Miércoles 20 de febrero de 2008, por
La versión sobre el asesinato de Guillaume Thery en Valladolid que han publicado los periódicos, electrónicos y de papel, se tambalea. El ABC, fundado por Luca de Tena, un exitoso industrial del jabón antes de pasarse al cuarto poder, publicó falsedades y propaló rumores malintencionados; el culpable sería un radical con piercing habitual de “Cantarranas”, fotografía exacta de los jóvenes que aparecen en las pesadillas del alcalde De la Riva llamándole facha mientras da el pregón, apuntando con sus culos acusadores al balcón del ayuntamiento. El País, la “referencia”, jugó exactamente a lo mismo y apuntaba, arbitrariamente, a los “Latin Kings”; pura fantasía. El Norte de Castilla certificaba la incineración de Guillaume tres días antes de que fuera enterrado. En numerosos foros de Internet se decía abiertamente, sin una sola fuente, que los asesinos eran gitanos. Ni uno de los datos, aparentemente objetivos, que se publicaron, resulto cierto. Todo lo que apuntara al evidente contenido xenófobo del ataque y a la más que probable participación de ultraderechistas se silenció. Un menor fue acusado y se entregó. El dice que es inocente. Los amigos de Guillaume, los mismos que dijeron a la prensa francesa que fueron atacados por skinheads, lo identificaron. La prensa española consideró el detalle insignificante y no lo publicó. No hay skinheads en Valladolid por la misma razón que no hay homosexuales en Irán. Lo dice el jefe y se acabó.
Una semana después otro menor ha sido expedientado y ha comparecido ante un juez. Le acompañaba su padre y está libre con cargos. Admite ser el dueño del machete con el que apuñalaron a Guillaume. Hay un dato importante, el menor es sobrino de un juez. De un juez que está en el caso. Lo publica el Mundo. El veneno en columnas y con anuncios de Pedro Jota el calvorota fue el más amarillento al vincular al primer menor detenido con un, según ellos, conocido clan familiar, “los kikos”, de quienes se publicaron truculentos detalles, totalmente ajenos a la cuestión. Veremos si se despelleja a los familiares del segundo acusado como se hizo con el primero. Veremos si se sigue con la fabulosa teoría de que eran gente de barrio, marginales. Un mal encuentro casual. Nada que ver con los chicos bien de la ciudad. Nada que ver con los tristemente célebres fachas pucelanos.
La marginalidad del sobrino de un juez entraría en el terreno de la novela psicológica. El magistrado se inhibirá o desaparecerá atacado por el “síndrome de Castellón”. La imagen de la ciudad, ya triste de por si, está en peligro. La sombra de Fachadolid es alargada. Hay que ocultar, como en Sicilia, como en Calabria, los crímenes de los alegres chicos de ultracentro. Menos mal que los periódicos, radios y televisiones, ponen todo de su parte para ayudar en la dura y nunca bien ponderada tarea de negar lo evidente.