<<El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma guerra>>
(Forges)
El Vaivén de Rafael Cid

El populismo ultra de extrema derecha, estereotipo de lo <<facha>>, aparece en muchos gobiernos donde antes el impulso electoral, un simulacro de participación ciudadana de abajo-arriba, estaba transitado por <<fuerzas progresistas>>. Parece como si la ley del péndulo político fuera el signo de estos tiempos. La entronización de un revisionismo histórico de ajuste de cuentas con el pasado inmediato. Uno tras otro, aquí y allá, las piezas del dominó institucional postulan a líderes autoritarios al frente de formaciones nacionalistas-identitarias. Un vendaval reaccionario y contrafáctico que ha sembrado la confusión y el temor en una parte de la sociedad comprometida con el cambio de avanzada. Y la última manifestación de ese transfuguismo histórico se ha producido en las elecciones del pasado 18 de mayo en Portugal, donde la ultra Chega ha desbancado al veterano Partido Socialista como líder de la oposición, convirtiéndose en la segunda fuerza parlamentaria al superar al PS dos escaños gracias al voto de la emigración.
Pero más allá de esas expresiones de alarma y crispación, los sectores afectados no emiten señales de vida inteligente que expliquen el cómo y el porqué del tsunami que les embarga. Nada más allá de algunos eslóganes espantapájaros esgrimidos como anatema-reclamo, que por manoseados incurren en una ineficacia decreciente. Un bumerán que se agota en automoribundia. Confirmándose una vez más que la realpolitik tiene miedo al vacío. Y que cuando lo único que se traduce desde los pulpitos oficiales es que lo que pasa es que no se sabe qué pasa, las jeremiadas pueden resultar funestas. Se mire por donde se mire, los actos tienen consecuencias. Prueba y error.
No hay nada más contraproducente y deshonesto intelectualmente que descalificar de entrada a esas crecientes masas electorales que ahora abrazan al populismo ultra como si de pronto hubieran sido abducidas por un extraño agente del mal. Son en buena medida las mismas bases sociales, clase obrera y trabajadora, que ayer suponían la principal plataforma electoral de los partidos de izquierda en la era del Estado de Bienestar, estatus que nunca fue tan idílico como se pontificaba. Un burladero que resistió hasta que, con la caída del Muro de Berlín, el mundo se reconfiguró monolíticamente capitalista, trasunto sobre el que el crac económico-financiero de 2008 hizo aflorar las metástasis del sistema. El nuevo ciclo se inauguró bajo la divisa <<no hay alternativa>>. Marco de referencia que, como el dantesco << ¡Abandonad toda esperanza! esperanza>>, anunciaba una época donde las nuevas generaciones vivirían peor que sus padres. El progreso involutivo en lo social mientras el terreno científico-técnico avanzada abrasivamente. Del tradicional ascensor social ya queda un desvencijado montacargas
La realidad es tozuda y, aunque se puede trastear a mucha gente durante poco tiempo y a poca gente durante mucho tiempo, lo que parece insostenible es soplar y sorber a la vez. En Europa los partidos comunistas y socialistas, cantera de la izquierda tradicional, actualmente están en franca retirada cuando no desaparecidos, y sus bases militantes son las que en buena medida nutren la galopada de la extrema derecha. Un fenómeno que, mutantis mutandis / ceteris paribus, podría explicar el éxito de los republicanos trumpistas en Estados Unidos a costa de demócratas y liberales. En la política institucional ocurre como con la energía, que ni se crea ni se destruye, únicamente se transforma. Son vasos comunicantes. Por eso resultan tan desafortunadas las estigmatizaciones sumarias que se lanzan contra esos millones de votantes <<tránsfugas>>. Ni en Francia, ni en Italia, ni en Alemania, ni en España, hay esa <<fachosfera>> multitudinaria que la inquina rivalista adjudica a estas corrientes populistas. Un tic supremacista que viene de atrás y de lejos. El franquismo solía achacar sus problemas existenciales a una conjura judeo-masónica-comunista.
En su libro La monarquía del miedo, la filósofa norteamericana Martha C. Nussbaum ha indagado sobre los factores determinantes del conflicto abierto en canal a partir de la irrupción del trumpismo. <<Los problemas que la globalización y la automatización crean a los estadounidenses de la clase trabajadora son reales, profundos y, en apariencia, tienen muy difícil remedio (…) muchas personas que sienten que su nivel de vida empeora pueden optar por echar la culpa de todo a “los malos” de la historia: si nosotros conseguimos que “ellos” no entren (construyendo un muro) o logramos ponerlos “en su lugar” (en puestos subordinados a los “nuestros”) “nosotros” podremos recuperar nuestro orgullo y en el caso de los hombres nuestras masculinidad>>. Esto para el flanco derecho, en el segmento electoral motivado por consignas identitarias de <<los nuestros, primero>>. El espacio electoral que sucumbe a la tentación de ver en el migrante un intruso social; en la ecología una barrera que hace peligrar su trabajo (agricultura, ganadería, etc.); y en la incorporación de la mujer en el ámbito profesional una desventaja competitiva. Aunque un malestar equivalente impregna también al otro bando militante que tensiona la polarización. Afirma esta autora al respecto: <<Al mismo tiempo, el miedo también se extiende desbocado entre personas de “izquierdas” que aspiran a una mayor igualdad social y económica, y a una protección enérgica de todos esos derechos de las mujeres y las minorías que tanto costó conquistas>>. Dos amenazas concurrentes habitualmente esgrimidas por las cúpulas de los partidos afectados y sus dirigentes para su arquitectura de dominio. En este sentido, censura Nussbam: <<En lugar de analizar la cuestión con seriedad y de escuchar los argumentos de la otra parte, tratando de comprender a fondo los diversos aspectos de la realidad, tienden a demonizar a nada menos que a la mitad del electorado estadounidense, calificando a estos votantes de monstruos y de enemigos de todo lo bueno>>. La antigua teoría de las dos orillas (rive droit/rive gauche) en un mundo unívocamente capitalista que las tendencias oligárquicas (la vertical del poder) que ya denunciara Robert Michels en los partidos impiden desenredar (levantar muros, no pasarán, etc.).
