia. El 15M ha demostrado en la práctica su vocación internacionalista sumándose a reivindicaciones que desbordaban en ámbito interno, y a su vez ha visto sus principios replicados con causas en otros países, estableciendo una auténtica saga de resistencia global que hermanaba a pueblos más allá de ideologías, razas, creencias y culturas. La riqueza de esa experiencia se demuestra en hechos como la casi nula influencia de los grupos xenófobos en España a pesar de la crudeza social de la crisis, gracias sin duda al comportamiento cohesionado, plural y abierto de las protestas ciudadanas. Uno de los frutos más meritorios de esa coherencia del 15M se concretó en la circunstancia de que fuera precisamente un ciudadano marroquí residente en España (no un partido político, no un sindicato franquiciado, no una institución del Estado) quien llevara el caso del “atraco” de las hipotecas al tribunal europeo, logrando una sentencia que está beneficiando a la totalidad de los hipotecados estafados por la banca, sin denominación de origen.

Porque si bien se mira, en vez de desanimarnos, lo ocurrido en Egipto debería reforzar nuestras convicciones y dar nuevo aliento a las movilizaciones hasta conseguir revertir el “el telón de pasividad” que aún blinda las fechorías de las corruptas oligarquías dominantes. La cínica y al mismo tiempo reveladora posición de la Unión Europea (UE), la misma que se apresta a convocarnos para que entremos en el monopoly electoral el próximo año, no condenando el golpe militar, e incluso ocultando su carácter fascista, es una prueba más de lo acertado de las protestas del movimiento de los indignados.

Bruselas no sólo refuerza así su actual status como laboratorio mundial de la expoliación sino que acaba de instituirse como un peligro para la democracia. Al aplaudir el uso de la violencia desde el poder contra una pueblo indefenso que respaldaba a pecho descubierto sus derechos y libertades, la UE (insisto, la misma Casandra que ayer autorizó los “vuelos de la CIA” y hoy cierra su espacio aéreo al presidente de Bolivia; la misma que calló cuando el golpe contra Chavez en 2002) se ha convertido por derecho propio en un auténtico enemigo del pueblo.

Para terminar. El cuartelazo egipcio nos deja otra enseñanza que al parecer no termina de cuajar entre la izquierda autoritaria. Me refiero al peligro latente que entraña depositar esperanzas de regeneración social en el fortalecimiento del Estado sin mirarle el diente. No es cierto ni cristo que lo fundó que el Estado sea “lo público real” y que la salida a la crisis pase por su potenciación. El neoliberalismo capitalista que nos esclaviza no es aquel sistema que principiaba la autorregulación, la mano invisible y el laissez faire. Es por el contrario un “neoliberalismo capitalista de Estado”, y a menudo se basa en la aún buena imagen del “Estado” entre sus víctimas potenciales para legitimar el desorden establecido.

Pero esa es otra historia. Lo que ahora demanda la historia es hacer del “si se puede” una “no” rotundo al militarismo criminal de último recurso.

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