Por tu propio bien

El dedo en el ojo. Félix García Moriyón

Félix García Moriyón
Félix García Moriyón

Existen expresiones y frases que tienen un carácter profundamente represor, amparándose en una parcial validez basada en la experiencia. Una de ellas es eso que nos dicen quienes ostentan posiciones de poder cuando van a imponernos una medida especialmente dolorosa. Lo dice la madre que prohíbe a su hijo volver después de las 11 de la noche, aunque es muy posible que lo haga por exceso de cariño protector. Lo dice el profesor que suspende a un alumnos «por su propio bien», pues así estará más preparado en Septiembre o el curso siguiente. Sus intenciones en este caso pueden ser más dudosas. Y, lo que es peor, lo dice el político cuando aplica recorte tras recorte, añadiendo además que nos está pidiendo algo cuando en realidad nos lo está imponiendo por la fuerza. Dudamos seriamente de la sinceridad de lo que dice.

El primer fallo de este planteamiento consiste en que quien lo aplica se cree investido de una especial autoridad gracias a la cual considera que sabe perfectamente lo que le conviene a otras personas y sabe además cuál es la mejor manera de conseguir esos bienes que van a proporcionarles la felicidad y plenitud personales. Impiden de raíz cualquier posibilidad de que tengamos algo que decir en ambos campos. Nos quitan todo protagonismo en la selección de los fines que queremos conseguir y de los medios más adecuados para conseguirlos. De ese modo nos hacen aceptar algo que contradice lo que nos ofrecen puesto que un bien otorgado o concedido, pero no conquistado gracias al propio esfuerzo, pierde una parte considerable de su condición de bien.

Es cierto que en algunas ocasiones o con cierta frecuencia, los seres humanos podemos estar dispuestos a vender nuestra primogenitura por un plato de lentejas, como hacía Esaú, un personaje bíblico. Es cierto igualmente que, con pesimista visión del ser humano, en algunas ocasiones aceptamos que nos llamen perros con tal de que nos den pan. Pero es condición necesaria para alcanzar nuestro propio bien el que nosotros actuemos como sujetos de nuestras vidas, que rompamos con los lazos que nos mantienen en la infancia dependiente y aceptemos vivir como seres libres, con todos los riesgos que eso supone. Quien prolonga injustificadamente la dependencia de un ser humano respecto a otro, no está actuando por su propio bien. En el mejor de los casos, tiene una visión limitada de lo que es el bien personal; en el peor de los casos, pero bastante probable, sabe que no lo hace por el bien de los demás. Esta constatación es válida incluso en los casos en los que podemos reconocer la autoridad de una persona que solícitamente se dispone a buscar nuestro bien. Es el caso de la madre o el padre, o también el caso del médico que nos propone un tratamiento, o del profesional que nos indica la mejor manera de lograr un objetivo, sea este una vivienda digna o una comida saludable. Pero incluso en esos casos, quien posee autoridad genuina procura, si realmente quiere conseguir el bien ajeno, implicarle lo más posible en la comprensión y definición tanto de los objetivos que va buscando, por ejemplo la salud, como de los medios que son necesarios para alcanzarlos, las medicinas o los tratamientos médicos. Por eso ve compatible partir de la situación de dependencia de quien solicita la ayuda, sin renunciar en ningún momento a promover la necesaria autonomía del mismo.

El segundo fallo del planteamiento lo constituye una distorsionada concepción de la temporalidad. El mañana, por definición, no existe, salvo en la medida que puede orientar lo que hacemos aquí y ahora. Del mismo modo, el pasado existe solo en tanto y en cuanto ha configurado lo que ahora tenemos, que es el punto de partida para orientar nuestra acción. Lo que existe, lo único profundamente real es el presente en el que vivimos, desde el que interpretamos el pasado y proyectamos el futuro. Pedirnos que sacrifiquemos el presente por el futuro es pedirnos que aceptemos vivir mal hoy a cambio de algo que no es ni será nunca. Es decir, es pedirnos que aceptemos vivir mal siempre.

Terminamos de ese modo interiorizando que el destino del ser humano es sufrir por algún bien que, como la zanahoria que se pone delante del caballo para que siga andando, nunca llegaremos a disfrutar. Y dejamos de reclamar lo único que es realmente radical y transformador: queremos vivir bien aquí y ahora, ciertamente dentro del marco de las posibilidades que determinan el pasado y teniendo en cuenta el futuro, pero sin dilatar indefinidamente el logro de una vida plena de sentido. Como es obvio, quienes nos dicen que lo hacen por nuestro propio bien, son conscientes de que su sabiduría es pura apariencia, lo mismo que su autoridad. Saben también que los medios que ponen en juego no están orientados al bien futuro de los ciudadanos a quienes dicen cuidar y en cuyo nombre dicen actuar, sino al bien presente de las élites poderosas con las que colaboran. Y ellos mismos, como Ulises, nos exigen remar sin pausa ni descanso, mientras conducen la nave disfrutando del canto de las sirenas y de las rosas de la vida aquí y ahora. Por eso mismo, como las obreras del textil de Massachusetts en 1911, nosotros queremos ya participar en las alegrías de la vida.

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