Moriarty Talegón (primera parte)

Abel Ortiz

La inteligencia es algo que, según la mayoría, se tiene o no se tiene. Sería, según esa forma de interpretar el mundo y a las personas, algo así como un don natural o divino.

A mi no me lo parece, probablemente porque en ese supuesto reparto me tocó poca.

A mi entender la inteligencia es algo que todo el mundo posee pero que unos utilizan más, otros menos, y algunos nada. La inteligencia, la capacidad de entender, es probablemente la herramienta más poderosa para sobrevivir, interpretar lo que nos rodea, calibrar posibilidades, valorar opciones, elegir. En algunos medios o entornos la inteligencia tiene un valor dudoso, por ejemplo en el ejército. No significa esto que los militares sean tontos, simplemente el valor predominante en su escala de valores es otro, la disciplina. Cuando de obedecer a ciegas se trata, vaya usted de frente contra esa ametralladora que dispara, la inteligencia es más una carga que una ayuda.

La estimulación de la inteligencia, el ejercicio mental, se basa, sobre todo, en la reflexión. Que algunos no reflexionen no significa que sean torpes sino que han elegido otra estrategia para “ir tirando”. Para muchos pensar es engorroso y prefieren las flexiones a las reflexiones, sin ser incompatibles, o comprar pensamiento ya elaborado y preparado para su consumo. En mayor o menor medida todos lo hacemos al utilizar pensadores de referencia llámense como se llamen. Son esa gente que ha pasado parte de su vida entre dudas y certezas, unos frente a la máquina de escribir o los libros, otros mientras ordeñan, miran al cielo para ver si nieva o remueven las ascuas de la lumbre en la cocina pensando en las musarañas. Al poner las reflexiones por escrito, saludable práctica que todos deberíamos probar, uno se encuentra ante sus propias contradicciones, una situación mucho menos visible en el habla, ya lo decían los romanos: lo dicho vuela, lo escrito permanece.

Para comprender las cosas no hace falta sólo usar la inteligencia es mucho más importante la voluntad. Querer o no querer, esa es la cuestión. Hay quien no quiere entender las cosas. Todos también lo hacemos con frecuencia y decidimos que queremos utilizar un ordenador pero que se nos da una higa cómo funciona. Quienes no quieren entender según que cosas, cuando se encuentran ante algo complejo en vez de reflexionar embisten. Algunas veces hasta funciona. Todos hemos visto a esos “técnicos” que hacen que la tele vuelva a funcionar con un par de golpes tan arbitrarios como certeros. No deberíamos pensar que ese método tiene mucho más recorrido.

Utilizar la inteligencia y la voluntad tiene además algo que las determina, los fines. Uno puede derrochar inteligencia y voluntad en molestar a su vecino, trepar en la empresa, triunfar en sociedad a cualquier precio o en llenar de ceros una cuenta corriente alpina. Esas inteligencias y voluntades no sirven al común, no mejoran la convivencia, no aportan nada.

Cuando los nazis hablaban del triunfo de la voluntad se referían, naturalmente, a la suya. Emparentaban, nada por aquí, nada por allá, voluntad e imposición. Es decir tú cumples mi voluntad. Un truco más de la amplia panoplia de trampas mentales para sojuzgar.

Cuando hablamos de comunismo, anarquismo o socialismo, con todas las excepciones que se quiera, damos por supuesto que inteligencia y voluntad se ponen al servicio de la comunidad. Y ahí empieza el lío.

