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El trance

De cómo ponerse y disfrutar cuidando los detalles

divendres 12 de març de 2010, per  Ràdio Klara

BITACORA NARCÓTICA

(Una experiencia con música y drogas)

“Tan excelentes y eficaces drogas tenía la hija de Zeus, pues se las dio la egipcia Polidamna, esposa de Ton, cuya fecunda tierra produce numerosas drogas, saludables unas en su mezcla y otras nocivas”.

Homero

“La Odisea” citado por Heródoto en su libro Egipto el don del Nilo. Ed Cristian Carandell Maeva 2001


Primera parte

Deep night music

Sentado en mi cama, los cascos en los oídos, la boca abierta y la mirada fija en la actuación de Paul Simon en Zimbabwe tras la liberación negra. Canta Graceland y alucino. Podría pensar quien escrutara por la ventana que soy un esquizo colgado. Como esos freaks que miran la tele con una bolsa de chuchas en la mano.

Pero se equivocaría de pleno. El estado en que me hallo es consecuencia de una alimentación cerebral basada en dos factores muy serios: la electricidad y la química.

Las rítmicas voces negras, las guitarras, la armónica, conducen el ritmo que es el factor eléctrico, el blues y el rock; el factor químico es el clorhidrato que presiona las redes neuronales y las saca de quicio.

De los senderos ad hoc

Consecuencia de esa surrealista y creativa combinación de elementos, al principio se siente una especie de malestar, dolor de cabeza. A los cinco o diez minutos de la ingesta, el usuario debe disponer con decisión las rutas propicias para semejante viaje ancestral. Se trata entonces de organizar todos los elementos que te rodean en un decorado óptimo para el placer. Ya dependerá todo de los gustos y manías, ritos y tendencias del sujeto.

El uso de un alcaloide como estimulante de la alegría de vivir e inductor a la acción es quizás el más interesante, alejándose de su consumo social en bares y plazas, para estimular la empatía con los otros o combinar con alcohol, no interesa nada al esteta, artista o pensador.

El viaje musical

La música bella, la iluminación, la vibración interior marcan un camino a recorrer con precaución y naturalidad. Llega un punto del pasmo en el que la sensación de ganas de hacer meras se mudan en un viaje alucinatorio que es un trance. A diferencia de los espectáculos de culto afrocubano vividos por el que esto redacta, en los barrios negros y más pobres de Ciudad Habana, en donde el trance o baile vudú es intoxicación alcohólica mera, éste tiene la ventaja de ser lúcido, como el de un hongo o ácido lisérgico, pero si esa tensión anfetamínica del último y sin visiones caleidoscópicas.

Es entonces cuando el intoxicado puede evocar a partir de canciones, escritos o decorados, sensaciones, sentimientos o escenas más placenteras. El melómano que escucha cada canción como un recuerdo, disfruta de lo lindo. El tiempo se dilata – como sucede con todos los alcaloides de las drogas que la Naturaleza ha puesto en la madre tierra, y no importa; en ese trance, que recuerda de lejos las aventuras de Don Juan con el peyote en el desierto de Sonora, se vive el espacio de la habitación como una prolongación de sí mismo.

En el caso en que la experiencia sea solitaria. Aparece la misantropía y el sujeto rechaza cualquier contacto con el exterior. Toda vez que el vuelo es nocturno, la luz del día es un contratiempo que hay que asumir gradualmente. La luz es un elemento importante; jamás debe ser agresiva. A determinadas dosis, el estar “normal” muda en un estado de trance. Narcótico, místico y obsesivo y en personas frágiles de mente, paranoico o sicótico. La dilatación de la pupila provoca movimientos de luz alucinatorios pero muy escasos. Llegado un momento de la velada y tras la ingesta de un tercio de un medio gramo de la sustancia, el sujeto se siente absoluto protagonista y eje de la noche. Es el príncipe en vigilia que protege el sueño de los otros. Ese insomnio provoca inquietud e incluso el riesgo de sentirse culpable por ser el único ser despierto de la noche. Un vampiro que vuela sobre los lechos y les chupa los sueños.

