Cautiva y desarmada la clase obrera

Félix García Moriyón

Félix García Moriyón
Félix García Moriyón

Ya ha llegado la reforma laboral anunciada por el Partido Popular y, como era de esperar, no ha defraudado las expectativas. La CEOE muestra una alegría contenida, posiblemente porque no quiere que se note demasiado hasta qué punto el PP ha legislado de acuerdo con sus intereses. Los alemanes, por boca de Twitter Steffen Seibert, portavoz de la canciller alemana, Angela Merkel, son claros: «La reforma del mercado laboral en España es modélica y valiente», y, para rematar los elogios, el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, afirmó que la reforma laboral «permitirá disminuir la dualidad del mercado laboral y promoverá el empleo».

Todo esto se ajusta al guion, pero lo que resulta más sorprendente es la valoración de los dos grandes sindicatos de «clase». Sin duda valoran negativamente la reforma, ¡Faltaría más!, pero al mismo tiempo afirman que van a iniciar movilizaciones progresivas para cargarse de razones y pensar quizá en una huelga general a medio o largo plazo. Muchos somos conscientes desde hace bastante tiempo de que el sindicalismo mayoritario no sólo no está siendo capaz de afrontar adecuadamente la dura agresión que están padeciendo los trabajadores, sino que son parte de esa agresión. Hace tiempo que han claudicado en su capacidad de defender realmente los intereses de los trabajadores y son gestores encargados de maquillar los daños y atemperar las movilizaciones.

Creo que el sentido de fondo de la reforma, la letra pequeña, y también lo que dice en detalle, son lo que son, un paso más en una batalla que se empezó a librar de manera muy firme en los años setenta del pasado siglo y que ha seguido de manera ininterrumpida hasta hoy. El estado del bienestar, resultado de un gran pacto social firmado después de la Segunda Guerra Mundial, con la amenaza de la guerra fría como telón de fondo, supuso un reparto más equitativo de la riqueza y la consolidación de una clase media que disfrutaba de servicios y bienestar creciente. Su bastión más sólido en la lucha por afianzar esas conquistas fueron, sin duda, los sindicatos y los partidos socialdemócratas.

Desde entonces, desde la primera gran crisis de 1973, las élites dominantes no han parado para conseguir el objetivo de un nuevo reparto de la riqueza, recuperando la injusta distribución previa. Cerca de 40 años más tarde se puede decir que su victoria en los grandes países occidentales se ha consumado. Sin duda, la globalización y el impacto de los nuevos países emergentes, que también quieren un nuevo reparto de la riqueza mundial, ha contribuido a configurar la actual crisis y el nuevo salto cualitativo en la agresión encaminada a recuperar poder y riqueza, pero lo importante es recuperar su posición absolutamente dominante. Está claro que la última reforma laboral no deja de ser un peldaño en esta larga escalera de descenso para la clase obrera y de ascenso para las élites que configuran el bloque hegemónico. El Partido Popular es el partido de los empresarios y defiende sus intereses. Es muy claro un buen artículo de Joaquín Estefanía en El País, titulado precisamente El partido de los empresarios, y también es claro y preciso el comunicado de la C.G.T. y las declaraciones de otros colectivos de izquierda.

Se podría aplicar a esta situación una paráfrasis de una frase célebre de un comunicado militar de 1939: «En el día de hoy, cautiva y desarmada la clase obrera y la clase media, ha alcanzado el gobierno de los empresarios sus últimos objetivos neoliberales. La guerra ha terminado». Cautivos y desarmados los sindicatos, sin ninguna capacidad de resistencia tras décadas de continuos retrocesos y escasa capacidad de lucha y movilización, se ha puesto a la clase obrera en «su sitio»: a merced de las fuerzas del mercado controladas por el bloque hegemónico.

Nos encontramos atrapados entre el patético comunicado de los dos grandes sindicatos y el voluntarismo radical de los grupos a la izquierda de esos sindicatos. El control de la situación parece total y el caso de Grecia nos indica que duros enfrentamientos, movilizaciones contundentes y tácticas de acción directa no han debilitado por el momento la demoledora capacidad de control de la situación que mantiene el bloque dominante. El soplo de aire fresco que supuso el 15-M continúa a duras penas, pero con mucha menor capacidad de incidencia, preso además de sus propias contradicciones internas.

La estrategia bien planificada del bloque hegemónico ha provocado la parálisis de la población que no sólo parece incapaz de articular una movilización general sino que, lo que es más grave, apoya con su voto a la partido político que mejor representa a quienes están ganando la partida en estos momentos. El Partido Popular ha conseguido casi todo el poder político en España, y posiblemente culmine su avance dentro de un mes en Andalucía. La gente ha votado a quienes provocaron las causas de fondo que desencadenaron esta crisis y a quienes están aplicando medidas brutales contra la clase obrera y la clase media. Y sabían en líneas generales lo que iban a hacer una vez en el poder.

No se vislumbra en el horizonte ninguna posibilidad real de hacer frente de una manera eficaz a la estrategia de los empresarios y sus gestores. Hemos llegado a un momento crítico en el que no parece posible el pacto social porque se ha plan teado el reajuste social como un asunto de ganadores y perdedores, admitiendo que los intereses de los empresarios y de los trabajadores son, en última instancia, contradictorios.

Sin duda es necesario seguir con los esfuerzos movilizadores, mantener con fuerza las campañas de lucha ideológica encaminada a desvelar lo que oculta el lenguaje políticamente correcto que utilizan quienes toman medidas tan lesivas. Incluso se puede mantener una estrategia encaminada a una huelga general, por otra parte poco probable y dudosamente eficaz en estos momentos. En todo caso, no parece que a corto y medio plazo haya ninguna expectativa de poder alterar el curso de los acontecimientos. Seguir luchando, sí, pero muy conscientes de la debilidad de nuestra posición y con paciencia para ir buscando caminos novedosos que nos permitan una reagrupación de fuerzas que, en su momento, se muestre más eficaz.

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