Rubén Morvolution — Trabajador industrial
Una reflexión desde la clase trabajadora sobre vivienda, proletarización y organización colectiva.
En 1957, el ministro franquista José Luis Arrese expresó una aspiración que marcaría profundamente la sociedad española: «Queremos un país de propietarios, no de proletarios».
Aquella frase sintetizaba algo más que una política de vivienda. Representaba un modelo de integración social en el que el trabajo asalariado, el acceso al consumo y la propiedad inmobiliaria debían proporcionar estabilidad económica y seguridad familiar.
Durante décadas, amplios sectores de la población trabajadora pudieron acceder a una vivienda en propiedad. La casa se convirtió en patrimonio, ahorro, garantía para la vejez y herencia para las siguientes generaciones. La seguridad material descansaba así, en buena medida, sobre la propiedad privada y la familia.
Pero ¿qué sucede cuando ese mecanismo comienza a fallar?
La crisis de la sociedad de propietarios
Hoy encontramos generaciones de trabajadores que, incluso con formación, empleo y salarios relativamente estables, no pueden acceder a una vivienda en las condiciones que conocieron sus padres.
El problema no es únicamente el encarecimiento de los alquileres o las hipotecas. Es la creciente distancia entre los ingresos del trabajo y la posibilidad de construir patrimonio.
La posición social depende cada vez más de lo que se hereda y no solamente de lo que se gana trabajando.
Esto nos lleva a una primera hipótesis: ¿estamos asistiendo al debilitamiento de uno de los principales mecanismos de integración de las clases medias en el capitalismo occidental?
No hablamos de la desaparición de las clases medias ni de su empobrecimiento uniforme. Hablamos de procesos contradictorios: mientras determinados sectores acumulan patrimonio inmobiliario, otros pierden la expectativa de acceder a él.
La división entre propietarios e inquilinos atraviesa incluso a la propia población asalariada. Un trabajador puede depender de su salario y, al mismo tiempo, obtener ingresos del alquiler de una vivienda heredada. Otro, con un salario similar, puede dedicar buena parte de sus ingresos a pagar ese alquiler.
Por tanto, la propiedad no solamente separa clases sociales: también introduce intereses contrapuestos dentro del mundo del trabajo.
¿Una nueva proletarización?
La segunda hipótesis surge de la anterior.
Si sectores que tradicionalmente se identificaban con las clases medias pierden seguridad patrimonial, autonomía residencial y expectativas de movilidad social, ¿puede producirse un acercamiento entre ellos y otros segmentos de la clase trabajadora?
Conviene precisar que muchos asalariados considerados de clase media ya son proletarios por su dependencia del salario. Lo que puede estar cambiando no es necesariamente su posición en las relaciones de producción, sino sus condiciones materiales de vida y su percepción de pertenencia social.
Y el proletariado contemporáneo no puede reducirse a la imagen del obrero industrial masculino del siglo XX.
La industria continúa siendo un espacio fundamental de producción y organización. Pero la clase trabajadora también está presente en la logística, los servicios, la agricultura, la sanidad, la educación, el trabajo doméstico y los cuidados.
Las mujeres, las personas migrantes y racializadas no son colectivos que debamos añadir desde fuera a una clase previamente constituida. Forman parte de ella, aunque ocupen posiciones diferentes y estén sometidas a desigualdades específicas.
También debemos considerar las crisis ecológicas. Catástrofes como la DANA valenciana de 2024 mostraron cómo la destrucción de viviendas, empleos e infraestructuras puede desbordar las redes familiares de protección y dar lugar a experiencias extraordinarias de apoyo mutuo.
Sin embargo, ni la precariedad ni la solidaridad espontánea producen automáticamente conciencia de clase.
La clase también se construye en la lucha
La historia del movimiento obrero nos enseña que las clases no son solamente categorías económicas. También se forman mediante experiencias compartidas, conflictos, organizaciones y culturas colectivas.
La crisis de acceso a la vivienda puede producir respuestas muy diferentes: competencia por la propiedad, dependencia familiar, resignación, solidaridad o movilización.
Probablemente todas ellas se desarrollen simultáneamente.
Por eso, una posible recomposición de clase no será el resultado mecánico del empeoramiento de las condiciones materiales.
