Rubén Morvolution — Trabajador industrial
Sobre la centralidad histórica de la huelga y las posibilidades de articulación entre las luchas laborales y por la vivienda.
El artículo El movimiento de vivienda ante su Rubicón, de Alfredo Apilánez, plantea un debate que considero necesario. La crisis de acceso a la vivienda, las limitaciones de las organizaciones sindicales y la relación entre las reivindicaciones inmediatas y la transformación social son cuestiones que no podemos eludir.
Comparto la preocupación por el riesgo de que los movimientos sociales terminen subordinados a las instituciones, atrapados en calendarios electorales o limitados a reclamar reformas que no alteren las relaciones de poder existentes. Sin embargo, discrepo de la orientación estratégica que se desprende del artículo, especialmente cuando contrapone las posibilidades de la huelga general a la construcción de espacios autogestionados y experiencias de okupación.
La cuestión fundamental, a mi entender, no consiste en determinar qué práctica expresa una mayor radicalidad, sino qué instrumentos permiten a la clase trabajadora desarrollar una capacidad colectiva de intervención y transformación social. Desde esa perspectiva, considero necesario reivindicar la centralidad histórica de la huelga, sin convertirla en un fin en sí mismo.
La huelga no es el objetivo
Una huelga no constituye por sí sola una revolución, ni garantiza una victoria o una mayor conciencia de clase. Puede limitarse a una reivindicación salarial, quedar reducida a una convocatoria testimonial o agotarse sin producir cambios organizativos duraderos. Pero reducir su significado a los resultados inmediatos o a las concesiones que pueda arrancar al Estado supone dejar fuera una dimensión fundamental de la historia del movimiento obrero.
La huelga ha sido uno de los instrumentos mediante los cuales la clase trabajadora ha aprendido a reconocerse como fuerza colectiva. Su importancia no reside únicamente en detener temporalmente la producción, sino en la posibilidad de que quienes sostienen la actividad económica descubran, mediante su propia experiencia, la capacidad que poseen cuando actúan conjuntamente.
La preparación de una huelga exige relaciones, organización, discusión de objetivos, construcción de solidaridades y toma de decisiones. Durante el conflicto pueden aparecer nuevas formas de cooperación que, posteriormente, se mantengan, amplíen o desaparezcan. Nada de ello está garantizado, pero precisamente por eso la huelga debe entenderse como un medio dentro de un proceso de organización y lucha, no como un acontecimiento que contenga por sí mismo la transformación social.
Confundir el instrumento con su finalidad sería tan equivocado como descartarlo porque una convocatoria concreta no reúna las condiciones necesarias para alcanzar todos sus objetivos.
La centralidad del trabajo no ha desaparecido
Para comprender la importancia de la huelga en la actualidad, debemos abandonar la idea de que la clase trabajadora se limita al proletariado industrial tradicional. El mundo del trabajo ha cambiado profundamente y, con él, la composición de la propia clase trabajadora.
Hoy, la actividad económica depende tanto de la industria como del transporte, la logística, los servicios y los cuidados, entre otros sectores. Aunque las condiciones laborales y las posibilidades de organizarse son muy diferentes, todos ellos forman parte de una sociedad que continúa dependiendo del trabajo humano para funcionar. Por eso, la diversidad de la clase trabajadora no elimina su importancia ni la capacidad de la huelga para convertirse en un instrumento de lucha colectiva.
En un artículo anterior, reflexionaba sobre la recomposición de clase y la crisis de la sociedad de propietarios, planteaba que la pérdida de determinadas seguridades patrimoniales puede modificar las identidades sociales de sectores asalariados que tradicionalmente se reconocían como clases medias.
Muchos de esos sectores ya dependían de vender su fuerza de trabajo. Lo que cambia no es necesariamente su posición objetiva, sino sus expectativas de estabilidad y la forma en que comprenden su relación con el conjunto de la sociedad. Que una parte de la clase trabajadora posea una vivienda no elimina automáticamente su dependencia salarial, del mismo modo que las diferencias patrimoniales, las contradicciones internas o las orientaciones políticas reaccionarias no permiten concluir que la clase haya perdido toda posibilidad de constituirse como sujeto colectivo.
La clase no es una unidad política previamente dada: su constitución depende de experiencias históricas de conflicto, organización y solidaridad. En ese proceso, la huelga continúa siendo uno de los instrumentos capaces de intervenir directamente sobre las relaciones materiales que sostienen el capitalismo.
La okupación y sus límites como estrategia general
La okupación ha desempeñado funciones diferentes dentro de los movimientos sociales. Puede responder a una necesidad habitacional inmediata, recuperar inmuebles sin uso social o proporcionar espacios para desarrollar actividades colectivas, redes de apoyo mutuo y experiencias autogestionarias. Negar esas posibilidades sería desconocer una parte de la historia de los movimientos por la vivienda y de las prácticas libertarias.
Sin embargo, reconocer su utilidad no obliga a considerarla equivalente a la huelga en términos históricos o estratégicos. Mientras la okupación interviene principalmente sobre la propiedad y el uso de determinados espacios, la huelga permite interrumpir colectivamente el trabajo del que depende el funcionamiento de la economía. No son instrumentos incompatibles, pero tampoco intercambiables.
