Periodistas mosqueados

Abelardo Muñoz

Abelardo Muñoz
Abelardo Muñoz

Cuando mi viejo, con toda su mala voluntad y rencor de perdedor republicano ante el fascio en 1939, me puso en las manos, allá por los 60, El Estado y la revolución de Lenín (al tiempo que me compraba el single Twist and shouth de Beatles)no sospechaba el monstruo ideológico que creaba. A mis tiernos 18 años, nacido en el seno de la pequeña burguesía liberal, me creí un guerrero bolchevique para luchar por los desposeídos de este mundo.

Lo malo del asunto es que lo sigo siendo medio siglo casi después. Me hice periodista porque siempre pensé que era un oficio de rebelión; de lucha contra las mentiras de los poderosos. Asimismo pensé que como Abd El Krim, Larra, Gabo García Márquez, Hemingway, Orwell, Greene, o José Martí, por nombrar tan sólo a un puñado de maestros, el reportero era elemento esencial de la revolución social y además formaba parte de una élite ilustrada que tenía la cultura, el conocimiento y el arte de la literatura popular como algo esencial de su trabajo.

Con el tiempo comprendí el error. Un periodista del siglo XXI es un funcionario del estado más. Una especie de papagayo que, metido en una jaula de soberbia entre otros muchos, se miran los unos a los otros con la esperanza de chafarse sin piedad. Pura mierda cómplice del poder.

Ese desengaño sentimental que vivo tras tres décadas de oficio no me ha quitado ni un ápice de profesión. Pero estoy dándole vueltas a montar una asociación de periodistas cabreados.

Además he comprendido lo que pontificó Gabo, el colombiano, a la perfección, el periodismo es una forma más de la literatura. Con eso me basta. Nada de desanimarse colegas, a seguir haciendo el cabrón cubriendo mítines políticos del apestoso bipartidismo hispano, pero guardando en el fondo de la pluma el estilete de la revuelta. El espolón revolucionario del amigo Lenín.

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