Ecocidio y fascismo: cuando ruge la marabunta

El Vaivén de Rafael Cid

El que puede ser obligado, no sabe morir”

(Séneca)

Rafael Cid

Asistimos al infortunado acoplamiento de dos ovnis hasta hace poco fuera del radar. Sendas alertas humanitarias hasta hace poco impensables son nuestros contemporáneos. De un lado, el informe de científicos de la ONU sobre el inminente peligro de colapso si no se frena en los próximos años la expulsión de gases de efecto invernadero a la atmósfera. De otro, la llegada al poder a través del veredicto de las urnas de partidos neofascistas gracias al apoyo de amplias capas de la ciudadanía. Son dos fenómenos de distinta naturaleza, pero con puntos de coincidencia respecto a su arraigo. Aunque, paradójicamente, en esa diferencia de partida es donde radica su pathos. La defensa ecológica del planeta exige una movilización de la gente a nivel global, mientras el resurgimiento de gobiernos de corte xenófobo se afirma en el nacionalismo beligerante. La afinidad, por el contrario, vendría dada por el hecho de que ambos acontecimientos han emergido como casus belli al quebrarse la cadena atrófica de valores humanistas. Porque ambos, ecocidio y fascismo, son mutaciones de ideales de vida y de convivencia.

Ciertamente tiempo y espacio se materializan asincrónicamente en estos dos inquietantes supuestos. El fascismo histórico no contemplaba nada parecido a lo que ocurre hoy con el problemático devenir del medio ambiente. La sociedad de entonces no tenía conciencia sobre el problema en ciernes. Salvo que consideremos también catástrofes contra la naturaleza las dos terribles guerras mundiales en que estuvo inserto, con su barbarie y devastación. Sin embargo, su epígono actual repunta cuando la huella ecológica puede hipotecar el futuro de la especie. Pero el neofascismo de última hornada, con su teatralización patriótica y políticas de apartheid, apenas podrá expandirse más allá de las franquicias que procree. Tiene razón Emmanuel Rodríguez al afirma que “el socialismo nacional es (del todo) incapaz de asumir el nivel de regulación que implican los grandes retos de un planeta ya demasiado pequeño para la humanidad existente”, y que como “ningún Estado será capaz de regular ninguna variable significativa de la crisis ecológica en ciernes […]El único modo de un desenganche real de la globalización (o de “Europa”) es el de asumir un drástico recorte de los niveles de vida” (Socialismo nacional, o la promesa rojiparda).

Convenido que tanto la sombra del ecocidio como la realidad rampante del neofascismo se proyectan como los nuevos jinetes del apocalipsis del siglo XXI, queda por reflexionar acerca de sus potenciales antídotos, para mantener la polinización libertaria y así superar la fase irreversible de los cuidados paliativos. Y aquí de nuevo nos topamos con aspectos redundantes. Por ejemplo, todo lo que tiene que ver con el impacto del factor económico sobre la naturaleza y sobre la sociedad. El ecocidio se materializa de todo punto insostenible debido a la agresión de siglos de producción y consumo por una civilización volcada a la esquilmación de recursos limitados. El fascismo, en su formulación ideológica, lo hace como una revuelta contra esa modernidad civilizatoria que arrolla a su paso antiguas formas de vida, tradiciones, y las consiguientes zonas de confort de la población en los Estado-nación. Dos trenes circulando en la mis dirección pero en sentidos opuestos. Es como si a uno y otro, cada cual en su parcela, les cumpliera la ley de entropía, y el desorden que sufre el ecosistema y la democracia padecieran ya una situación de irreversibilidad.

