La III Guerra Mundial, estúpidos

El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid
Rafael Cid
(Este artículo fue publicado hace ya dos años, el 26 de junio de 2009. Ahora, con la toma de Grecia por las fuerzas de ocupación de los mercados y la quinta columna de su propio Gobierno, puede interpretarse en tiempo real).

Sin que haya habido declaración formal de hostilidades, en cierta medida la tercera guerra mundial ha estallada ya. Incluso tiene sus protagonistas estelares, aunque algunos no lo sepan. Se trata de una guerra de clases, intestina y secreta, con un campo de batalla global y un referente ideológico mestizo. El conflicto ha sido desencadenado por el sistema financiero mundial, abarcando desde Washington a Pekín, de Madrid a Moscú. El nuevo Eje tiene su cuartel general entre los gobiernos de la democracia del dinero que planifican un holocausto económico con anestesia contra el mundo del trabajo y los ciudadanos de a pie, por más que estas víctimas preventivas aún desconozcan el calibre de la ofensiva en marcha. Los medios de persuasión de masas, controlados por el capital y los Estados subordinados, hacen posible que los primeros “raids” de los atacantes casi parezcan un paseo triunfal.

La reciente declaración de la Organización Mundial del Trabajo (OIT), reconociendo que hasta dentro de cinco o seis años las tasas mundiales de paro no bajarán, significa en la práctica estadística dejar sin medios materiales de existencia a cientos de millones de trabajadores, lanzar a la indigencia a otras tantas familias, un aumento insoportable de las desigualdades sociales y condenar al atraso y a la pobreza durante décadas a muchos países y regiones del mundo. Y puede que nos quedemos cortos, porque la masa lleva ya tiempo en el horno. En un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se mostraba que entre una niña que naciera hoy en Lesoto y otra japonesa, la esperanza de vida era 42 años a favor de la segunda. Eso si se evalúa la diferencia internacional. Pero lo que indica la venalidad de la moderna esclavitud está en el dato que aporta ese misma fuente referido a que un recién nacido en el municipio deprimido de Calton, suburbio de Glasgow, Reino Unido, y otro que venga al mundo en la lujosa localidad residencial de Lenzie, a pocos kilómetros de la anterior, hay un agujero negro de 28 años menos de vida contra el bebé de Calton.

Todo ello dentro de una bien planificada estrategia de asimilación, como si se tratara de una catástrofe natural de la que nadie se siente responsable, para que la resignación cale entre los afectados y contribuyan con su ejemplar y silente sacrificio a que se desarrollen los brotes verdes que han de reponer en sus posiciones de privilegio y poder a los verdaderos causantes de la criminal crisis. La tercera guerra mundial en marcha “gaseará” de la producción, según últimos datos de la Oficina Internacional del Trabajo (OIT), a más de 50 millones de personas de manera directa, elevando la cifra de paro global (gentes que han perdido su trabajo habitual en los últimos años) a 230 millones, lo que unido a esos 1.300 millones de seres que subsisten con un dólar al día, permite ponderar la verdadera dimensión de la tragedia en marcha. A mediados de los años 70 la cifra de paro en la Comunidad Europea era sólo del 3%, y en 1983 se alcanzó el máximo histórico en los 24 países que integraban la OCDE con 30 millones de desempleados.

La Segunda Guerra Mundial causó cerca de 60 millones de víctimas, y la Primera, que preñó el crac del 29, aproximadamente 15 millones. Muertos por conflictos armados y caídos por la guerra económica desencadenada por el capitalismo teocons para mantener sus ventajas, ¿son partidas homologables? La discusión parece estéril porque desubica la centralidad del problema al derivarlo a una taxonomía de bajas de primera o segunda división, cuando en última instancia lo que se contemplan son políticas de exterminio sobre la población civil, militarizada en la defensa de una idea de patria, en un caso, o diezmada en favor del fetiche bienestar, en el otro. Si se analiza sin prejuicios, tanto en los medios utilizados como en los fines pretendidos, una y otra actividad movilizadora representan maquinarias de destrucción masiva. O sea, programas para institucionalizar un nuevo paradigma de explotación, relanzar el desigual reparto de riqueza, arruinar la economía del adversario, apropiarse de sus recursos y en definitiva erigirse en clase dominante planetaria. La doctrina del pleno paro, que ha venido a sustituir a la falacia del pleno empleo, es el arte de hacer la guerra por otros medios.

