Dejad que Grecia quiebre en paz

Alberto Montero

El futuro de Grecia se decide por videoconferencia. Los representantes de la troika (la UE, el BCE y el FMI) ni siquiera han tenido la deferencia de desplazarse hasta Atenas para negociar la siguiente entrega de 8 mil millones de euros del plan de rescate europeo y sin los cuales, como ya ha anunciado el gobierno griego, no podrán pagar ni el salario de los funcionarios públicos ni las pensiones del mes de octubre. Es decir, de lo que se está hablando es del pan de los trabajadores y pensionistas griegos; todo el resto es retórica. Un pan sobre el que, por cierto, hace apenas 15 días el gobierno griego decidió subir el IVA desde el 13 al 25 % haciéndolo cada vez más inaccesible.

Mientras tanto, los mercados, cumpliendo su papel de coreutas en este drama griego, ya han hablado: ¡Grecia va a quebrar! Así lo afirmaba esta mañana la agencia Fitch y así lo corrobora el nivel al que se encuentran el precio de los CDS (seguros frente a impago de deuda soberana) y que descuentan una posibilidad de impago del 99.9%. Y es que, si algo hemos aprendido en esta crisis, es lo tramposas que son las agencias de calificación y como son capaces de hacer cumplir sus profecías pastoreando en uno u otro sentido a las manadas de especuladores sedientos de ganancia.

Sin embargo, no son esos los únicos que andan como vampiros tratando de extraer de Grecia hasta la última gota de la ambrosía que hubieran podido dejar sus dioses. La propia troika anda a la rapiña. No contenta con que los planes de ajuste hayan elevado un 36% el desempleo en el último año llevándolo hasta el 16,3% de la población activa; no contenta con haber empeorado las expectativas de crecimiento de la economía griega haciendo que este año el PIB se contraiga en un 5,5%, quiere dar una nueva vuelta de tuerca sobre Grecia.

Ahora pide abiertamente que se despidan a más de cien mil funcionarios y se recorte o congele el sueldo de los restantes; que aumenten los impuestos sobre el gasóleo de calefacción (precisamente cuando llega el invierno); que se cierren las instituciones públicas que pierdan dinero (¿entrará ahí también el ejército y la policía? ¿o sólo piensan en hospitales y escuelas?); que se recorte el gasto sanitario o que se aceleren las privatizaciones de todo lo público rentable.

¿Y todo para qué? Pues simplemente para que los bancos franceses y alemanes no tengan que asumir el coste de los riesgos que contrajeron cuando se dedicaron a rentabilizar sus fondos prestando a diestro y siniestro en aquel país.

Sin embargo, nada se habla de cómo recuperar la economía griega tras esta debacle; de cómo preservar el bienestar de sus ciudadanos, más bien lo contrario; de cómo evitar que, si alguna vez llega a superarse esta crisis, la Unión Monetaria no sea una máquina de succionar el excedente desde los países periféricos hacia los países centrales, como ha venido ocurriendo hasta ahora.

¿Salvar a Grecia? ¿Para qué? Mejor dejar que quiebre en paz. Al menos así algo aprenderían en carne propia algunos banqueros.

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