En su “Crítica de la razón instrumental”, Marx Horkheimer, uno de los protagonistas de la escuela de Frankfurt, sostiene que la degradación que nos asola está directamente relacionada con la recepción de un desarrollo idolatrado. <<Los avances en el ámbito de los medios técnicos se ven acompañados de un proceso de deshumanización. El progreso amenaza el objetivo que estaba llamado a realizar: la idea del hombre>>. Según ese planteamiento, <<la dominación en el capitalismo del estado autoritario no se ejerce a través del intercambio sino directa y totalmente sobre los individuos atomizados>>. Advirtiendo sobre la suicida promiscuidad: <<En su proceso de emancipación el hombre comparte el destino de todo el resto de su mundo. El dominio de la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres. Todo sujeto tiene que participar en el sojuzgamiento de la naturaleza, tanto humana como extrahumana. Y no solo eso, sino que para conseguirlo tiene que sojuzgar la naturaleza que hay en él mismo>>. Esta tesis, afín a la postulaba por Lewis Mumford en “Técnica y Civilización”, dibuja una distopia voluntaria, la de la guerra civil que ha declarado el hombre contra la naturaleza y la que mantiene con sus semejantes al mimetizarse con el sistema de dominación y explotación vigente para garantizar su autoconservación. Pioneros en el estudio de esa comunión hombre-naturaleza fueron dos eminentes geógrafos anarquistas: el francés Eliseo Reclus con su monumental “El hombre y la tierra” y el ruso Pedro Kropotkin a través de su estudio “El apoyo muto. Un factor de la evolución”.

Lo que tenemos en perspectiva es un pandemónium: una involución generalizada, política y económica, que no un decrecimiento a escala responsable y consecuente. Los gobiernos y las masas que les apoyan cierran filas y levantan barreras. A la globalización desde arriba, neoliberal y depredadora, le corresponde un retorno un encasillamiento autárquico en el ius sanguinis. Entre el Darwin pedestre de “la supervivencia de los más fuertes” (donde en realidad decía de “los más aptos”) al Hobbes del “hombre es lobo para el hombre” con la mirada puesta en el espejo retrovisor. Dominio y autoconservación, el alfa y omega de la razón instrumental cebándose sobre el hábitat natural y la sociedad civil. Resabios del viejo absolutismo religioso y migajas del último totalitarismo ideológico como brasas de un nuevo irracionalismo aupado al presente por la desmemoria general de la criminalidad política y el enaltecimiento del androcentrismo.

Porque en el momento de la historia en que nos encontramos todo lo que ocurre tiene causa en las personas. Nosotros somos quienes somos. Atrás quedaron los tiempos en que la voluntad de los seres humanos era un trasunto de un poder divino al que debían someterse impotentes. La capacidad de forjar su futuro fue, según expone Rodolfo Mondolfo, la gran aportación del iluminismo griego. Ese momento en la historia de la humanidad en que, dejando atrás las tinieblas de la caverna “el hombre, responsable de sus acciones, se hace así creador de su propio destino” (“Moralistas griegos”). Por eso los fundadores la Primera Internacional, la primera ilustración obrera, fijaron sus principios rectores sobre la base de la libertad y la responsabilidad, sabiendo que no hay una sin la otra y viceversa (“la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos” y “no más deberes sin derechos ni más derechos sin deberes”). Dos virtudes cuya ausencia gravita sobre las catástrofes ecocida y fascista en proceso. La versión degenerada y contrafáctica del pensar global, actuar local que supondría un decrecimiento político y económico realmente emancipador.

Aquí y ahora, el péndulo de la historia no señala en la dirección de una internacional cosmopolita y solidaria, sino hacia una comunidad chovinista y xenófoba con las minorías foráneas como estigma. Refutarla de raíz conlleva una exigencia personal que hoy está en las antípodas de las actitudes que ha motivado a la mayoría de la gente durante generaciones. Espoleada en la obediencia debida y en el cortoplacismo instintivo del ello, sin proactividad personal, la masa ha sustituido al individuo social en su cómplice maridaje con los pogromos en construcción. Todo ello porque el modelo imperante se basa en la delegación de la experiencia, y de paso de la conciencia de responsabilidad, en esa élite de seres superiores que simbolizan, organizan, y dirigen el imaginario político, económico, social y cultural. Un marco caníbal de representantes y representados que reduce la democracia a mera demoscopia. De ahí que el riesgo de ecocidio y la pleamar neofascista sean manifestaciones coherentes de una colectividad impersonal que ha instituido como regla de comportamiento que “los que mandan decidan por ti”.