La sustancia no es eterna y el usuario avezado es siempre muy consciente de la cantidad consumida y la que resta. Usándola con moderación y sumiéndose en una actividad intensiva, como redactar o producir, la droga dura más tiempo pues se consume menos al estar ocupada la mente. Escribir, copiar, ordenar, pintar, hacer el amor, dialogar en profundidad, etc.

Para todo lo dicho es esencial que el alcaloide sea de primera calidad. Un alcaloide cultivado en los valles de Bolivia, país sagrado y mártir, víctima de dictaduras y mafias, caciques y matones; con mayoría de población quechua. La pichi cata, que así se dice en ese idioma indio a la coca ha de ser de color blanco nieve y en forma de copos o grumos. Como una manteca grasienta. No lo son buenas ni las amarillas, ni aquellas que brillan en exceso. La utilización de medio gramo por un usuario puede alcanzar para actividad de 12 horas.

El producto está ligado a la música de manera importante para el usuario melómano. El ritmo de rock, jazz, blues e incluso clásica acompaña los latidos del corazón y los ritmos del cuerpo.

El escritorio

Son las tres y media de la noche y escucho al genial guitarrista JJ Cale. Tiene gracia pues la superficie del escritorio está plagada de huellas de la pichicata. Intentaré describirlo.

De izquierda a derecha un bote de ungüento milagroso; una foto enmarcada de mi novia joven; dos pendrive; un jarroncito con romero y espliego; una papelina de pichicata; tres píldoras de V5; un frasco con marihuana; un estuche con cartuchos de tinta negra para estilográfica; una lámpara; un paquete de cigarrillos Chesterfield; un sacapuntas; un diccionario de inglés que conservo desde el Instituto; un atlas; dos altavoces para el pc; un portátil minúsculo y negro de última generación; dos navajas; unas tijeras; vasos, un móvil; un rollo de papel higiénico blanco, cuatro cuadernos de diverso tamaño; unos auriculares; una caja con papel de fumar, cigarros y hashish; dos cajas de mistos; dos estilográficas, un tintero, lápices….y todo eso conmigo delante. ¿No es maravilloso?

Los jóvenes Stones

(Escuchando los Montreux rehearsals (Ensayos en Francia del grupo en 1972)

Videos de los Stones grabados en The Montreaux rehearsals, los ensayos. Escucho relajado parte de la grabación de Wild horses. Es impresionante la seriedad con que escuchan el trabajo realizado. Las cintas grabadas. Keith Richards, tumbado en un sofá con los ojos cerrados frasea en éxtasis las letras de la canción. La cámara recorre sus piernas, hace un travelling : pantalones acampanados de terciopelo granate y magníficas botas de piel de serpiente con las puntas destrozadas.

La visión de los jóvenes Stones cantando en directo sus piezas míticas de nuestra primera juventud provoca un efecto paralizante y orgásmico. En When the train leaves the station, hay un solo de Mick Taylor que describe a la perfección la diferencia de guitarristas; y como se compenetraban como ángeles para hacer los temas. Taylor puntea un agudo de chillido femenino; Richards se ocupa de rasgueos oscuros, bajos y punteos más abstractos, neuróticos, un riff gore; africano y salvaje. Rápidos rasgueos e incesantes del boogie aprendido de John Lee Hooker. I got de blues de los Stones, en el club Marquee de Londres. Jagger a pecho descubierto y con una vibración rotundamente bisexual; movimientos femeninos, es un director de orquesta, el conductor del circo, que lleva polainas y sombrero de copa. Resalta así la eficacia de sus temas; la cadencia de sus caderas, que lejos de Elvis se acercan a Bowie.

La seriedad del rock, n, roll

¿Y los otros? Tocan todos como miembros de una orquesta que interpretara la cuarta de Beethoven o como un coro de monjes tibetanos. Una seriedad profesional y concentración que no oculta el placer que sienten. Charlie es una máscara, un robot eficaz sobre los tambores, no mueve un músculo pero sus ojos cantarines y alegres le delatan; Richards toca con la cabeza inclinada sobre las cuerdas de su guitarra, como ese mecanógrafo que debe mirar las letras del teclado; solo reacciona cuando se acerca a Jagger para hacer coros. Wyman es un Drácula en escena. Su rostro es pétreo e inmutable. Los demás son meros comparsas. El joven Taylor, que toca de maravilla, adopta una actitud humilde y respetuosa con los monstruos. Pero su dialéctica con Richards es fenomenal.