Al intentar interpretar la realidad aparecen las diferencias. Esas diferencias, normalmente de fines, nos ponen, casi inevitablemente, a los pies de los prejuicios. Si soy ganadero tendré prejuicios contra los agricultores, si soy español tendré prejuicios contra los franceses, si soy hombre tendré prejuicios contra las mujeres, si soy joven tendré prejuicios contra los viejos. No siempre es así, claro, pero vencer esos prejuicios requiere inteligencia y voluntad. El hecho de ser anarquista, siguiendo ese razonamiento, me hará tener prejuicios contra los que no lo son. Mi inteligencia, la que tenga disponible, y mi voluntad, me llevan a enfrentarme a esos juicios previos. Y mis convicciones me dicen que para ser anarquista primero hay que ser librepensador. Pensar libremente significa no tener miedo a las consecuencias. Pensar libremente significa que el final de la reflexión no está condicionado por el punto de partida. Como soy anarquista, y la definición de anarquista viene en el diccionario y en las enciclopedias, los demás no necesitan saber donde me llevan mis reflexiones, están previamente escritas; prejuicios.

Escuchar a los otros, valorar sus experiencias, intentar comprenderles, es un esfuerzo de empatía necesario para la convivencia. Ponerse en el lugar del adversario, o del extraño, o de aquel que nos produce desasosiego, indiferencia, incluso desprecio, amplía los elementos de reflexión. Si pensamos que quien no está de acuerdo con nosotros lo hace no porque sus reflexiones y experiencias lo han llevado a otro puerto sino porque “es” malo o está irremisiblemente equivocado, mezclamos, con diferentes dosis, soberbia y una palmaria falta de reflexión y voluntad de comprensión. Hablamos, eso sí, desde la presunción de la honestidad intelectual del otro. Cuando entra el engaño, cuando hay algo en juego más allá de la intención de dos o más personas de entenderse entramos en otro terreno mucho más pantanoso. Vamos pues.

Para mucha gente política es lo que hacen los políticos. No es mi parecer. Política es casi todo. Y la política de verdad la hacen los habitantes de la polis, los ciudadanos, todos los días en todas partes. Los términos ciudadanistas irritan a los revolucionarios que piensan que son un invento para no utilizar el léxico decimonónico, una trampa para no decir obreros, trabajadores o proletarios, esos que los griegos, que inventaron también la palabra hipocresía, llamaban esclavos. Los esclavos no tenían derechos pero vivían también en la ciudad. Los esclavos modernos también viven en la ciudad y tampoco tienen derechos ni siquiera puramente formales. Pocos africanos pobres, por ejemplo, tienen derechos en nuestras polis. Tampoco a pedir una hipoteca, otra palabra griega. Eso si, tienen derecho a una estancia en los cies, campos de concentración, antes de ser deportados.

El arma más poderosa que existe contra el librepensamiento es la consigna. Y, reforzada por la fe, el antídoto de la razón, es demoledora. La fe en las consignas es la negación más absoluta de la inteligencia y conduce al gregarismo, lo que no deja de ser una opción. No se lo que digo pero lo digo, porque me han dicho que lo diga los que se supone que saben lo que dicen. Delegación de responsabilidades, otra forma de elegir representación. Quienes pretenden ser librepensadores no necesitan, ni quieren, consignas ni representantes. Piensan por su cuenta y se representan solitos.

Por eso la unanimidad es tan sospechosa. Cuando hay unanimidad y no estamos ni en Bulgaria ni en las cortes franquistas algo falla. Cuando gente que normalmente no está de acuerdo en casi nada coincide en algo aparece Moriarty, el archienemigo de Sherlock Holmes, ese arquetipo de la inteligencia victoriana.

Beatriz Talegón ha provocado esa unanimidad tan rara. Desde la extrema derecha a la extrema izquierda se coincide. Una pijaprogre que pretende lavar la cara al socialismo hispano moribundo. Culpable de lo que cobra, de lo que dice, de lo que no dice, culpable de los desahucios. Cómplice en el mejor de los casos. Chivo expiatorio.

Esas reflexiones parten de las consignas en las que están de acuerdo en intereconomía y en Kaos en la red. Los socialistas son el alfa y el omega de las calamidades que vivimos. No hace falta más explicación. Sin los socialistas este país sería La arcadia perdida de Palacio Valdés, para unos, o el paraíso proletario para otros.