Con lo que, llegada la hora de reaccionar, nos encuentra mal pertrechados y con el caballo de Troya en la cocin. Tenemos atrofiados los instintos de resistencia moral que a lo largo de los tiempos nos han servido para superar las adversidades. Ese común de empatía, apoyo mutuo y amor a la libertad que orientan al zoo humano para progresar civilizadamente. Y al mismo tiempo soportamos una hipertrofia de factores competitivos y aislacionistas. Recuerden el dicho castizo, “fíate de la virgen y no corras”, y aplíquenlo a esos dos ovnis ya en órbita. ¿Quién va a frenar el ascenso del neofascismo si llega por deseo de la gente que se siente desahuciada por la crisis y las elites y pugna por recuperar su zona de confort caiga quien caiga? ¿Cómo impedir el colapso medio ambiental si son precisamente los dirigentes de las corporaciones empresariales y los Estados que nos gobiernan quienes con su codicia sin control lo han activado? ¿Estarán esos individuos-masa dispuestos a iniciar la rectificación bajando su nivel de vida, poniendo fecha de caducidad a su insaciable condición bifronte de extractores-consumidores? ¿Se puede acabar con “el síndrome de Estocolmo” que liga a víctimas y opresores sin cambiar el statu quo? Estos son los verdaderos problemas sistémicos que están en juego. “La máquina ha prescindido del piloto, camina ciegamente por el espacio a toda velocidad”, alerta Horkheimer en la obra citada.

Tomar el control de nuestras vidas no es sencillo. Sobre todo después de haber hecho tanta ruta manejados por el enemigo. Sin experiencia propia y determinados por un entorno poco dispuesto a que recuperemos la autonomía perdida. De ahí que en momentos de crisis como el actual estalle un conflicto entre el principio del placer-bienestar (el Ello freudiano) en retirada y el principio de realidad (el Yo) que busca paliar el dolor-malestar. Esa infantilización de la muchedumbre se resuelve, en la sociedad de dominio y autoconservación, dotándose de amos que ofician de paternal y represivo Superyó, proyectando el clímax de inseguridad en causas externas a nuestra responsabilidad (aquella expresión canónica del racismo popular “escarmentar en cabeza de turco”. Desandar ese camino de servidumbre, dotarse de una paideia humanista, asumir la responsabilidad de nuestros actos, experimentar proactivamente la equalibertad, comienza en el preciso momento en que los representados transgreden lo convencional al decir “no”.

Toda esta ristra de encuentros y desencuentros entre ecocidio y fascismo se reafirma en un concepto en vía muerta sino en vías de extinción, “hospitalidad”, y su revés derivado “inhóspito”. El cambio climático, si las personas no actúan para modificar su forma de vida, puede hacer fatalmente inhóspito el planeta tierra. Lo mismo ocurre con los neofascistas emergentes que preconizan nuevos pogromos a migrantes y refugiados en su éxodo de la miseria y las guerras. Un derecho universal que la humanidad ha respetado durante siglos, como el aire que aún respiramos. Kropotkin lo estima como un factor progresista de la evolución en las costumbres de los pueblos antiguos: <<Todo extranjero que aparece en la aldea kabila tiene derecho, en invierno, a refugiarse en una casa, y su caballo puede pastar durante un día en las tierras comunales. En caso de necesidad puede, además, contar con un apoyo casi ilimitado. Así, durante el hambre de los años 1967-1968, las kabilas aceptaban y alimentaban, sin hacer diferencia de origen, a todos aquellos que buscaban refugio en sus aldeas>>. La suerte está echada, ¿oído ufólogos?

Nota. Este artículo se ha publicado en el número de Noviembre de Rojo y Negro.

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