El copista como autor

El Vaivén de Rafael Cid

La corrupción política a diestra y siniestra creo el clímax, y la estela de la devastadora crisis económica-financiera, también ambidiestra, hizo el resto. De trola en trola, el régimen del 78, enarbolado por montescos y capuletos al alimón, ha abierto las puertas del sistema a las tribus del centralismo xenófobo. Y ahora la receta de supervivencia esgrimida por aquellos que cebaron el desastre consiste en propiciar una vistosa competición de puertas correderas (a diferencia de las giratorias, que facilitan el tránsito público-privado, estas actúan sobre la secuencia copia-autor).Con el objetivo, eso sí, de que la percepción inducida haga que la gente les corteje para seguir usufructuando el poder. Pirotecnia para motivados y creyentes en el marco de una construcción falaz de la realidad.

Todo empieza el 27 de octubre de 2015. Ese día las fuerzas independentistas catalanas de Junts pel Si y la CUP desenfundan el procés. Declaran solemnemente en el Parlament “la creación del estado catalán independiente en forma de república”. Lo que se traduce, según lo allí expresado, en que la “desconexión democrática no se supeditará a las decisiones de las instituciones del estado Español, en particular del Tribunal Constitucional, a quien considera deslegitimado y sin competencia a raíz de la sentencia de junio de 2010 sobre el estatuto de Autonomía de Catalunya votado previamente por el pueblo en referéndum”.

Aquel aldabonazo provocó llanto y crujir de dientes en los cuarteles de invierno del sistema, iniciando un baile de máscaras que perdura en la actualidad. De forma y manera que desde los poderes fácticos se planificó una ofensiva por tierra (la política-policial), mar (la judicial-represiva) y aire (la mediática-persuasiva) cuyo objetivo era (y es) impedir el derecho a decidir de la ciudadanía. Se trataba de extirpar en su arranque la peligrosa iniciativa caiga quien caiga. No fuera a contaminar a la población más comprometida democráticamente en todo el territorio nacional. Esa minoría proactiva que ha iniciado su propia “desconexión” gracias a la experiencia del soberanismo cosmopolita del 15-M. Pero surgió un escollo en la hoja de ruta diseñada por el aparato del Estado monárquico. El jefe de gobierno, el conservador Mariano Rajoy, no parecía dispuesto a inmolarse imponiendo a rajatabla el rodillo ultranacionalista. Nacerá entonces la caricatura del Rajoy indolente, fomentada desde todas las tribunas, ese “quieto-paraó” de cartón piedra que tanta fortuna ha hecho desde entonces en los más diversos ambientes. Como si el movimientismo sin más atributos fuera una virtud política cardinal.

El chupinazo de advertencia, como no podía ser de otra manera, lo sirvió en bandeja el diario El País, boe irredento de las esencias patrias. Su portada del 28-O fue todo un comunicado de guerra contra el inquilino de La Moncloa. Titulaba a cinco columnas “La declaración de independencia no recibe respuesta de Rajoy”, incluyendo en el cuerpo de texto que se limitó a decir como única respuesta a los subversivos que si aprueban la declaración “tienen enfrente a la ley y a un Gobierno dispuesto a hacerla valer”. Con sendos apuntes añadidos que incidían en la construcción social de la sosa y decadente parsimonia del jefe del Ejecutivo. De un lado, el rotativo destacaba que “antes, el líder de la oposición, el socialista Pedro Sánchez, tuvo que telefonear a Rajoy para preguntarle cuáles son sus planes ante el pulso que había lanzado los soberanistas una hora y media antes” (sic). Y de otro, y para que quedara claro de quién espabilaba a quién y quiénes eran partidarios de echar toda la leña al fuego, el medio remataba: “tanto Sánchez como Rivera instaron a Rajoy a pactar una respuesta institucional conjunta a ese desafío”.

Pero no fue esa toda la artillería desplegada por el oráculo de la transición el día de autos. La arremetida culminaba con un editorial con cita en la misma portada bajo el significativo título de “Golpe al estado, vacío de Gobierno”. En él se argumentaba la posición pro statu quo de El País con un lapidario enunciado: “No hay explicación a la pasividad con que Mariano Rajoy ha asistido al despliegue de la estrategia independentista”. O sea, mucho antes de producirse el decisivo referéndum del I-O del 2017 y el mazazo político del artículo 155 con el consiguiente procesamiento de dirigentes soberanistas, el relato para las hemerotecas dibujaba a un Sánchez y a un Rivera como halcones filantrópicos y a un Rajoy como cándida paloma. Algo de todo punto inadmisible para los cancerberos de la Marca España (ahora tuneada por el sanchismo como España Global).

Lo que la tronera de El País urgía con sus jeremiacos comentarios era que el “alelado” respondiera a la tremenda a lo que solo era una legítima declaración de intenciones, no un acto jurídico. En realidad, llovía sobre mojado. Ya antes el registrador de la propiedad en excedencia había desairado reiteradamente al portaviones progresista del cuarto poder. En el fragor de la crisis se había negado a solicitar el rescate-país como insistentemente pidió la cúpula de Prisa en editoriales y titulares a lo largo de tres ediciones sucesivas. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido sin que hubiera rectificación de esa línea por parte de Rajoy (sabemos que se opuso al discurso del “a por ellos” del rey Felipe VI y que modificó sobre la marcha el pautado del 155 pactado con Sánchez y Rivera para suavizarlo, dejándolo en una convocatoria de elecciones) podemos entender mejor el triunfo de una moción de censura abrochada gracias al cambio de chaqueta in extremis de un PNV que ya tenía cerrada la aprobación del presupuesto con Rajoy.

Valorado desde el presente, cuando el nuevo secretario general del PP acusa al gobierno de colaborar con el golpe de Estado independentista y el socialismo en el poder le devuelve la visita tildando a los populares de ser una fábrica de soberanistas, este vaivén parece coronar la ceremonia de la confusión. Sánchez se presenta como el campeón de la distensión con la Ganeralitat, aunque dos semanas antes de ganar la moción de censura quería endurecer el delito de rebelión sin que fuera necesario el concurso de la violencia. El País que anteayer tildó a Sánchez de “insensato sin escrúpulos” reivindica ahora al “estadista” José María Aznar, emparejándole a Felipe González para conmemorar el 40º de la Constitución, a pesar de que la corrupción que carcome al Partido Popular es un endemismo de su etapa. Casado reivindica el aznarismo como seña de identidad mientras su patrocinador invita a los cruzados de Santiago Abascal a regresar a la caverna común. Y el biopic ex post del Rajoy que renunció a la FAES y defenestró a la cantera de Vox, sigue prestando grandes servicios al PSOE en el poder. Le permite perorar sobre la herencia recibida como el freno que le impide ser la izquierda transformadora que había prometido. Sísifo redivivo.

Un comentario sobre “El copista como autor

  • el 2 noviembre 2018 a las 22:29
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    Un enemigo del Pueblo

    Y en medio de esta barahúnda ¿ quién tiene la arrogancia y la honestidad de interpelar al Vulgo? O tal vez, este no cuente para nada, más que para aquellos comicios que ya están programados de antemano en el calendario. Haber donde están esos cabreados 15M. Sísifo no está redivivo, pues nunca feneció, además este sufre el desdoblamiento del complejo y maldición prometeica de serle devorado el hígado, no por un buitre cualquiera, sino por un “orden” carroñero y destructivo. Insisto; Quién interpela al Vulgo, o tal vez sea este ciego, sordo y mudo. nada más que decir…

    Emili Justicia

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