La miseria de las banderas

El conflicto territorial como arma de distracción masiva frente a la injusta distribución de la riqueza y otras cosas parecidas

Enric Tarrida. Alkimia. El Salto Diario

Enric Tarrida

Acabamos de pasar recientes celebraciones nacionales, empezando por la catalana y terminando por la española, sin olvidarnos del continuo baño de multitudes y testosteronas patrias que se nos ofrecen desde uno y otro lado del país. Las banderas se agitan en masa y parecen cobrar vida propia por encima de los seres humanos.

“Nuestros gobernantes/representantes” nos hacen entrar al trapo, nos vinculan a unos colores y si hace falta nos mandan matar por ellos. Y como tozudamente nos demuestra la historia, somos siempre las víctimas los mismos; la tropa, la plebe, la clase obrera, y también siempre en beneficio de los que mandan, de los ricos.

No sé qué tienen las banderas que nos vuelven tan imbéciles como para hacernos creer que bajo su paraguas somos mejores, más listas y más guapas que el vecino. Incluso no pocas personas se sienten superiores a quien no tiene el honor de compartir colores, y por tanto se cree tener derecho a estar por encima de, a creer que sus necesidades son más importantes que las del otro y que incluso su desaparición/eliminación no nos representa un grave problema. ¿Qué se genera para conseguir que olvidemos lo que compartimos las personas, los seres humanos, al margen de origen, procedencia o raza?

Parte de la trampa es la supuesta transversalidad del invento, es decir, da lo mismo ser pobre o rico, explotado o explotador, lo que vale es el ser o estar bajo el patriótico paraguas diferenciador de nuestra bandera. Bueno, como veremos, eso nos hacen creer a las clases menos favorecidas.

Eso es básicamente el nacionalismo, que nada tiene que ver con el amor a la cultura y a la lengua, a la tierra y a las costumbres propias, y a organizarse colectivamente como nos plazca, sin que ello sea menosprecio hacia las otras ni menoscabo a sus intereses.

En nombre de ese nacionalismo, unos y otros han (hemos) expoliado continentes, saqueado poblaciones, asesinado y esclavizado a otros seres humanos. Se han realizado en nombre de patrias y banderas las mayores aberraciones, y bajo ellas se da cobertura legal a los asesinatos masivos llamados guerras.

Si bien no tenemos la exclusiva, en nuestro país tenemos la suerte de contar con varios nacionalismos, evidentemente con uno dominante, el que tiene a la lengua castellana como referente, y otros que en su lógica se sienten dominados. El dominante además tiene buen nervio, unos antecedentes de lujo y buenos apoyos. Para algo es el que manda y ha mandado tantos siglos. Su mérito, básicamente, el mismo de cualquier dominador, ser más fuerte, añadiendo que no podemos obviar que fue el mimado por la sanguinaria dictadura que sufrimos durante 40 años en detrimento de los otros.

Los otros nacionalismos, aunque se disfracen de angelitos, tienen las mismas ansias, fabulan su propia historia para llevar el agua a su molino, crean estructuras de poder similares y con las mismas pretensiones. Al final, poner la maquinaria al servicio de sus propias elites es su objetivo, y sacar el jugo al pueblo su modus vivendi.

El invento ha funcionado y funciona. Nuestro país es un buen ejemplo. La agitación de los sentimientos patrios ha propiciado que hoy gran parte de la población vea como secundario los verdaderos problemas que nos afectan; las crecientes desigualdades, la corrupción institucionalizada, el expolio de los servicios públicos como la sanidad, la educación, la falta de empleo y sus precarias condiciones, el asedio a la pensiones públicas, la pérdida progresiva de derechos, el aumento de la represión, la depauperación de la democracia, etc.

No cabe duda de que muchas de las personas que defienden hoy un determinado Estado, una bandera concreta, lo hacen de buena voluntad, convencidas de que es la mejor forma para organizarse, para progresar, para resolver los problemas. Lo cierto es que aceptar esta premisa antepone pelear por nuestras verdaderas necesidades a un interés superior, el de la patria. Ejemplo claro es el catalán, donde la supuesta izquierda más radical (CUP) ha sacrificado su programa social en pos de la transversalidad independista.