Dependerá también de la capacidad de conectar luchas que hoy aparecen fragmentadas: salarios, vivienda, servicios públicos, cuidados, condiciones laborales y defensa del territorio.
Aquí la organización política y sindical puede desempeñar un papel importante: interpretar las transformaciones sociales, facilitar encuentros entre sectores diferentes y proporcionar herramientas para sostener la acción colectiva.
Pero orientar un proceso no debería significar sustituir a quienes lo protagonizan.
La propia movilización puede incorporar personas que nunca han participado en un sindicato o una asamblea. De esas experiencias pueden surgir nuevas identidades, organizaciones y formas de cooperación.
La cuestión es cómo articularlas sin anular su autonomía.
Sindicalismo, autonomía y confederación
La convocatoria de huelga general del 11 de noviembre introduce un elemento significativo: la conexión entre el conflicto por la vivienda y el mundo del trabajo.
La participación de UGT, CCOO, CGT, CNT y otras organizaciones sindicales, junto a los sindicatos de inquilinas, reúne tradiciones organizativas distintas alrededor de reivindicaciones compartidas.
Esa convergencia merece atención, pero no deberíamos confundir una convocatoria común con la existencia de un sujeto colectivo ya constituido.
Los sindicatos aportan implantación laboral, experiencia organizativa y capacidad de intervención en los centros de trabajo. Los movimientos de vivienda y las nuevas asambleas aportan experiencias territoriales y formas de organización surgidas de conflictos cotidianos.
Ninguno representa por sí solo toda la diversidad de la clase trabajadora.
Una posible recomposición podría adoptar formas híbridas: organizaciones sindicales existentes, nuevas asambleas de barrio y de trabajo, colectivos feministas, asociaciones migrantes y redes de apoyo mutuo que cooperen mediante relaciones autónomas y confederales.
No se trataría de imponer una identidad uniforme, sino de construir capacidad colectiva para actuar sobre intereses compartidos, reconociendo también las contradicciones internas.
La organización política tendría entonces una función fundamental: contribuir a que ese sujeto emergente disponga de instrumentos para dirigirse a sí mismo.
El 11N y lo que venga después
La huelga del 11 de noviembre plantea una pregunta que va mucho más allá de una jornada de paro: ¿pueden las luchas por las condiciones de vida volver a encontrarse con las luchas en los centros de trabajo?
La respuesta no dependerá únicamente del seguimiento de la convocatoria.
También habrá que observar si aparecen nuevas asambleas, si participan trabajadores y trabajadoras hasta ahora desorganizados, si se establecen vínculos duraderos entre barrios y empresas y si las organizaciones son capaces de cooperar respetando su autonomía.
La proximidad de las elecciones generales añade otra cuestión: la diferencia entre la expresión electoral del malestar social y la construcción de una capacidad organizativa independiente que pueda continuar después de las urnas.
La crisis de la sociedad de propietarios no garantiza la aparición de un nuevo sujeto proletario. Puede generar también fragmentación, repliegue individual y nuevas desigualdades.
Pero precisamente porque la historia no está escrita, la organización colectiva importa.
El 11N puede permitir comprobar hasta qué punto comienzan a encontrarse sectores que hasta ahora han afrontado sus problemas por separado.
Quizá la cuestión histórica que se abre no sea únicamente cómo recuperar el acceso a la propiedad, sino cómo construir una seguridad material que no dependa exclusivamente del patrimonio familiar.
Porque una sociedad en la que trabajar ya no garantiza acceder a una vivienda obliga a preguntarse no solo cómo se distribuye la riqueza, sino también cómo se organiza la vida y quién tiene capacidad para decidir sobre ella.
Y porque el desafío de una posible recomposición de clase no consiste simplemente en sumar organizaciones o movilizaciones, sino en que de las luchas surja una capacidad colectiva nueva, autónoma y duradera.
El 11N será una jornada. Lo verdaderamente importante será lo que seamos capaces de comprender y construir a partir de ella.
Artículo de opinión firmado a título personal.
Rubén Morvolution — Trabajador industrial.












