Ha habido momentos y circunstancias en que la sociedad civil activada, como el jilguero en la mina, mandó un S.O.S. alertando del inminente naufragio sin por eso recibir acuse de recibo desde las instituciones. Posiblemente porque la nomenklatura dirigente, en el afán de mantenerse en el poder caiga quien caiga ha ido desmantelando los mecanismos democráticos que permitirían remediar semejantes calamidades. Ese fue el mensaje implícito en la revuelta francesa de los chalecos amarillos y en las varias sacudidas de los 15-M que surgieron en el planeta tras el estallido de las primaveras árabes. Distantes pero no distintas, esas protestas eran un clamor popular, un ultimátum civilizatorio, un <<así no podemos seguir>>. En el caso de los chalecos amarillos, protagonizadas por los damnificados del sistema (asalariados y clase media rebajada), sin sesgo ideológico evidente, lo que trajo de cabeza a los taxidermistas de la cosa pública siempre prestos a rotular iniciativas que les descuadran. En el capítulo del quicemayismo, espoleadas sobre todo por una juventud sin futuro y un precariado laboral marginado por el sistema, los indignados habidos y por haber. Dos cuñas de la misma madera.
La suerte quedó definitivamente echada cuando los aludidos por la ola contestaria se empeñaron en buscar antecedentes por el espejo retrovisor de la historia. Que si fascistas, que si comunistas, un árbol genealógico que solo sirvió para aumentar su miopía fundacional. La alquimia política que alumbra aquí y ahora al populismo bifronte, de extrema derecha y de extrema izquierda, cuenta con ideólogos curtidos en el sincretismo proceloso. Comunistas de largo aliento como el francés Alain Badiou, que ha redescubierto para su causa al nazi Carl Schmitt y su definición del adversario como enemigo a batir. O el inclasificable Viktor Orban, quinta columna de Putin en la Unión Europea (UE), que tiene a Antonio Gramsci y su teoría de la hegemonía como mentor intelectual (hizo su tesis doctoral sobre el fundador del Partido Comunista Italiano). Tan singular hibridación ha dejado escapar algunas experiencias aberrantes, quizás inspiradas en las fórmulas totalitarias de los años veinte del siglo pasado, con un fondo de marxismo identitario (también participan de la tesis antiliberal del Estado de Derecho como emanación superestructural del poder económico y financiero). Ahí van dos perlas. Una, el manifiesto ¿Fascismo en Italia? Decreto dignidad (5 de septiembre de 2018) suscrito por los dirigentes de Izquierda Unida Héctor Illueca, Manuel Monereo y Julio Anguita en defensa de las políticas de Matteo Salvini, líder de la formación xenófoba Liga Norte (a Illueca ese lastre no le impidió llegar a ser vicepresidente de la Generalitat Valenciana). La otra interesa al antiguo neonazi Jorge Verstrynge, que de mentor de Unidas Podemos (UP) ha pasado a encuadrarse como nazbol, acrónico que compendia a una nueva estirpe ideológica que combina el nacionalismo con el bolchevismo.
Las nuevas sensibilidades político-ideológicas, más emocionales que racionales, se han acentuado con el impacto de la pandemia. La percepción generalizada de una cierta orfandad propició que mucha gente defraudada con el sistema se echara en manos de partidos identitarios y políticos salvapatrias que enarbolan la bandera del euroescepticismo, la antiglobalización y contra la democracia liberal al grito de <<los nuestros, primero>>. El problema es que enfrente, las formaciones de izquierda, en vez de elevar el grado de exigencia democrática, responden asumiendo algunas de las prerrogativas anti-inmigración de sus contrincantes; controlando las instituciones; quebrando la separación de poderes; gobernando al margen del parlamento (decretos leyes / ordenes ejecutivas); y banalizando los espacios de los medios de comunicación públicos para ampliar su base clientelar (el caso de TVE con espacios de la telebasura tipo Sálvame y sus mariachis). En suma, cavando su propia tumba y extendiendo una alfombra roja a sus potenciales sucesores iliberales. El fetichismo acrítico del Estado y su aparato reproductivo; el culto a la personalidad; y el autoritarismo operativo de los partidos comunistas del extinto Bloque del Este está en la base del rena(z)imiento de Alternativa por Alemania (AfD) que en solo doce años se ha convertido en la primera fuerza electoral desde su baluarte en la antigua RDA.
A pesar de todo, no somos nuestros errores, solo sus víctimas.
(Nota. Este artículo se ha publicado en el número Junio de Rojo y Negro)











































