El País nos quiere gobernar

El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid
Rafael Cid

Impasible el ademán. El diario El País sigue en racha de contraofensiva para revertir el actual conflicto social. No sólo no amaina su campaña sino que cada día que pasa la incrementa. Peldaño a peldaño, incluye nuevos elementos, más fuerzas vivas, otras dotaciones de refresco para su causa general anti 15-M y demás sublevados. Quiere reconducir la protesta hasta puertos más seguros. Hacerla deflagrar en zona de nadie. Proceder con su teórica impronta como los mansos que escoltan de vuelta al corral a los astados. El País, ese BOE del progresismo virtual, trata a marchas forzadas de evitar que el otoño se convierta en un ocaso para el sistema. Su apuesta es por redireccionar en placebo el creciente malestar y la indignación ciudadana. Con tal fin utiliza sus páginas para minar al 15-M y los sectores radicales, recauchutando con su aval como agentes del cambio precisamente a las instituciones y dirigentes que sembraron el expolio que nos corroe. Juega a la ceremonia del olvido unilateral, a minutar la confusión. Quiere dar vidilla al PSOE dinástico y a sus acólitos sindicales CCOO y UGT con la ayuda de una corte de intelectuales mediáticos.

Desenfocando el problema como si fuera un pasivo exclusivo de la derechona del PP y sus cruzados. Trata de reiniciar la vieja doma para que sigamos desarrollándonos informativa, cultural y mentalmente en cautividad. De troquelar un único disenso permitido. Utiliza, en fin, el método conductista de jibarización de conciencias para contingentar la biodiversidad política que se les viene encima.

Con esa hoja de ruta, El País se sirvió primero de “citas de autoridad” de gentes como el ex presidente del gobierno Felipe González en favor de un supuesto “gran acuerdo nacional”, en línea con lo expuesto en el Manifiesto Transforma España, del Grupo Everis, un lobby integrado por la flor y nata de la oligarquía empresarial española. Esa trama argumental estatocrática, respaldada de continuo por los propios editoriales del periódico y por algunas incursiones doblete de recalcitrantes egocéntricos, como los artículos de Juan Luis Cebrián, alcanzó su climax con el texto del periodista Miguel Ángel Aguilar instando lisa y llanamente al asesinato político del jefe del Ejecutivo Mariano Rajoy. Un derrocamiento caníbal, desde las entrañas de su propio partido, a la manera de lo ocurrido al principio de la afamada transición con Adolfo Suárez a manos de Leopoldo Calvo Sotelo, que derivó en la irrupción del 23-F con el Rey taumatúrgico de postre.

A continuación han entrado en escena otros ventrílocuos de menos postín, más taimados. Pero que en esencia, con la habilidad que se le reconoce a El País para oficiar de sutil agente de influencia, persisten en la misma lógica de validación del statu quo y descalificación de las posiciones políticas alternativas insurgentes. Los últimos episodios de esta saga rectificadora tienen de todo, como en botica: exhaustivos informes periodísticos que vendrían a demostrar la inanidad de la protesta antisistema; concienzudos análisis restando esencialismo transformador a los movimientos impugnadores e incluso tribunas de opinión tándem de líderes sindicales que enarbolan presuntas medidas de oposición para empatizar con las demandas ciudadanas en una especie de necesario y feliz re-encuentro entre representantes y representados separados por la incomunicación. Veamos.

Abrió la veda del nuevo serial un extenso trabajo periodístico publicado a doble página el pasado 9 de agosto que llevaba el sospechoso título de “Activismo efervescente”, glosando la creatividad de las medidas de protesta puestas en marcha por el movimiento 15-M. Pero la loa era una falsa percepción, a renglón seguido, El País mostraba claramente sus intenciones al escribir en el subtitulo sentencias como: “Las protestas novedosas tienen un minuto de gloria que puede desinflarse. Cambiar el sistema requiere de acciones tradicionales”. O sea que, según el órgano del bipartidismo dinástico imperante, para derribar el statu quo hay que usar los mismos medios que emplea el poder para perpetuarlo. Por si fuera poco, la letra con sangre entra, y para que el mensaje quedara meridianamente claro, el cuerpo del texto empezaba y terminaba con idéntica idea-fuerza ninguneante. En su arranque, el informe comparaba la expropiación a un supermercado por parte de sindicalistas del SAT ( que el diario califica de “asalto”) con los siete minutos de triunfo del robot Curiosity en Marte, deduciendo que “La acción tuvo la trascendencia que cabe esperar de ciertas protestas: un minuto de gloria, o siete, o cuatro días de eco mediático. El mensaje llegó -hay gente que pasa hambre y ladrones de guante blanco-, pero la cura de una situación como esta requiere remedios más eficaces”. Y en su despedida, echando mano del comentario de un sociólogo afín, reafirmaba idéntica perspectiva :”Puede que la izquierda o los sindicatos, que tradicionalmente han organizado las protestas en la calle, atraviesen una crisis de identificación con ellos, de cierto descreimiento, pero agrupar a mucha gente de forma muy rápida puede ser sólo la espuma de la cerveza”. Final feliz, la “Marca España” va bien.

