El Vaivén de Rafael Cid
divendres 5 de febrer de 2010, per
Si hubiera que buscar un denominador común determinante del comportamiento de las personas en las sociedades materialmente más desarrolladas, quizá habría que señalar al síndrome de la inseguridad como el factor más referencial. Todo el mundo, quien más quien menos, tiene miedo a algo o a alguien. Unos a ser despojados en la calle, otros a quedarse sin trabajo o caer enfermos y casi todos a un no se sabe bien qué riesgo indeterminado pero preexistente. Esa vulnerabilidad intuida, que tiene como contrapartida un evidente miedo a la libertad, asunto ampliamente estudiado por Erich Fromm, hace posible la democracia vigilada existente y sobre todo legitima la acción invasora de los Estados en la esfera individual. Paralizados por riegos imprevisibles, que los medios de comunicación de masas rescatan a diario del limbo de las hipótesis, entregamos nuestra existencia (vivo sin vivir en mí) en manos de una puñado de protectores providenciales (médicos, policías, políticos, iglesias, gobiernos) que a costa de nuestra docilidad garantizan el becerro de oro del statu quo.
Hoy no hay un único gran miedo exterminador, como la peste o el hambre de tiempos medievales, asumidos como imponderables divinos (la pandemia oficial respecto a la gripe A no dio miedo). En la actualidad el miedo es fragmentario y personalizado, pret a porter, lo que permite a esos ángeles guardianes que nos cuidan plantear sus opciones sin cortapisas. El miedo al emigrante alimenta peticiones xenofóbicas y ante el vandalismo surgen demandas de cumplimiento íntegro de las condenas y de inclusión de la cadena perpetua (prohibida por la Constitución) en el código penal. El miedo al vacío metafísico del desempleo, por su parte, idealiza los beneficios laborales de la ubicación de centrales nucleares. Y así, de miedo en miedo, avanzamos hacia una construcción social de la realidad en cautividad. Dominados por el miedo ambiente, el miedo al miedo, arruinamos la vida, la tranquilidad, la dignidad y también el medio ambiente.
En política, por el miedo a la derecha, aceptamos el repertorio de contramiedos que la izquierda receta que conforma esa estructura que llamamos sistema. Así, cuando uno debate sobre política con gentes de la izquierda, con frecuencia suele encontrarse con dos argumentos recurrentes que invitan a la resignación. Uno de esos mantras es la crítica-lamentación respecto al supuesto conformismo de buena parte de la sociedad, y sobre todo de un sector mayoritario de afines ideológicos. “Nadie se mueve, no les importa nada”, es la cháchara habitual con que suele escudarse el pesimismo social. El otro introduce la necesidad de discreción en la crítica a los socialistas en el gobierno para no hacer el juego a la derecha revanchista. Y aquí la cosa se zanja con el consabido fatalismo de no contribuir a desgastar a la izquierda en el poder para impedir avanzar a la derecha sobre sus ruinas.
Ambos razonamientos son falsos y perniciosos. Nacen de una percepción de la realidad maquillada que poco tiene que ver con lo que realmente ocurre en la dinámica social (“bajo el empedrado está la playa”, debían con elocuencia en el mayo francés). No es cierto que la gente sea pasiva por definición; no está la inacción en la naturaleza humana. Sí lo es sin embargo que a menudo nos excusamos en que los demás no se han movilizado antes para justificar la propia indigencia. Nos indignamos por la supuesta indiferencia general ante el estado de las cosas para reafirmar nuestra falta de iniciativa porque los otros no actúan en consecuencia. Es la pescadilla que se muerde la cola. Y sabido es que, aunque distante y distinto en el tiempo y el espacio, basta con que una mariposa agite sus alas en Seatle para que diez años más tarde en Dinamarca se produzca una fenomenal bronca contra los gurús del sistema.
Los procesos de concienciación son lentos y los impulsos que llevan a la insurgencia siguen una lógica de cadena trófica: cada eslabón cumple una función vital. Pensar, sentir y actuar son pautas de un proceso que necesita consumarse en todos sus peldaños para adquirir la coherencia necesaria que le otorgue patente de ciudadanía activa, como supo ver Hanna Arendt en su conocido libro La condición humana. El pensar es un acto íntimo e individual; el sentir es personal pero transferible a lo grupal no masivo, y el actuar posee una dimensión trascendente en lo comunitario. Unas señas de identidad que, cebadas adecuadamente a través de los mecanismos de la percepción ejemplarizante, la información veraz y la concienciación no alienada, casi siempre llevan a plantear preguntas y exigir respuestas como fase previa a la irrupción social. El “pensar local, actuar global” es una divisa que condensa esta perspectiva.