Pero esta guerra soterrada tiene rasgos específicos. Y la diferencia sustancial hay que encontrarla en el giro irracional y devastador que se imprime a la economía cuando al disminuir la tasa de ganancia del capital se opta por una economía de guerra doméstica, que elimina al trabajador como factor humano. Probada su incapacidad para gestionar el mercado con rendimientos equitativos de todos sus factores, las corporaciones dominantes saquean lo público y optan como punto de fuga por un crecimiento sin empleo, habida cuenta que la estanflación, inflación sin crecimiento, supone una bomba de tiempo para sus intereses. El resultado es una economía que devora a sus hijos destruyendo empleo para crecer, una democracia sin demócratas, ciudades sin ciudadanos y personas sin humanidad. El último consejo de la OCDE para combatir la crisis es de una franqueza atroz: hay que dejar caer a las entidades pequeñas. Para las poderosas 500 corporaciones que dominan el mundo todo está permitido.

Los cinco o seis años que aventuran los gurús del capital financiero, que pueden ser diez y quince en cuanto asome una átomo de sinceridad, es el cálculo previsto para que la transferencia de rentas no ganadas de esos cientos de millones de nuevos parados que se verán obligados a sobrevivir casi de la caridad sirva para sanear los negocios de los ricos y que les permita volver a las tasas de acumulación de capital de que disfrutaban con sus fechorías financieras. Una expoliación tan dolorosa como necesaria, a decir de sus voceros mediáticos, políticos, sindicales e institucionales, si de verdad se quiere salir del crac y que todo vuelva a su bendita normalidad. Las bimillonarias transfusiones de euros, arrancadas al Tesoro Público, que bancos centrales y gobiernos donaron a los magnates al estallar la burbuja financiera fue calderilla consumida en los primeros auxilios, ahora se precisa atracar el fondo social imputado al trabajo.

De ahí que se haga urgente una vuelta de tuerca más. La irracionalidad económica realmente existente lo demanda. Hay millones de casas vacías en espera de dueño pero el dinero público que podría satisfacer esa necesidad comunicando oferta y demanda se utiliza para que los señores de la banca encubran sus trampas mafiosas. Se da una sobreoferta generalizada de todo tipo de productos, pero los precios de las mercancías no bajan más allá de lo que dicta el simulacro publicitario para no romper el mito del equilibrio del mercado. Hay millones de personas necesitadas de medicamentos vitales, pero los gobiernos permiten que la muerte tenga un precio antes que obligar a las farmacéuticas a paliar las pandemias pasadas, presentes y futuras. Existe un ejército de parados a nivel mundial, pero la clase dirigente como un sólo hombre interpreta que lo que nos interesa a todos es trabajar más años, por menos dinero, con prestaciones sociales más precarias, en vez de promover estrategias para repartir el trabajo, ganar en tiempo de ocio y cultura y moderar las desigualdades.

Todo esto y mucho más es posible porque el bando del Eje del Bien está férreamente unido bajo la divisa de sus intereses y privilegios y porque, tras años de fértil consenso, ha logrado que la izquierda nominal –política, sindical e intelectual- asuma sus señas de identidad para obtener parte del festín. Siempre ha sido más o menos así. La diferencia ha estado en que lo antes reclamaba el “top secret” y la historia escrita por los vencedores se encargaba de ratificar para la posteridad, ahora se instrumenta virtualmente con media docena de comunicadores bien entrenados en el arte de la lobotomización de masas. Las llamadas instituciones representativa reconocen sus intereses de clan antes que el clamor de los abajo perturbe sus delirios de grandeza. Como bien dicen los insurgentes del Comité Invisible (La insurrección que viene), “la crisis es una manera de gobernar”, porque “la economía es una política”.

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