El segundo espasmo de El País en cuca defensa del statu quo, jugando a ese engañabos mediático que pretende que las informaciones son sagradas y las opiniones libres, se publicaba también en la edición del mismo día 9 de agosto, bajo el formato de artículo de un profesor de la UAM que llevaba por título el clamoroso oximorón de “El 15-M, la esperanza del sistema”. Un destacado a modo de sumario nos evita mayor glosa sobre el amistoso choque de trenes de la cabecera. Decía: “los indignados son los más leales a la democracia, quieren frenar su deterioro institucional”. No afirmaba que el sistema institucional es antidemocrático y corrupto, sino que los nuevos protestantes son como aquellos cristianos disidentes que sólo buscaban reforzar la única religión verdadera. Informe periodístico y artículo académico estaban cortados por el mismo desideratum: los antisistema terminaran siendo de los nuestros, es cuestión de tiempo y de infiltración.

El broche final, hasta la fecha, lo ha servido en bandeja una tribuna de opinión escrita a dos manos por Toxo y Méndez en la que, quienes asistieron pasmados a las políticas reaccionarias de la segunda legislatura del PSOE de Rodríguez Zapatero, nos convocan a exigir un referéndum al gobierno del PP sobre las medidas mal llamadas de austeridad que están aplicando los conservadores por mandato de Bruselas. Una iniciativa interesante sin duda, pero parcial y cínica, porque no alcanza al corazón del problema. Según la formulación que nos ofrecen los secretarios generales de CCOO y UGT, la consulta no afectaría a la reforma constitucional pactada al alimón por PSOE y PP a propuesta del partido socialista. Y es ahí donde está la madre de todas las batallas. Ese golpe de Estado técnico fue el que dio luz verde a la bárbara dinámica de ajustes y recortes, instituyendo al margen de la voluntad general la doctrina que nos hace súbditos del capital, que de ahora en adelante el pago de la deuda tenga prioridad sobre cualquier otro gasto-inversión social. Esto lo obvian nuestros zascandiles líderes sindicales, que sin embargo recuerdan como apoyo a la iniciativa el antecedente del referéndum sobre la OTAN realizado por el PSOE felipista. Un aciago legado, por otra parte. Aquella campaña perpetrada bajo el turbio eslogan de “OTAN de entrada NO” resultó un referéndum-trampa: concluyó con el SÍ a la OTAN, llevó a España a incorporarse a su estructura militar y logró que uno de los principales dirigentes socialistas de la época, Javier Solana, ocupara la secretaría general de la alianza militar. Por cierto, nadie se acuerda del otro golpe de Estado de Zapatero y Rajoy, la cesión del territorio nacional para base continental del escudo antimisiles de EEUU.

(Alguien pueden con todo derecho preguntarse ¿por qué este seguimiento del diario El País, cuando hay tanto facha mediático por medio? Y la respuesta es sencilla: porque de mis enemigos ya me ocupo yo, están autoidentificados y su hostilidad se da por sabida y conocida; no engañan a nadie. Que quede claro, decimos lo que decimos, no otra cosa. El País es sin discusión y en comparación el mejor periódico de España. El resto es prácticamente caverna pura y dura, púlpitos inquisitoriales y meapilas que rebuznan y embisten. Pero El País no es simplemente un prestigioso medio de expresión. Es una industria cultural cargada de arrogante ideología. El arma secreta de la transición borbónica-neocapitalista. El País aspira a representar a la sociedad civil, a suplantarla, como en otro campo hacen los partidos y sindicatos del régimen hoy en franca decadencia. Es el Estado profundo, ese gobierno oculto, subliminal, que sale a la superficie cuando los gobiernos de facto y el statu quo sucumben deslegitimados. Por eso, combatir su mórbida influencia, cada día menor por otro lado gracias a la obsolescencia generacional, supone un ejercicio de responsabilidad democrática. El pueblo somos nosotros y la libertad no se delega).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies