El termostato de la guerra y la receta libertaria

Abel Ortiz

En sociedades putrefactas, pochas, corrompidas por carísimos vicios patrióticos y militaristas, Corea del Norte, EEUU, Irán, Gran Bretaña, Israel o Alemania, por ejemplo, los maximalismos propagandísticos son ley. La fotografía del enemigo, ese cheque en blanco, religioso, político o económico, tres variaciones de lo mismo, se transmuta, a lo largo de generaciones, retocando aquí y allá con el programa pertinente, en una actualización constante del perfil que sirve para englobar, como hostiles y combatientes, a todos aquellos que no hayan demostrado, de todas las formas posibles, haber abandonado, como si de un estigma probatorio se tratara, la ya célebre, aunque en desuso, “funesta manía de pensar”.

Veinte años después de terminar, aparentemente, eso que llamaron, los  muñidores y publicistas castrenses, guerra fría, para explicar que los cadáveres calientes los pondrían otros, africanos, asiáticos o latinoamericanos, podemos observar cómo, en ese mano a mano entre dos concepciones pretendidamente opuestas, no hubo payasada o desatino en un bloque que el otro no se apresurara a copiar. En Polonia o en Bulgaria ironizaban al respecto; el capitalismo es la explotación del hombre por el hombre, el comunismo lo contrario. A pie de página, como excepciones en letra pequeña, gracias a dios por un lado y al partido por otro, podemos señalar algunos irreproducibles monolitos pajeros identitarios; el whiskey, Marilyn Monroe y Elvis, por un lado, el vodka, Yuri Gagarin y Prokofiev por el otro.

Si hay algo, durante el siglo pasado y lo que llevamos de este, que haya hecho más daño que el comunismo es el anticomunismo. Por eso ganaron, ruinas, flotando en petróleo, y cobran, ahora, la factura. Equidistancias las justas. El anticomunismo mortífero y real, no el izquierdista, molesto pero inofensivo, sigue siendo la doctrina oficial aunque cambien las falsetas de la propaganda.

Comunista, o sus variantes, trotskista, libertaria, socialista, maoísta o nacionalista, por lo tanto enemigo mortal, es ya, para el pentágono, la reserva federal y las agencias de calificación, todo aquel que esté, hoy, a la izquierda de donde estaba Allen Dulles, o Mickey Mouse, que viene a ser lo mismo, en 1960.

El estado del bienestar, la socialdemocracia, los socialismos reformistas, no eran, no pudieron ser, no han sido, mucho más que bonitos carteles luminosos utilizables en momentos de tensión y prescindibles a la hora de repartir el botín; lubricantes. La renuncia con majorettes al marxismo, la bicha, o a cualquier otra concepción que maliciara, aun tímidamente, de la Ford o de la Otan, debía hacerse según los usos de Santa Gadea. Era estrictamente necesario besar el anillo chungo de Kennan, o el nibelungo de Kissinger, proclamar arrepentimientos, escenificar la sumisión, para algunos estratégica, para otros humillante. Como buenos vasallos siempre seremos
fieles al señor; Rusia, caca.

El trampantojo que suponía el Berlín de Willy Brandt, en los mismos morros de los países socialistas, o la Suecia del asesinable Olof Palme, no podía ocultar, limitándonos a Europa, la realidad descalza en el Portugal mísero de Salazar, la pestilencia griega de los coroneles, la mugre elevada a categoría intelectual en la España de Franco, ni la bendición a esos estados de Washington, Roma, Londres, Bonn, y todos los centros de poder que, a este lado del renovado tratado de Tordesillas, valoraban los regímenes en función de su anticomunismo, real, práctico o propagandístico.

Ay de los vencidos. El Apocalipsis va por barrios. Lo ponen por televisión. Algunos lo ven desde la ventana. Otros ya lo han vivido muchas veces y no le prestan atención.

El fracaso de la socialdemocracia no estaba escrito, aunque pudiera ser más o menos predecible, igual que no lo estaba el derrumbe soviético, el desarrollo de las investigaciones genéticas o la aparición de Internet. Los destinos manifiestos de los carros a los que se uncían unos, o los imperativos de la relación causa efecto, para los otros, no servían como plantilla para construir esos futuros pluscuamperfectos e inalcanzables que vendían los folletos. Se imponía la cochina realidad, terca y picalaburra. Intervienen también, para estropear bonitas hojas de ruta o planes quinquenales, el azar y la necesidad, lo dijo, recuperando a Demócrito, Jacques Monod, un biólogo comunista que dejó de ser comunista, pero no biólogo, cuando opusieron sus teorías al dogma. Guardaban, los socialdemócratas, un as en la manga que resultó ser de la otra baraja. No sirve la treinta y una de mano para jugar al póquer.

Cuando Goebbels primero, en el 45, y Churchill después, en el 46, utilizan la expresión telón de acero, o cortina de hierro, delineaban los límites geográficos de un capitalismo que iba a transformarse, por instinto de supervivencia y tentaciones hegemónicas, en un anticomunismo de cuello rojo que unía su “destino” al de su antagonista. Un duelo al sol de pistoleros indistinguibles para el enterrador.