Al abrigo de la cuatribarrada todo vale, incluso pactar con los herederos de la derecha catalana pujolista.

Para después del advenimiento de la república catalana, quedan los graves problemas de la sanidad, la educación, la vivienda, etc. Aparcamos la justicia social para cuando tengamos país propio, como si la burguesía catalana estuviera en disposición de ceder, aunque solo sea parte de su bolsa de las monedas. La participación de la ficción nacionalista hace posible ver como mejor todo aquel que pertenece a nuestra nación, y permite compartir mesa incluso con los explotadores si son los nuestros. De este modo, la izquierda “radical” (que ha pactado con la derecha), ha ayudado a fraccionar a las clases populares y ha demorado el proceso de trasformación social que forzara un reparto de la riqueza.

A las derechas le ha ido de perlas el tema, tanto a la catalana como a la española. Les ha permitido esconder gran parte de sus miserias. La catalana, representada básicamente por CIU, se puso a encabezar el movimiento independista en una huida hacia adelante cuyo resultado final aún está por ver. Mientras tanto los Pujol y Cía. se están partiendo de risa. Al PP le vino de perlas tener al independentismo como imaginario enemigo, como destructor de la patria y responsable de todas las penas, agitar el anticatalanismo le ha funcionado para que allí se olviden de los sobres en blanco, de las mordidas, de las fiestas pagadas, de la corrupción que ha saqueado las arcas públicas. Poco les importa a unos y a otros las consecuencias de sus acciones sobre la población si crece el odio absurdo entre los ciudadanos, si se fomenta la incomprensión y los prejuicios, si con ello se alimenta a nuestros peores sentimientos, si nos gastamos millones en policías, etc. Todo vale si le sacamos rédito electoral, si con ello conservamos el poder y conseguimos esconder las enormes vergüenzas de su gestión, todo dando razón a la frase de Samuel Johnson de “El patriotismo es el último refugio de un canalla”, y yo añadiría de muchos.

Por otro lado, la supuesta izquierda española perdida y arrastrada por las pasiones, y sin capacidad de articular un discurso rompedor con la ficción creada. Al contrario, una parte de ella se ha puesto a marchar junto a lo más rancio del país, para no quedar poco patriota.

En la derecha española, los VOX, Ciudadanos y PP se frotan las manos, compitiendo a ver quién pesca más en el caladero del voto, sabiendo que es poco eficaz a estas alturas agitar el miedo a “que vienen los rojos”, provocar el “que vienen los separatistas a quitarnos lo nuestro” consiguen el apoyo incluso de los más damnificados por sus políticas liberales. Hoy cualquier cosa vale, y cuanto más se denoste al contrario mejor.

Claro que el peor nacionalismo es el español, puesto que es el que tiene la fuerza y capacidad, y sin duda ha puesto todos sus mecanismos al servicio de, llegando a incluso a encarcelaciones preventivas de los líderes independentistas alejadas de cualquier lógica ni mesura. También ha sacado lo peor de nosotros, cuando no pocos ciudadanos jaleaban a las fuerzas de orden público enviadas a Cataluña para impedir el referéndum declarado ilegal con frases tan estimulantes como “a por ellos” en una muestra de esa deshumanización del otro que conlleva el ideario nacionalista, que hacen que olvidemos que el “ellos” son nietos, hijos, padres, abuelos, como los nuestros. Tampoco se tomaron medidas con las imágenes de los propios policías animándose a dar su merecido a los cuatro independistas. La actuación del Estado español, representado por el gobierno del Sr. Rajoy, fue desproporcionada, innecesaria e injusta, se ejerció una represión sobre la población civil de carácter colonialista, y que conllevaba un marcado desprecio a la inmensa mayoría de catalanes, independistas o no, y diría que también hacia cualquier ciudadano decente de lo que llamamos España, puesto que en la práctica es una clara demostración de la voluntad represora de este Estado ante un acto pacífico de protesta, al margen de su motivación concreta, la cual por otra parte como se puede comprobar es más diversa de lo que nos quieren vender unos y otros.

La pacata y cómplice actuación del PSOE, junto con el vergonzoso discurso del rey, pusieron la guinda al espectáculo y han terminado de abrir una brecha de enormes proporciones y cuyas consecuencias finales son imposibles de prever.