El primer presupuesto para mantener esa teoría es que los socialistas han tenido el poder durante muchos años. Eso para muchos es irrebatible y la prueba del algodón. Una vez más no es mi parecer. Creo que se confunde, no se si intencionadamente, poder y gobierno.

Quien tiene el gobierno tiene el poder. Puede que eso fuera así en otros tiempos. Hoy deberían quedar pocas dudas de que es un supuesto falso. Cuando los socialistas llegaron al gobierno no llegaron al poder aunque muchos de ellos se lo creyeran. El poder permitió que llegaran al gobierno lo que es bastante diferente. En 1982 la socialdemocracia tenía un sentido para el poder, oponer a la unión soviética una mercancía dulcificada, un capitalismo blando, que ofrecía un estado de bienestar diseñado desde arriba para poner los dientes largos a los que estaban al otro lado del telón. Los socialdemócratas, conscientes del juego, sacaban provecho entre dos aguas. Pero ellos tampoco sabían que deparaba el futuro.

El comunismo a la soviética y el capitalismo habían llegado a un acuerdo equivalente al de portugueses y españoles en el tratado de Tordesillas. En 1945 los vencedores trazaron una línea en el mapa y se repartieron el mundo. Ya podía el comunismo italiano o francés hacer el pino puente que no llegarían al gobierno en ninguna circunstancia, igual que les ocurría a los demócratas checos y húngaros que se empecinaban en cambiar cosas que ya estaban firmadas por el poder real: la OTAN y el pacto de Varsovia.

En esas circunstancias la socialdemocracia era útil para el capitalismo y, en algunos casos, los ciudadanos se beneficiaban de rebote de los manejos propagandísticos de unos y otros.

Nosotros no tenemos paro y vosotros sois unos explotadores. Nosotros tenemos sopa y corbatas y vosotros no. Nosotros somos la tierra de los valientes y de los hombres libres y vosotros sois el totalitarismo más aberrante. Nosotros somos la patria del internacionalismo proletario y vosotros sois el imperio más despótico. Propaganda. La buena propaganda mezcla verdades, mentiras, falsedades, ilusiones y psicomagia.

En ese juego, el gran juego, la inteligencia y la contrainteligencia manejaban un cotarro más opaco para los ciudadanos que las cuentas de la generalitat valenciana. Los socialistas, o socialdemócratas, eran admitidos como bisagra mientras no se supiera como acababa el partido. El partido terminó y los soviéticos volvieron a ser rusos, ucranianos, letones o kazakos. El capitalismo, la otan, dio jaque mate.

En 1989 la socialdemocracia dejó de ser útil al sistema. Ya no tenía sentido eso de las dos caras. Quien gana una guerra por muy fría que sea impone sus condiciones. Las maniobras de distracción dejan de ser necesarias. Ante ese panorama los socialistas pierden un punto de apoyo y caen. El poder real exige autos de fe. El capitalismo, la propiedad privada, el libre mercado, vencedores, son intocables e inatacables. Juran en Santa Gadea.

Los socialistas en el gobierno tienen dos opciones, echarse al monte y enfrentarse al poder real o dejar de ser socialistas e irse descafeinando paulatinamente hasta llegar a un punto asumible de cocción por el fondo monetario, el banco mundial y la mafia internacional. Huelga decir que eligieron. Esa elección puede tener muchas valoraciones pero era legítima, era suya. Echarse al monte exige estar dispuesto a un grado de tensión y peligro que no quisieron asumir. Nadie podía obligarles, ni tenía derecho a hacerlo. Y no creo que sea muy objetivo decir que el conjunto de la sociedad estaba dispuesto a jugarse los pocos, o muchos, logros que se habían conseguido desde la España del piojo verde y los sabañones a la del ford fiesta y el apartamento en Torrevieja.