Los matices, o casos excepcionales, permitidos en ambos bloques, el gaullismo o el titismo, y pocos más, ampliaban ligeramente los márgenes a la vez que fijaban las fronteras, las líneas rojas. Fuera de la lupa eurocéntrica la partida se jugaba entre cloacas y tinieblas; los dominios del coronel Kurtz, los jemeres rojos, la ESMA o sendero luminoso, servían como zona de caza donde conseguir cadáveres para amontonarlos, como fichas de casino, en la mesa de negociación. La partida continúa.

El vaquero superviviente, como era de esperar, se erigió en sheriff, alcalde y reverendo, se quedó con el salón, los pastos para el ganado, el burdel, los accesos al agua, las minas y los periódicos. Los indios exploradores dejaron de ser necesarios. Volvió el juez Lynch. Ahorcó a Ceacescu, Milósevic, Sadam, Najibulá, Gadafi, y algunos jefes de estado más.

Se plantaron, los vencedores, como antes Napoleón, en la catedral de san Basilio. Aterrizaron, con una avioneta alemana, delante de la momia de Lenin para regalar biblias, vender hamburguesas (filetes rusos) y contactar con la mafia local, interlocutora para negocios inminentes. Como Hitler tenían Moscú al alcance de su mano.

El anticomunismo, no el capitalismo, levantó la bandera de la victoria en ciudades como Varsovia, Tirana, Kiev, Tallin o Bujará, y en todos aquellos estados, regiones, países, o como se llamen esas manchas de colores que se mueven en los mapas, que jugaban a las revoluciones naranjas, magentas, o fucsias, de inspiración y transpiración virginiana.

El anticomunismo abrió madrazas coránicas arrojadizas contra los soviéticos, fomentó y pagó muyahidines, pactó y negoció, nobleza obliga, con los grupos de poder más despreciables del planeta; señores de la guerra, dictadores, mafiosos. Todo vale cuando lo que está en juego es la libertad duradera o la justicia infinita.

Desacreditado, vencido, cautivo y desarmado el ejército rojo, terminada la función con un borracho, ex miembro del politburó, subido a un tanque componiendo un plano mundialmente televisable, cinco minutos antes de prohibir el PCUS, alguien hubiera podido proclamar eso tan bonito, y a la vez terrible, de “la guerra ha terminado”. De eso nada. La guerra, fría, caliente o templada, como la liga, no termina nunca.

Ahora se ve, demasiado tarde para unas cuantas generaciones, la trampa del check Point Charlie. A un lado el comunismo, al otro el anticomunismo, el capitalismo en los dos; próxima parada China.

Si el anticapitalismo, un batiburrillo, como el anticomunismo granítico, no actúa más que a la contra, trabaja sólo en función de su adversario, y no se transforma, como probablemente esté haciendo, en alguna proposición que supere el “anti”, que desvirtúa cualquier “pro”, acabará mimetizándose con el enemigo.

Comunistas y socialdemócratas han gobernado países, muchos, en todo el mundo, a lo largo de un siglo. Sus lógicas, dictadas por el termostato de la guerra, han sido barridas por el militarismo y el dólar. No se trata de quetuvieran más o menos razón, mejores o peores argumentos, sino de cuantos monstruos creó el sueño para acabar en cascotes y volver a la casilla de partida. Querían el poder, opción legítima. Lo tomaron. Ellos sabrían que hacer con él. Se equivocaron, el poder supo que hacer con ellos.

La revolución rusa, o la cubana, acabar con el zarismo, o Batista, era necesario. Encarcelar o ejecutar opositores, anarquistas, socialistas, demócratas o comunistas disidentes, no. Eso era, lo diga quien lo diga y como lo diga, un crimen.

La socialdemocracia europea que lloró, con razón, por Hungría y Checoslovaquia, abandonó a su suerte, mala, a Portugal, Grecia y España, monedas de cambio, tornas. La otan resultó innegociable. La libertad estaba a este lado. Lo sabían muy bien los presos de la modelo, los agarrotados, los fusilados. Vendieron la sumisión como pragmatismo. Puede que hasta ellos mismos creyeran que era tacticismo posibilista inteligente negociar bases militares a cambio de condenas de muerte, llevar el anticomunismo en la bandera.

Los anarquistas, los comunistas libertarios, nunca han gobernado, ni han querido, en ningún sitio. Han sido perseguidos en todas partes por estos y por los otros. Hoy día, caído el telón, con los restos de la ortodoxia comunista humeantes aún y con la socialdemocracia comatosa buscando la brújula, la calle, la gente, recurre a las asambleas, libres y abiertas, en las plazas. Conscientes o no, doloridos, acuden a la receta libertaria. Tiempos de descompresión anarquista. Insumisión, deconstrucción, decrecimiento, internacionalismo, autogestión, apoyo mutuo, federalismo, pacifismo, tierra y libertad. Libertad, libertades, libertarias y libertarios. O, mejor, que cada uno lo llame como le parezca.

Abel Ortiz

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