La segunda parte del guión, la más puesta en circulación, pretende que una cierta bula crítica –autocensura- es necesaria y conveniente para no desestabilizar a la izquierda en el poder en beneficio de la derecha en la recámara. Lo que significa que a menudo no haya oposición que se oponga, entendida ésta desde la atalaya de la izquierda transformadora. Es un cliché que tiene su plasmación más universal en ese antiamericanismo visceral (y el consiguiente angelismo de su adversario) que lleva hasta el paroxismo aquello de que el enemigo de mi amigo es mi enemigo de tan funestas consecuencias en la historia de la humanidad. Por esa regla de tres la larga marcha de la izquierda ha caminado tantas veces de victoria en victoria hasta la derrota final, validando regímenes criminales al tiempo que degradaba sus propias señas de identidad hasta la caricatura. Igualdad, libertad y fraternidad son referentes de la izquierda que no admiten enmiendas, excepciones ni componendas.
Eso en el plano exterior. En el doméstico, la cosa no pinta mejor. Primero porque cuando se instala el palio para proteger a “uno de los nuestros” se renuncia a la función de in vigilando que permita comprobar si progresa adecuadamente, si cumple con el programa electoral ofertado o si, como se ha convertido en norma, prescribe que el mejor destino de un programa es negarlo en la práctica del poder. Porque la necia aceptación de esa especie de “laissez faire, laissez passer” que practica la izquierda en la oposición con sus mentores en el poder, es un camino de servidumbre que ni siquiera cubre los mínimos que la decencia cívica exige.
Derecha e izquierda, en la política realmente existente, son primos hermanos zurcidos por un linaje común. Obama heredó de Bush las medidas de rescate bancario y financiero y las ejecutó a través de Bernanke, el presidente de la Reserva federal nombrado por Bush y ratificado por Obama. Zapatero, por su parte, heredó la Ley de Partidos Políticos de Aznar y su sumisión a los intereses estratégicos bélicos de EEUU, por eso ilegalizó el independentismo político vasco y siguió y aumentó la escalada militar española en Afganistán. Porque ambas tienen la misma raíz ideológica, el neoliberalismo fáctico, es decir, creen en el equilibrio de mercado en lo económico (la mano invisible) y en la autorregulación social en lo político vía pactos de Estado entre supuestos contrarios (ley de partidos, pacto de educación, directiva europea sobre emigración, ley de descargas, etc.) De ahí esa obviedad de la experiencia que constata que es sobre todo con la izquierda en el poder cuando se acometen las mayores agresiones sociales contra los trabajadores (porque tiene amordazada a su oposición por el qué dirán) y que cuando la derecha llega al poder difícilmente se atreve a reformas o reconversiones traumáticas (porque existe el riesgo de desencadenar procesos incontrolables). Aquí y en China poscomunista, en la Venezuela de Chávez y en la Cuba de Castro. En todos los sitios en que el funesto espejismo de los hombres providenciales fanatiza las conciencias y desarma la crítica para no desestabilizar a “uno de los nuestros”.
Llevado este esquema a la actualidad nacional, tendríamos que, lejos ser negativo, criticar al gobierno socialista (por ejemplo por la gestión probancaria de la crisis, la bárbara guerra de Afganistán, la deshumanizada contrarreforma en emigración o el co-gobierno con su presunto adversario, el PP y sus afines, en el País Vasco y Navarra), una oposición beligerante serviría al menos para reclamarle sus orígenes electorales, evitaría esa rutina de la derechización orgánica esgrimida para no perder base entre un cuerpo electoral cada vez más conservador por estar moldeado a conveniencia del statu quo, y haría avanzar el polo progresista para evitar que el forzado fifty-fifty de las dos Españas justifique medidas de consenso que suponen tratos oligárquicos entre cúpulas, líderes y organizaciones al margen de la sociedad. Y si por efecto de esas críticas, la izquierda dejara el poder, no sería una tragedia, porque la acción apisonadora de la alternativa de derecha, obligada a realizar las contrarreformas que se ha impedido efectuar a la izquierda, provocaría un nuevo pronunciamiento del frente de izquierda, ya renovado y ampliado, que abriría el turno para una política activa, social, democrática y realmente transformadora.