El “cuanto peor mejor” parece instalado en las dos realidades y a caballo del conflicto crece el populismo reaccionario y excluyente. El proceso de deshumanización del ya declarado opuesto está en marcha y eso nos permite ver con naturalidad la encarcelación de los otros, los insultos y desprecios, incluso las amenazas y agresiones. La bandera sirve lamentablemente para cubrir todo esto y mucho más.

El engaño de unos y otros es evidente, se ha conseguido crear un problema lingüístico y de convivencia donde no lo había, se han avivado los prejuicios y los rencores, y todo básicamente para correr el telón ante la, esa sí, indiscutible realidad de las decenas y decenas de políticos encausados y/o encarcelados por simple y llanamente robar el dinero de todos.

Mientras nos peleamos por demostrar quien la tiene más grande, la bandera, claro, seguimos padeciendo tremendas deficiencias en la sanidad, en la de todas, y especialmente en la catalana que ha sufrido enormes recortes y sufrió con los gobiernos de CIU un potente proceso de privatización, transfiriendo millones de euros de los presupuesto de la sanidad pública a manos privadas. Y también en los otros servicios públicos recortados en beneficios de salvar a la banca (española, catalana, vasca, etc.), a la cual le dimos entre todas la friolera de 62.295 millones de euros, y cuya devolución ha quedado prácticamente descartada. Y hay mucho más, pagamos sin chistar el robo de las eléctricas, las mordidas en los servicios públicos de agua, la especulación en la vivienda, etc. Pagamos el sobrecoste de mantener a expolíticos en Consejos de Administración u otros cargos regalados en agradecimiento a los favores prestados, y pagamos a una Casa Real que por designio divino son nuestros soberanos, y cuyos buenos salarios no han servido para evitar la tentación de aumentar sus fortunas con comisiones y otras corruptelas que sin duda se han cargado a los costes de los proyectos.

Las ondeantes banderas nos impiden ver esto y mucho más, y nos dividen y desunen, nos enfrentan entre los menos pudientes, y son el pilar de mantener el estatus quo de los que mandan, de las multinacionales, de los ricos sin escrúpulos, de los corruptos y corruptores, de las clases llamadas altas. Mientras nos peleamos e insultamos por nuestros propios colores, ellos se ríen y hacen caja.

Ellos, les puedo asegurar, tienen como única patria el dinero, pero alimentan con entusiasmo nuestro patriotismo, y si hace falta hasta que nos matemos con tal de seguir haciendo caja.

Si fuéramos capaces por un momento de dejar de hacer el hincha, si abandonáramos sus valores, que no son los nuestros y están inventados para perpetuarse ellos, si miráramos a nuestros hermanos y hermanas de clase como iguales, si pusiéramos en valor y práctica la solidaridad, la humanidad y la generosidad entre nosotras, todos sería superable.

Claro que hay más cosas, claro que en el gran parte del resto de España no se acaba de entender el empeño de los catalanes por hablar su lengua propia, y ello es otra muestra del fracaso educacional en nuestra casa, donde no se ha enseñado en la diversidad de nuestra tierra ni a valorar la singularidad como algo positivo.

Pero esto, siendo importante, no lo es más que todo lo anterior, y lo cierto es que sobre la prioridad acerca del camino a seguir tengo pocas dudas. Transformada la sociedad, desterrada la injusticia social, despejado el camino a la igualdad cierta, sin duda, no tendríamos mayor problema para entendernos, para respetarnos, para que el apoyo mutuo fueran nuestra premisa a la hora de relacionarnos. Me dirán que esto es muy bonito pero muy utópico. Es cierto, pero creo sinceramente que es la única vía de futuro para la humanidad. Creer que con la creación de nuevos Estados, réplica de los existentes, salvo por las diferencias identitarias propias, va a servir para cambiar las cosas, sí que me parece de una enorme ingenuidad, además de la enorme inversión colectiva e individual para alcanzarlo (como estamos viendo), sin que ello garantice los cambios necesarios en el nuevo Estado que eviten que hoy en Cataluña, mi padre con un infarto, se pasara siete días en los pasillos de urgencias del Hospital, por falta de camas, o que mi hermana malviva con el trabajo de temporada en la Hostelería, con contratos de media jornada y 10 horas de trabajo diario (a 5 euros la hora), por poner algunos ejemplos.