Cuando aparece el GAL, con los soviéticos en escena aún, gobernaban los socialistas. Pero atribuirles a ellos en solitario el invento es hacer trampa. El GAL vino del poder, las cloacas del estado, y el gobierno lo asumió. Fue cómplice. El GAL respiraba y transpiraba extrema derecha institucional, franquismo sociológico del que no estaban libres Ibarras, Bonos y otros miembros de la patrulla X. Emparentó a lo más granado de la guardia civil y de la “inteligencia militar” con los bordes más amorales del incipiente socialismo caviar. ¿Qué tenía de particular para Gutiérrez Mellado, Sáenz de Santamaría y otros militarotes con cursillos de contrainsurgencia en EEUU la guerra sucia, cuando habían perseguido y asesinado a los fugados y a los maquis en los montes de Asturias, de León, de Granada y de Girona, de Extremadura y de Galicia? Sin embargo, la derecha rentabilizó el escándalo y le endosó la factura al gobierno y, por extensión a los socialistas, la mayoría de los cuales no sabían de la misa la mitad. Pero aquello caló. Y treinta años después en el imaginario colectivo queda impresa la relación GAL- PSOE como si no hubiera habido nadie más en aquel akelarre. Nadie relaciona a los conservadores de la época, que graznaban por la intervención militar abierta en Euzkadi, con el terrorismo de estado, cuando fueron su aliento y su génesis. Y ahora, otra Sáenz de Santamaría, o los alumnos más aplicados de Martín Villa, pueden impunemente lavarse las manos y hacer aparecer a González como el sumo hacedor y único responsable. Magia potagia.

Beatriz Talegón veía por aquel entonces la bola de cristal, un suponer, y vivía en la familia de un auxiliar administrativo y una modista.

A la vez que el poder y el gobierno utilizaban la cal viva y los otros el amonal y las pipas, Maravall pergeñaba la LOGSE otra muletilla utilizable como munición contra los socialistas. Resulta que el ciento veinte por cien de los que han arremetido contra la logse lo han hecho de oídas. Queda también grabado a perpetuidad que era una ley muy mala que hicieron los socialistas para fastidiar a los niños y a sus padres. La realidad comprobable es que casi nadie, aparte de los profesionales de la educación, tenía, ni tiene, noción alguna de en que consistía la logse. Eso si sirvió para que los que habían estudiado con las leyes franquistas dijeran que ellos sabían más y que los modelos educativos del opus y los Lópeces daban mucho mejores resultados. Sobre todo para ellos que, notarios, registradores de la propiedad o abogados del estado, no sabían hacer la o con un canuto pero podían decirte, por la derecha y por la izquierda los afluentes del Ebro, conocimientos que, como todo el mundo sabe, son indispensables para los españoles de bien.

Beatriz Talegón, de aquella, aprendía la m con la a ma y dibujaba flores con los rotuladores carioca.

En esas apareció la corrupción, una cosa que en este país nunca había existido y que inventaron los socialistas, concretamente Juan Guerra. El dinero que empezaba a fluir de Europa y de la normalización de las cuentas públicas empezó a pegarse en los dedos de algunos de los cargos públicos del PSOE que no se habían visto en otra. Metieron la mano en la caja. Les hicieron fotos. Les llamaron ladrones, muchos lo fueron. Pero quienes sacaban tajada del descrédito socialista fueron no quienes desde las calles gritaban contra la reconversión más estúpida que salvaje sino quienes habían robado todo a todos durante décadas. Los mismos a los que vino muy bien que fueran los Solchaga y Boyer de turno quienes se enfrentaran a la calle mientras ellos explotaban sus minas y sus constructoras, sus import-export y sus puticlubs.

Era la época del holocausto yonqui, cuando todos los días aparecían cadáveres en los descampados y en los váteres, mientras se llenaban bañeras de billetes que desaparecían sin destino conocido. Estalló la guerra del golfo y, para vergüenza de muchos pero no todos, allí fuimos, con las fragatas, las corbetas, Narcis Serra y Marta Sánchez. Fue, para mí, el momento más desolador del felipismo. Curiosamente es de los hechos que menos se le recuerdan al PSOE. Puede que sea porque muchos apoyaron aquella intervención. Yo si recuerdo sus nombres, sus caras, sus frases.

