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Desafección política con participación electoral: coces en el aguijón

El Vaivén de Rafael Cid

<<Yo no quiero cambiar la humanidad, quiero que la humanidad cambie>>

(Cornelius Castoriadis)

La desafección política, el desprecio hacia las instituciones, es una realidad patente en las sociedades postmodernas que aún se pregonan democráticas. Seguramente por esa inercia que ha llevado a considerar el Estado de Derecho y la Constitución como su emulsión natural, aunque no existe evidencia de que eso por sí solo garantice la salud democrática. Sin embargo, el abismo de desconfianza abierto entre gobernantes y gobernados no suele llegar a traducirse en colapso del sistema. El modelo mantiene un notable nivel de resiliencia aparentemente ajeno a las turbulencias que bullen en su seno. Cada convocatoria electoral legalmente sancionada, aun con las fuerzas ganadoras lejos de alcanzar un quorum mínimamente legitimador, se ofrece como prueba de su mala salud de hierro. En una palabra: una vez cerradas las urnas, la raquítica participación electoral se esgrime como aval de mandato popular en flagrante contradicción a lo que la pertinaz desafección demuestra. 

La desafección política ha alcanzado la categoría mórbida en el arranque de este siglo XXI, que venía a coronar un mundo unipolar preñado de revoluciones tecnológicas. Pero superó el punto de no retorno impulsado por la crisis financiera de 2008 y la pandemia del coronavirus del 2020. Dos impactos globales que modificaron bruscamente el adn vivencial de unas comunidades acostumbradas a que los cambios transformadores fueran homeopáticos, reduciendo al mínimo sus efectos perturbadores al dilatarse en el tiempo. Asimilar que en el curso de una misma generación la gente tenía que adaptarse a otras reglas del juego, era mucho más traumático que la <<destrucción creadora>> con que Joseph Schumpeter caracterizara la esencia del capitalismo. Un genocidio demográfico en diferido era lo que implicaba la jeremiaca sentencia <<las nuevas generaciones están condenadas a vivir peor que sus padres>>.

Por primera vez en la historia, los nacidos no llegaban con un pan bajo el brazo sino con una condena. El progreso carecía de proyecto y las metástasis de esa maldición bíblica corrían como la pólvora por los intersticios sociales. A la exigencia de resignación se sumaba una especie de sálvese quien pueda. Pero ni se puede poner puertas al campo ni las sociedades se suicidan. Esa nueva hegemonía ha derivado en una disrupción ciudadana generalizada, con nuevos roles en sectores y espacios hasta ahora baldíos. Una arquitectura institucional que solo conserva de la tradicional su decorado, sin más sentido ni sustancia, pero que mantiene cierto pedaleo vital porque la política tiene horror al vacío. El Estado de Derecho convertido en Estado de Leyes y la Democracia en Votocracia son las nuevas herramientas del poder para mantener un simulacro político que permita la ficción de cohesión entre gobernantes y gobernados; dirigentes y dirigidos; explotados y explotadores; trabajadores y desempleados; pudientes y vulnerables. Bajo el soporte de un status panóptico, la flexiseguridad, la economía de la atención y la Inteligencia Artificial, ensayadas con mérito en el universo productivo, se hacen normas de obligado cumplimiento virales por el proselitismo de las redes sociales.

La pregunta que cabe hacer es cómo ha sido posible que esta gangrena no haya derivado en una revolución social como en otras etapas de la historia. Los motivos, implícitos o explícitos, son diversos, distintos y distantes. Pero una explicación nada despreciable es la que aporta Zygmunt Baumen señalando al cambio operado en la naturaleza de la ciudadanía postmoderna. Apunta este autor que la ataraxia de que hacen gala los perdedores de la crisis global tiene mucho que ver con que a menudo ellos mismos son parte del problema. Que su pasividad radica en que, al margen de lo que ocurriera en el pasado, los afectados de hoy sienten que ellos también tienen algo que perder. Son rehenes de su doble condición de productores y consumidores. <<Los consumidores deben ser guiados por normas estéticas, no por nomas éticas […] La estética del consumo gobierna hoy donde antes lo hacia la ética del trabajo>> asegura en su libro Trabajo, consumismo y nuevos pobres.

En línea con el concepto <<corrupción del carácter>> innovado por su colega Richard Sennett, el sociólogo alemán estima que la actual primacía del gen consumista respecto a la herencia del <<homo faber>> ha modificado radicalmente las bases mentales del contrato social. << La experiencia que me enseña a vivir>>, propia de la ética del trabajo, sostiene Baumann, sucumbe ante <<la vivencia de las cosas por las que atravieso a lo largo de la vida>>, característica del goce consumista. En la actualidad es frecuente encontrar trabajadores pobres, pero a la vez consumidores subsidiados y miembros activos del cuerpo electoral. Esta creativa incongruencia, concretada en la ausencia de una participación política protagonista y responsable, ha constituido el plano inclinado que ha facilitado el tránsito desde la experiencia vivida a la simple vivencia representada. Amputación democrática que el Manifiesto de 1866 de la Primera Internacional de Trabajadores (AIT) debió presagiar cuando dejó inscrito en sus estatutos :<<No más deberes sin derechos ni más derechos sin deberes>>.

El desmantelamiento del Estado de Bienestar, parteaguas de la crisis abierta ahora en canal, ha sido el escenario propicio para la eclosión de la paradójica nueva normalidad. Son precisamente las masas trabajadoras, base y bastión de la izquierda clásica, las que están liderando el vuelco respaldando con su voto a las opciones ultras que en el pasado combatían. Socialdemócratas y conservadores no han sabido comprender que estaban inmersos en una crisis existencial, y su respuesta levantando un cordón sanitario frente al populismo rampante, sin otras medidas de calado, no ha servido más que para dilatar el desenlace. La sufrida clase proletaria, ahormada en la disciplina cuartelera, el seguidismo ciego y el culto al partido-guía, solo ha tenido que cambiar de bando para reconocer su causa en otros espacios políticos. Aquel <<teníamos razón por motivos equivocados>>, con que el dirigente comunista Arthur Koestler exorcizaba su pasado estalinista, podría estar teniendo allí una segunda oportunidad en un vientre de alquiler.

Frente a esto, y en sus antípodas ideológicas, persiste una izquierda gubernamental que predica manos libres para salvarnos de la amenaza ultra. No promueve mayores valores democráticos, ni el espíritu crítico, ni una transparencia política que vigorice la excelencia ética de sus proclamas. Da por hecho que ella lleva de serie esa supremacía moral, y que sus acciones tienen un objetivo trascendente que justifica la obediencia debida. Corrupción a puñados en su entorno más directo; ocupación de las instituciones y empresas públicas con comisarios políticos; la mentira indiscriminada como arma dialéctica, toda una batería de acciones y medidas para bunkerizarse en el poder y así sortear la amenaza de desahucio en ciernes. Actitudes que, en su mayoría, tienen la misma raíz antidemocrática, paternalista y hasta despótica que las que propagan con éxito sus antagonistas. La diferencia más notable está en su indecente reclamación de suspensión de juicio para permitir su alto desempeño sin interferencias. Aunque en la práctica lo que hace sea contribuir al embrutecimiento de la sociedad civil y facilitar la llegada de los bárbaros. Un péndulo acunado por episodios alimenticios como el resignado <<más vale lo malo conocido>>. Un pudridero para una democracia convertida en una <<superstición de la estadística>, según la percepción de Jorge Luis Borges, en lectura poética de la Ley del número de Ricardo Mella.

(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de noviembre de Rojo y Negro)

Rafael Cid

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