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Pedro Sánchez y el 8º pasajero (Vox mediante)

El Vaivén de Rafael Cid

<<Todas las familias felices son felices de la misma manera; las familias desgraciadas son desgraciadas cada una a su manera>>

(León Tolstói, Ana Karenina).

Otra vez la misma historia. Ahora en Chile, una de las sociedades del Cono Sur más parecida a la nuestra. La extrema derecha ha arrasado en las elecciones presidenciales. La gente de aquel país, y de forma mayoritaria la clase trabajadora, ha encumbrado a la vertical del poder a un hooligan ultramontano. De arriba abajo, desde la base, gracias de la voluntad popular expresada en las urnas. Un político que se jacta del pasado criminal de Pinochet, el matarife de la experiencia democrática de Salvador Allende. Y ante eso, nuestros todólogos de cabecera en los medios de comunicación se rebozan en sus habituales jeremiadas. ¡Miedo!¡Horror! ¡Llanto y crujir de dientes!, lamentan histriónicamente cual coro de ranas. Analistas de últimas voluntades, inspectores de alcantarillas, exégetas de desenlaces. Ni una palabra sobre las causas originales que han cebado el efecto rebote, esa aberrante regresión. De eso, no saben, no contestan. No vaya a resultar que las pesquisas lleven a señalarles como parte del problema. Los actos, por acción u omisión, tienen consecuencias.  Salvo que esos millones de chilenos, como antes los italianos y los que están empujando en la misma dirección en Francia, Alemania o Portugal se hayan vuelto majaras y ambicionen encomendar sus vidas y haciendas a energúmenos sin escrúpulos. Produce bochorno recordar, como precedente de esta <<vía chilena>> a la extrema derecha, que la cuna de la neonazi Alternativa por Alemania (AfD) se focaliza en la antigua Alemania comunista, oficialmente República Democrática. La más alta expresión de la servidumbre voluntaria.

Aquí y ahora, en el patio nacional, también pintan bastión. Se ha comprobado en los recientes comicios de Extremadura, granero socialista durante casi cuatro décadas, con ese chupinazo de Vox que parece el preludio de futuros nuevos trofeos. Hablamos de la extrema derecha carpetovetónica que retiene la tercera posición en el ranking parlamentario y ahora amenaza con convertirse en el comodín imprescindible de futuros gobiernos autonómicos escoltando al Partido Popular. España en esto tampoco es diferente. Lo único es que, en nuestro caso, la involución utiliza el método braille. Frente a lo que hacen en Alemania o Francia, donde la concurrencia por el centro de conservadores y socialdemócratas está logrando contener el sorpasso facha, entre nosotros el avance imparable de Vox procede del esquema opuesto. El <<no es no>> de Pedro Sánchez en su bautismo institucional era un <<compromiso progresista>> para no pactar nunca con el PP. Exclusión a divinis que no solo negaba el cordón sanitario aplicado a trancas y barrancas por Macron y Merz, sino que convertía de facto a su adversario político en un enemigo a batir (en la lógica de lo teorizado por el filósofo neonazi Carl Schmitt). Con la consecuencia lógica de coronar a Vox como un partido antisistema y fagocitar entre la ciudadanía un antagonismo multiusos.

Ciertamente, Zamora no se ganó en una hora. Durante la primera legislatura, el gobierno de colación de izquierdas PSOE-Unidas Podemos explotó con habilidad la consigna de la <<alerta antifascista>>. Agitprop diseñado por Moncloa para desestabilizar a las fuerzas políticas discrepantes y movilizar a los propios para la contienda final. Desde el inicial <<trifachito>> hasta la última <<fachosfera>>, el muro levantado frente al PP cumplió su objetivo de estigmatizar a los de Génova 13, construyendo un incapacitante imaginario tándem Feijoo-Abascal. Con algunas incoherencias sobrevenidas, como aquella sonora abstención de todo el grupo parlamentario de Vox que permitió a Sánchez asumir en exclusiva la gestión de los golosos fondos europeos Next Generation. Bondadosa cesión que hizo declarar a la entonces vicepresidenta primera del Gobierno, Carlos Calvo, <<Vox ha demostrado sentido de Estado>>. 

