Pobreza energética

La Veranda de Rafa Rius

Suele ser recurrente. El tema de la pobreza energética tiene por costumbre aparecer todos los otoños, junto a los primeros fríos, las lluvias, las primeras nevadas y la migración de las cigüeñas, que al parecer ya no migran; también junto a las primeras muertes por incendios domésticos o inhalación de humo, Poco después, coincidiendo con los fastos de la navidad dulce navidad y su trituradora de consumo compulsivo, se olvida, porque no es de buen gusto en fechas tan señaladas. Y eso que entre todas las pobrezas, la energética es de las más visibles.

En España, según las estadísticas menos alarmistas, un 11 % de los hogares, más de 5 millones de personas, se declaran incapaces de mantener su vivienda a una temperatura adecuada en esta época del año. Y lo que es peor si cabe: se calcula que el problema sigue creciendo a un ritmo del 12 % anual.

Cuando hablamos de pobreza energética es atendiendo a tres elementos principales: luz, agua caliente y calefacción. Respecto a la calefacción, en las zonas rurales pueden tener el recurso de las estufas de leña pero en las zonas urbanas eso resulta muy complicado, con lo que sus habitantes tienen que acabar cayendo en las garras de las grandes distribuidoras de gas y electricidad.

En los últimos 10 años, la factura se ha encarecido en un 70%, según un análisis de Facua-Consumidores en Acción publicado a finales de 2016.

En España, la electricidad y el gas natural son mucho más caros que la media comunitaria. El precio del gas natural en 2016 fue un 123,07% más caro que el promedio de la UE y el de la electricidad fue un 140,68% más costosa, según datos de Eurostat.

Y cuando se intenta tímidamente hacer algo, se boicotea: a finales del 2017, el PP recurrió al Constitucional la Ley valenciana 3/2017 para paliar y reducir la pobreza energética. Esta Ley restringía a las empresas de suministro el corte del servicio a los ciudadanos: “En caso de que una empresa comercializadora de energía (agua, electricidad o gas) quiera cortar el suministro por razones de impago, deberá comunicar dicha circunstancia a los servicios sociales municipales del Ayuntamiento respectivo para que estudien la situación del hogar en riesgo de pobreza energética, de manera previa al hecho de que se efectúe algún tipo de restricción o corte en el suministro”.

Por último pero no menos importante, existe una relación evidente entre salud y pobreza energética, que pone de manifiesto cómo no sólo la pobreza energética tiene consecuencias sobre la salud de las personas, especialmente el hecho de habitar en una vivienda a una temperatura adecuada, sino que además existe también una relación en el sentido contrario: los hogares con problemas de salud tienen mayor probabilidad de estar en situación de pobreza energética. Ya en el año 2014, un estudio revelaba que el 18% de los hogares con alguna persona con mala salud, se declaraba incapaz de mantener su vivienda a una temperatura adecuada. Bajo este indicador, prácticamente se duplican los hogares afectados por la pobreza energética para aquellos que declaran tener alguien con una mala salud. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud la pobreza energética podría estar ocasionando el 30 % de las muertes adicionales de invierno,.

Y hablamos de hogares, ¿Qué podríamos decir de los cientos de personas sin hogar que deambulan por nuestras calles invernales? La mortalidad adicional de invierno promedio en España fue de 24.000 muertes por lo que se calcula que más de 7.000 fallecimientos prematuros estarían asociados a la pobreza energética.

La única solución justa para un Gobierno que presume de socialdemócrata no debería ser otra que una adecuada fiscalización de los escandalosos beneficios de las grandes compañías energéticas, la prohibición taxativa de cortes en el suministro por impago y la implementación de unas políticas tendentes a asegurar el bienestar de las personas antes que las plusvalías de las grandes empresas del sector. Lo demás es música celestial.

En las grandes arterias de los centros comerciales, bien calefactadas y repletas de compradores felices, debería ser de obligada proyección la película Plácido de Luis García Berlanga, para comprobar lo que en estas entrañables fechas es la pobreza energética – Bueno, la pobreza energética y de las otras.

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