Estos apuntes surgen de los directos de Sticky fingers. Disco esencial del final de los años 60 que escuchábamos en una jukebox de la calle Pelayo que había cerca del Instituto Luis Vives. Después del Afthermath o Out of our heads, discos en blanco y negro, surgía este Lp que censuró el fascismo-clerical gobernante en dos cosas. Censuró con grosería falangista la portada, una foto de Warhol que eran unos jeans a la altura del paquete, con una cremallera incluida que de abrirse, enseñaba los gayumbos. Lo otro fue peor, suprimió del disco el tema Sister Morphine, canción asombrosamente impresionista, compuesta por Mariane Faithfull, pero llevada a la cima por los Rolling Stones.

De Sister morphine se podría decir que es un blues con unas guitarras concebidas en el infierno; a Dante lehubiesen gustado como soundtrack de su obra maestra; punteos de Richards que describen a la perfección la pesadilla gozosa de la droga oriental. La banda sonora de un infierno narcótico. La música de la barca de Caronte cruzando las brumas de la Laguna Estigia. La oda al océano de Los Cantos de Maldoror, el Conde Lautreamont, libro esencialque no se ocurrió prohibir a los lerdos del fascio; el poema más oscuro de Charles Baudelaire y la ruina más sicótica de Jean Genet en Tánger; el pico que se mete el chapero antes de acostarse con Pasolini en un tugurio de Roma; un par de yonquis picándose Brown sugar en un solar de cualquier ciudad.

El clima gótico, impresionista, abstracto de la canción, es una pintura musical. Todo eso es para mí Sister Morphine, ociosos y ociosas que me leeís.

El Midnight rambler en el Marquee, razonablemente bien grabado. Aquí está Taylor, el chaval siempre muy serio y pendiente de sus colegas; sobre todo de Richards, mientras Jagger pega la harmónica al micrófono, Taylor y Richards se encaran con sus guitarras y logran la excelencia rítmica. De golpe, Jagger se va y los tres guitarras se ponen en círculo frente a Watts para un diálogo africano. Richards se agacha como si le diera un pasmo, pero es que los tipos están en trance mero. Por entonces habían descubierto el metafísico combinado llamado speed-ball en tierras americanas.

Hacen un boogie aprendido de los bluesman negros americanos. Esos es lo que tienen de grandioso los Stones, al contrario que los Beatles, que chupan más de la melodía roquera tipo Elvis o Beach Boys, los Stones imitan descaradamente a los bluseros negros. Viajan a Marruecos. Su música se enriquece cuando invitan a músicos como Howlin Wolf o Muddy Waters a hacer jams en Londres.

Siguen con Midnight Rambler y cuando llevan ya 37 minutos, Jagger canta el blues con un tono muy sexual.

Esto era imposible verlo aquí al inicio de los 70. Pero nosotros lo intuimos y lo practicamos. Fue nuestra salvación; esos muchachos ingleses ampliaron nuestros espíritus; había un más allá de la mierda de los curas, los educadores y las represiones ordenadas. Jamás pudimos volver a respetar las normas. La vida se nos hizo difícil a partir de ese momento. Muchos abandonaron familias y estudios y se marcharon de viaje. Los más nos metimos en la lucha contra el fascio.

Simpathy for the devil significaba para nosotros acabar con Franco, el asesino de la inteligencia; y vengar a nuestros padres, asesinados, presos o marginados.

Aquella música, como la de Mozart en el XVIII, estaba hecha para vivir, para disfrutar de la vida. El final, la jam sesión se convierte en una suerte de danza ancestral; tribal, africana. Un teatro de libertad y placer para cuerpos y mentes.

Marzo, València, Barrio de Russafa, 2010

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