Hasta que llegaron las elecciones autonómicas y generales de 2023, ganadas por los populares con detrimento en escaños para Vox, y se modificó el casting. Los luego abortados gobiernos y pactos del PP con Vox en las comunidades de Valencia, Castilla y León, Aragón, Murcia y Extremadura permitieron en un principio una rentable trazabilidad que les igualaba en una misma caverna, reforzando a trasmano la consabida doctrina admonitoria sanchista. Estrategia, por otro lado, malograda cuando los de Abascal dejaron en minoría a sus socios al no aceptar los de Feijoo algunas de sus exigencias en emigración, y devaluarse la coartada antifa del PSOE tras decidir Pedro Sánchez entregarse a la derecha extrema supremacista de Junts per Catalunya, el bastión de la oligarquía nacionalista. Rehén del cortoplacismo, este amancebamiento contra natura PSOE-JxCat dejaba en evidencia al Gobierno de coalición de izquierda (progresista) en su critica a una posible alianza PP-Vox dentro de la misma matriz ideológica.  Consejos vendo que para mí no tengo.

A partir de entonces, Carlos Puigdemont se convierte en el <<octavo pasajero>> de la expedición monclovita. Un Alien acogido en la nave Nostromo atendiendo a una señal de socorro que, como refiere la película de Ridley Scott, terminaría siendo letal para la tripulación. A costa de concesiones a los independentistas para garantizar su permanencia en el poder, Sánchez se abonó al peor mejor, engrandeciendo de soslayo la estela refractaria de Vox. Una opa política que debilitaría a los populares al propagar el trágala de que el partido de Feijoo y el de Abascal son lo mismo, obviando paternalistamente que la Galicia pepera es la única comunidad autónoma donde ha funcionado el cordón sanitario a Vox, otorgándole cero escaños en su parlamento. Copia y pega, mutatis mutandis, de la campaña emprendida por los comunistas alemanes en los años veinte del pasado siglo tildando a los miembros del partido socialdemócrata de socialfascistas. Llegados a ese punto de no retorno, se ha hecho materialmente imposible la salida de urgencia modelo del franco-alemán (una suerte de reciclado <<compromiso histórico>>) para frenar la embestida ultra. En lo sucesivo, la única opción será <<yo o el caos>>, en formato Trump-Putin. 

Asistimos a una voladura de puentes que solo ha podido consumarse con la complicidad suicida y las renuncias hechas irresponsablemente por sus compañeros de viaje de Unidas Podemos, primero, y del movimiento SUMAR, después. De ahí que, cuando los casos de corrupción que se siguen en los tribunales hagan colapsar al bunker gubernamental, lo predecible será que, en el imaginario social, el derrumbe arrastre a todo lo que suene o signifique izquierda. Amén de a cuantos colectivos satélites en el orden sindical, mediático e intelectual hayan contribuido a la puesta en escena de tamaña kermesse heroica. 

Por sus hechos los conoceréis. En el momento de cerrar esta edición, CCOO y UGT han llegado a un acuerdo con la dirección de Telefónica para aplicar un ERE a 4.539 trabajadores. Este despido masivo ahora consumado fue calificado de <<indecente por tratarse de una empresa con beneficios y participada públicamente>> por la ministra de Trabajo Yolanda Díaz en rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. Otra prueba más de las flagrantes contradicciones (ahí queda, por ejemplo, el abandono de la causa saharaui) de esa izquierda institucional que la extrema derecha aprovecha para ganar cuota en el incierto mercado electoral. Vox nació a la actividad política institucional en las elecciones andaluzas de 2018 con 12 escaños y 396.000 votos; en la actualidad, tras siete años de gobierno progresista, acapara 33 escaños y 3.057.000 votos en el Congreso de los Diputados, y según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) es el partido preferido entre electores de 18 a 44 años.

Tan abracadabrantes cacofonías llevan a referir lo que cuenta Rafael Chirbes en el último tomo de sus memorias. Refiere así el autor de Crematorio:<<El traductor de signos que contrataron para el funeral de Mandela era un impostor. La gente se sorprendía (los sordos, se supone) viendo sus aspavientos, no sabían qué hacía aquel señor tan serio, preguntaba a sus vecinos, no solo los sordos que acudieron al acto, también los sordos que estaban entre los cientos de millones de espectadores que seguían el funeral por televisión>>. 

(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de enero de Rojo y Negro)

Rafael Cid

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