Beatriz Talegón en esos días descubría en sus paseos dominicales con la familia el excitante sabor del KAS de naranja, empezaba a mirar de reojo “El jueves” y pegaba posters en su habitación puede que de los U2 puede que de Bruce Willlis e incluso puede que del Che Guevara.

La financiación ilegal de los partidos también es un invento del PSOE. Filesa y Time Sport, la cooperativa de viviendas de la UGT, son pecado inhabilitante. Las asquerosas explicaciones de los ministros, en la época del esplendor de Roldán, las payasadas de Corcuera o Belloch, los justicieros, acompañadas de la matraca permanente de Pedro Jotas y las mañanas de antena tres radio, con Antonio Herrero, donde empezaba a enseñar la patita Losantos, ponían a la tropa socialista, entre la histeria y el bochorno. Los insumisos empezaban a conseguir una de las mayores victorias ciudadanas de las últimas décadas y ponían en ridículo a los socialistas más pasteleros. Los demás partidos, fundaciones, asociaciones y organizaciones tenían sus cuentas claras y transparentes y no tenían ni arte ni parte en lo que estaba ocurriendo. Los corruptos eran los socialistas, los corruptores también. Ya teníamos la primera consigna vendible: paro, despilfarro y corrupción.

Era verdad. Pero no toda. Lo que si es verdad es que los cien años de honradez se fueron por el retrete.

En eso llegó Aznar. Como Aznar era un facha y se le presuponía su condición de falangista emboscado no tenía explicaciones que dar. Inventó la derecha sin complejos, que era una forma de admitir que hasta entonces los fachas se habían confundido con el paisaje, se habían disfrazado de demócratas en tiempo record y, con la cara lavada y recién peiná, ya podían dar lecciones. Si de lo que se trata es de mercados dejennos a nosotros que de eso sabemos mucho. Y el enano Puyol, que no era corrupto ni nada, ficho de Pívot por el Madrid. Las cuentas no salían por mucho que el furhercito fuera a Silos o a Quintanilla de Onésimo a jugar al dominó. La primera legislatura aznárida fue de tanteo con un gobierno en minoría.

Beatriz Talegón, ya adolescente, le dio unas caladas a un porrito y en nochevieja se cogió un pedete a base de Martíni rojo y el primer gin tonic. Ya sabía que había un Marx que no era de los hermanos y que eso de follar debía ser una cosa divertida.

Cuando Aznar consiguió la mayoría absoluta, que se dice pronto, contra un tal Almunia, este país ya tenía trenes de alta velocidad y autovías. Ya éramos, o empezábamos a ser, nuevos ricos. También defensor del pueblo, divorcio, ley de aborto y una incipiente igualdad de sexos. Todo muy pacato y tímido, todo con cuentagotas no nos fuéramos a atragantar. Soraya Sáenz de Santamaría acababa el BUP en un instituto recién convertido en mixto y la costa mediterránea empezaba a ser monocultivo extensivo de ladrillo siguiendo las directrices trazadas en los sesenta por los tecnócratas del opus. Aquello generaba montañas de pasta y aceitaba conciencias. Los socialistas buscaban un líder que bendijera el papa González y allí estaban Rosa Diez y Bono, a un tris de convertirse en secretarios generales. Para habernos matao.

Mañana más.

Un comentario en “Moriarty Talegón (primera parte)

  • el 19 febrero 2013 a las 19:03
    Permalink

    Un análisis muy gráfico de la historia reciente de españa. El País Valencià sirvió de banco de prueba para esa psicomagia y las consignas se implantaron en las neuronas de la gente haciendo uso de la brutalidad de la violencia en la mal llamada «Batalla de València» en realidad fue la «Pallissa de València». Cosignas anticatalanistas con capacidad de migrar a antiprogresistas se implantaron en las neuronas de gran parte de la población incluso en aquella que sociológicamente caia en la izquierda.
    Esperem la segona part amb avidesa Abel!

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