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Ja s’acosta Sant Josep, el tio Pep … (apología fallera)

La Veranda de Rafa Rius

¡Por fin! Ya están aquí de nuevo Las Fallas, puntuales como cada año a su cita equinoccial, puntuales en la salida de Perséfone del Hades, puntuales en el final del oscuro invierno y la llegada imparable de la impetuosa primavera.

Y con la fiesta inefable, llegan inexorables esos fantásticos monumentos multicolores de poliestireno expandido que alegran la noche de la cremá con sus hermosas humaredas negras, con su delicioso olor a fragantes aromas químicos. Esos fabulosos monumentos, de una excelencia artística y una voluntad de innovación difícilmente superables, con su arriesgada apuesta por el arte serial: siempre aparentemente iguales y sin embargo, siempre diferentes; con sus “llibrets” temáticos, de contenido siempre profundo y atrevido, siempre pensados para hacer pensar, siempre insólitos: ni en las fallas más humildes se habrá visto jamás un solo ninot que repita temas ya tratados. ¡Y comprometidos! ¿Éh? Que la mayoría de sus miembros (con perdón) se pasan el año haciendo labor social en sus casales, totalmente abiertos al barrio, a través de sus campeonatos de truc y dominó y otras encomiables actividades culturales similares; luego, toda esa ingente inquietud por lo público, se traslada a los monumentos: nadie habrá visto jamás en las fallas ni un sólo tema ordinario o de mal gusto, ni una sola muestra de machismo, xenofobia u homofobia… de eso, ni una miajita.

Así pues, ¡Congratulémonos! Ya están aquí otra vez Las Fallas, con sus simpáticas despertás a las ocho de la mañana, porque ya se sabe que si no molestas un poco a los vecinos… no hay fiesta que valga. Además, total porque durante una semana a los viejos, los niños, los enfermos o los currantes nocturnos se les corte un poco el sueño… no pasa ná, seguro que están encantados de contribuir con su pequeño sacrificio al esplendor de la fiesta. Y qué decir de esas líricas bandas de cornetas y tambores, esos potentes altavoces con música de los 40 principales, esos maravillosos karaokes, cuyos armónicos y potentes sones penetran imparables, alegrando hasta el último rincón de nuestros hogares, qué decir de esos simpáticos petardos que generosamente utilizados, llenan las 24 horas de nuestros días y noches de inesperadas, festivas y joviales explosiones.

Y una verdadera gozada para los sentidos: ese exquisito tufo a pólvora mezclada con los hediondos efluvios del aceite cien veces refrito de las churrerías, esos recoletos callejones-mingitorio que nos reciben con las fascinantes y acres vaharadas de sus cientos de orines, esas suculentas paellas prodigiosamente pasadas de aceite y de punto…

¡Qué magia! Y, por las tardes, ¡Qué tardes! ¡Oh maravilla de las maravillas! Cientos y cientos ¿Qué digo cientos? ¡Miles y miles de hermosas mujeres valencianas luciendo su palmito en los desfiles! Algunas, llevadas por un dudoso sentido de falsa modernidad, pretenden ser presidentas o tesoreras de su falla, sin pararse a pensar que para las cosas importantes ya están los hombres. Así que, allá van ellas: Ataviadas con el favorecedor traje regional y portadoras de ramos de flores, colapsan durante días las calles de la ciudad y desfilan al son de alegres pasodobles para portar su ofrenda floral a su Santa Patrona, a su Xeperudeta, a su Perla del Turia. Han de aprovechar la ocasión para hacer llegar sus peticiones a la Virgen, pues seguramente no volverán a pisar una iglesia durante el resto del año, de no mediar bautizo, boda o entierro…

Y al final, se cumplirá el ritual del fuego, las fallas habrán ardido y todos lloraremos un poquito (que el poliestireno es muy puñetero cuando se te mete en los ojos) pero no importa, porque el año próximo, por estas fechas, tendremos más de lo mismo.

Y al que algo no le parezca bien es que es un traidor y un mal valenciano. Así que al que no le guste que se vaya al peo. Cautivas y desarmadas las fuerzas antifalleras: ¡La calle é nuestra! ¡La siudá é nuestra! ¡Sus vai a enterá!

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