Lo cierto es que el nuevo Estado catalán mantendría las mismas desigualdades que hay hoy, y lo cierto que con el envite que se ha generado, desde la izquierda de verdad se ha perdido una oportunidad de unir a la gente en exigir y conseguir cambiar de verdad nuestra realidad.

Aún tenemos una oportunidad, pero ello no está en manos de los políticos, ni de unos ni de otros, que no nos engañen más. Es necesaria la colaboración generosa de todas las personas que estamos por una transformación social, por conseguir una sociedad donde todas y todos tengamos cabida. Solo con el apoyo mutuo, la solidaridad y el trabajo común haremos posible un futuro cierto.

Enric Tarrida

3 comentarios sobre “La miseria de las banderas

  • el 6 noviembre 2018 a las 13:23
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    Sobre: “Lo cierto es que el nuevo Estado catalán mantendría las mismas desigualdades que hay hoy”.

    Con toda seguridad porque mandará Convergencia pero también seria cierto, si Cataluña se convierte en un estado , que no tendrá Rey (ni familia Real) y el poder político estará en Cataluña. Quizás es más probable esto que una España republicana y descentralizada, que yo lo preferiría, pero de momento no parece que España tienda a esto.

  • el 6 noviembre 2018 a las 14:18
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    Un enemigo del Pueblo

    Claro que el nacionalismo españolista es el más nefasto y negativo. Los nacionalismos periféricos no es que sean mucho mejores, lo que les ocurre es que todavía son débiles. la naturaleza de todo nacionalismo es primero consolidarse para expandirse de inmediato allende sus fronteras. Dicho de otro modo; en todo nacionalismo emergente hay un deseo irrefrenable de transformarse en Imperio totalizador. El Imperio utiliza su fuerza militar y coercitiva, para someter siempre y la guerra es una herramienta con un enorme valor de uso en las políticas expansivas de los Estados primero, del Imperio en la expansión y consolidación de su poderío en confrontación con otros Imperios si los hubiere. El Español o castellano poco o nada tendría que ver en contra de otras lenguas vernáculas, sea el catalán, Euskera o el panocho. El español solo debiera ser la lengua franca en que se comunican las personas de diferente orígenes territoriales. Utilizar la lengua para el enfrentamiento como hacen catalanes y españolisteros es dejar la razón de lado e ir a buscar el enfrentamiento. En esta contienda la victoria estará siempre de lado del más bruto y más cafre.
    Sobre las banderas y sobre los imbéciles que las enarbolan solo queda decir estas se agitan siempre en contra de otros, del diferente, incluidas las rojinegras. Sobre populismo cabría preguntarse quién no juega a ese peligroso juego, no hay ni una sola organización social o política que no use un discurso populista y exasperado, algunos en su demagogía apelan al pacifismo y a los “derechos humanos”. Mientras hayan Estados e Imperios, el hablar de derechos humanos es hablar de quimeras, pues donde hay intereses encontrados la violencia es siempre soberana.

    Emili Justicia

  • el 6 noviembre 2018 a las 14:46
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    Continuo:
    Como bien dice la primera opinión, ¿Qué República y para qué? ese es el juego sucio que hacen todos los republicanotes de “vocación republicana. Es claro que una monarquía hereditaria es una modalidad de Estado cara e irracional, pero, insisto; una república catalana de la oligarquía ídem, o una república española de las autonomías para cambiar algo, pero que en el fondo nada cambie… Y la Mayor sería, quien o quienes decidirían la proclamación de dichas repúblicas, porque quienes debieran decir y decidir más bien están en Babia o más lejos todavía. A excepción de la oligarquía catalana con su excluyente y particular modelo de República aristocrática, no se palpa en la ciudadanía ese deseo de ir a una República de trabajadores de toda clase y social. La izquierda andaluza va perdida por unas vías reivindicativas, de un supuesto pasado glorioso y califal. En su revisión histórica añoran un nuevo Califlato. Con esos mimbres y con esas tramas ideológicas lo único que se consigue es perderse en la nada.

    Emili Justicia

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