Gracias, señor Sampedro

No hace falta que el estado premie a José Luis Sampedro para constatar su lucidez, su humanidad, su cercanía, su calor, su enorme tamaño intelectual. Asombra, eso si, lo estrambótico de premiar a alguien a quien se oye, pero no se escucha. La mayoría de quienes han recibido el mismo premio, u otro similar, claman en el desierto. Escuchar, una de las mejores medicinas para cualquier enfermedad, no se lleva. Escuchar a los pocos sabios que nos hablan en nuestro idioma se ha convertido en un ejercicio casi marginal. Se concede, con desdén, un mérito, un galardón, a esos hombres y mujeres prometéicos que roban el fuego, el saber, a los dioses, para intentar ofrecérnoslo a los mortales. Gracias por eso.

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