¿Repetirá la izquierda su traición de la transición?

El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid
Rafael Cid

Entre la situación político social actual y la de España en el año 75 hay tantas coincidencias que resulta inevitable establecer algunas consideraciones. Sobre todo porque aquella gran ilusión que despertaba el ocaso del franquismo en los sectores sociales más castigados por la dictadura se vio brutalmente frustrada por la traición de la oposición. Una izquierda que, lejos de aprovechar la profunda deslegitimación de la dictadura para ir hacia la ruptura, aceptó negociar con los albaceas del régimen a cambio de hacerse un sitio en el nuevo sistema. De ahí que un mínimo de coherencia histórica haga necesario preguntarse si aquella capitulación por cooptación de la transición podría repetirse en la actualidad. Y ya anticipo que mi respuesta es rotundamente sí. Es más, estimo que incluso se detectan signos de esa rendición.

Los puntos comunes entre ambas etapas son sospechosamente capicúas, por activa y por pasiva. Veamos. En 1978, año de la proclamación de la Constitución que oficialmente inaugura la nueva era, la izquierda venía de una primera y sorprendente derrota electoral en los pre-democráticos comicios de 1977; el país atravesaba por un espasmo energético que amenazaba el ciclo productivo y empresarial; la monarquía impuesta por Franco buscaba blanquearse ante la sociedad y los poderes fácticos habían puesto en marcha una campaña de miedo al cambio para evitar su derrocamiento. El fatal resultado es sabido: rechazo de la república; aceptación del marco económico a través de los Pactos de La Moncloa; abandono del pueblo saharaui a su suerte y proscripción de los militares de la UCD que luchaban por la instauración de la democracia.

Eso fue hace 33 años. Ahora, dos generaciones por medio, se presenta otra gran oportunidad de construir una verdadera democracia política, económica y social, y además de generar en el resto de Europa, canibalizada por el mismo virus del mercantilismo sin alma, un efecto llamada que haga del viejo continente el espacio de libertad, derechos, igualdad y sostenibilidad que sus ciudadanos legítimamente ambicionan. El movimiento 15-M, surgido en esa España devastada por la lógica neoliberal de los partidos hegemónicos de diestra y siniestra, dinásticos todos ellos, es nuestra gran contribución global como pueblo a la historia de la dignidad. Tras la guerra de 1936-1939, que supuso la primera derrota del naciente nazi-fascismo en el mundo, testimoniando al mismo tiempo la posibilidad de un proyecto revolucionario cuando la ciudadanía actúa unida, nunca hasta ahora se había logrado tanto.

Vivimos tiempos políticamente ensimismados. De nuevo se observan idénticas constantes vitales entre el ayer perdido y el hoy por construir. Tenemos una izquierda a punto de colapsar para haberse enajenado el favor de la gente con su entrega al mundo de los negocios; una monarquía en sus horas más bajas necesitada de sangre nueva para reciclarse; una crisis del modelo económico de carácter terminal y una nueva advertencia de descenso a los infiernos por parte del statu quo si no se aceptan sin rechistar las reformas reaccionarios y antidemocráticas que los mercados han dictado a la oligarquía partidista como tabla de salvación del gran capital. Estamos, en suma, ante uno de esos momentos históricos que sólo suelen presentarse una vez en el siglo.

Pero lo que vemos a nuestro alrededor y lo que intuimos por la experiencia recibida no nos hace ser optimistas. El fantasma de la traición de la izquierda, repitiendo la fórmula-trampa de la transición, corroe todas las expectativas. Existen razones para sospechar que el PSOE, después de haber creado las condiciones legales para la entrega del país a los mercados financieros, después el 20-N tratará de ponerse al frente de la manifestación para emprender un proceso de cambio de imagen y así evitar desintegrarse como UCD. Existen razones para temer que ese plan oculto, facturado con la inteligencia del calamar, cuente con el apoyo de los dos grandes sindicatos, CCOO y UGT, que han sido pilares del colapso social llevado a cabo por el Gobierno socialista al dejar en puro simulacro su rechazo a las letales contrarreformas. Existen razones para creer que la renovada Izquierda Unida (IU), tras clamar contra el bipartidismo y el gobierno en la campaña, puede instalarse de nuevo como asistente necesario y compañero de viaje del partido socialista (de pronto El País y Publico publicitan generosamente las expectativas electorales de IU) para crear la ficción de un frente rojo que, como entonces, no pasará de una pinza de intereses, con pago en especies para sus líderes cuando, según la tradición, pasen a dinamizar los cuadros del PSOE por aquello de la realpolitik (la versión en escaño del predicado voto útil). Y, en fin, existen razones sobradas para dar por hecho que los poderes fácticos, las instituciones, la clase dominante, el mundo del dinero y las cancillerías occidentales conspiraran lo indecible para frustrar la posibilidad de esa gran rectificación que lleve a la sociedad española a su auto-de-terminación

Pero así y todo, aún nos queda una baza por jugar. Porque el hecho diferencial entre 1975 y 2011 es la irrupción del movimiento de los indignados y la extensión de la crisis con sus efectos devastadores a corto, medio y largo plazo. Por eso, PSOE e IU (PCE) se han consignado para asediarlo, tratando de infiltrarlo y desviarlo de sus planteamientos de rechazo democrático y pacífico al sistema, con la golosina de la eficacia y ofreciendo hacer carrera política en sus filas a cuantos se dejen seducir por la golosina partidaria. Del 15-M y de los sectores alternativos, movimientos sociales y sindicatos horizontales depende que esta vez el pueblo español se libre de las cadenas (materiales y audiovisuales) y emprenda el camino sin retorno de la autodeterminación. Los partidos del orden y sus afluentes son el desorden establecido; el 15-M es la apuesta por la dignidad y la democracia sin adjetivos. El 20-N no puede ser un fin en sí mismo. Las elecciones sólo indican el momento en que los gobiernos decretan la disolución del pueblo cumpliendo el mandato para el que ha sido puestos por los mercados. ¡No nos representan!

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