La ocupación de un edificio puede contribuir a satisfacer necesidades, organizar un barrio o cuestionar determinadas relaciones de propiedad. Sin embargo, la multiplicación de espacios autogestionados no implica necesariamente una transformación de las relaciones generales de producción y distribución. Existe el riesgo de confundir la ruptura inmediata con la legalidad de la propiedad con una ruptura efectiva de las relaciones sociales capitalistas.
Una acción puede ser radical en su forma y limitada en sus consecuencias, como también puede suceder con una huelga minoritaria, aislada o carente de continuidad. Por tanto, la cuestión no es establecer una jerarquía moral entre quienes hacen huelga y quienes okupan, sino examinar qué capacidad tiene cada experiencia para extender la organización colectiva más allá de sus protagonistas inmediatos.
La radicalidad de una práctica no debería medirse exclusivamente por su confrontación con la legalidad existente, sino también por su capacidad para transformar las relaciones sociales que pretende combatir.
Vivienda y trabajo: dimensiones de una misma realidad
La crisis de la vivienda muestra con especial claridad que la explotación y las condiciones de reproducción social no pueden analizarse por separado. El salario determina una parte fundamental de nuestras posibilidades de acceso a la vivienda y, a su vez, el alquiler o la hipoteca condicionan nuestras necesidades salariales, nuestra capacidad de ahorro y nuestras posibilidades de resistir situaciones de explotación laboral.
La vivienda no constituye, por tanto, un problema exterior a la lucha de clases, pero tampoco puede comprenderse únicamente como una cuestión de acceso individual a un inmueble. Las relaciones entre propietarios e inquilinos, el peso creciente del patrimonio heredado, la financiarización inmobiliaria y las desigualdades territoriales forman parte de una estructura económica más amplia.
Por eso resulta especialmente significativa la propuesta de la huelga por la vivienda del 11 de noviembre. Su interés no reside exclusivamente en la convocatoria de una jornada de paro, sino en la posibilidad de relacionar las organizaciones laborales con los sindicatos de inquilinas, las asambleas de barrio y otras experiencias de organización popular.
Esa articulación no exige que el movimiento de vivienda quede subordinado a las estructuras del sindicalismo laboral, ni requiere diluir las particularidades de cada conflicto en una plataforma que pretenda representarlos a todos. Las organizaciones pueden conservar su autonomía y, al mismo tiempo, reconocer objetivos compartidos y desarrollar instrumentos de cooperación.
La huelga puede convertirse así en un punto de encuentro entre experiencias que intervienen sobre aspectos diferentes de una misma realidad material, aunque esa posibilidad solo llegará a concretarse mediante las relaciones que sus participantes sean capaces de construir.
El 11N y la centralidad histórica de la huelga
No sabemos qué alcance tendrá la huelga del 11 de noviembre ni qué relaciones organizativas podrán desarrollarse a partir de ella. Sería equivocado anticipar su éxito simplemente porque relaciona las reivindicaciones laborales con la crisis de la vivienda, pero también sería precipitado descartarla por las limitaciones del sindicalismo existente o porque algunas de sus reivindicaciones se dirijan a las instituciones.
Reclamar medidas inmediatas no implica necesariamente aceptar que la transformación social deba quedar limitada a la acción estatal. La historia del movimiento obrero está atravesada por luchas que combinaron reivindicaciones concretas con procesos más amplios de organización, autonomía y confrontación social.
Desde esa perspectiva, el interés del 11N no debería medirse únicamente por el seguimiento de la jornada, sino también por los vínculos que puedan establecerse entre centros de trabajo, organizaciones por la vivienda y barrios, así como por su capacidad de continuidad.
El debate abierto por Alfredo Apilánez resulta útil porque obliga a reflexionar sobre los límites de nuestras propias herramientas. Sin embargo, considero que la crítica al sindicalismo institucional y a las huelgas reducidas a reivindicaciones inmediatas no debería conducirnos a cuestionar la centralidad histórica de la huelga como instrumento de lucha de clases. Del mismo modo, reconocer el valor de las experiencias autogestionarias no exige convertir la okupación o la construcción de espacios alternativos en una estrategia general de transformación social.
El capitalismo no se reproduce únicamente mediante la propiedad inmobiliaria, sino también a través de relaciones de producción, explotación, circulación y acumulación que atraviesan el conjunto de la sociedad. Transformarlas exige capacidades colectivas que no pueden reducirse a la existencia de espacios relativamente autónomos dentro de ellas.
La huelga no es la revolución, pero la capacidad de quienes sostienen la sociedad para detener colectivamente su actividad continúa siendo una expresión fundamental de su fuerza potencial.Esa fuerza necesita organización, aprendizaje y solidaridad para convertirse en capacidad de transformación.
Por eso, el objetivo no debería ser defender una herramienta por fidelidad a una tradición, sino contribuir a que la clase trabajadora contemporánea, diversa y fragmentada, pueda constituirse en un sujeto capaz de intervenir conscientemente sobre sus propias condiciones de existencia.
La huelga es un medio. La okupación también puede serlo. La emancipación social no consiste en perpetuar nuestros instrumentos de lucha, sino en desarrollar la capacidad colectiva necesaria para transformar las relaciones que los hicieron necesarios.














































