El capitalismo no es un tigre de papel

El Vaivén de Rafael Cid

Aquel a quien el hombre dijo lo que debía hacer.

Quien fue amaestrado por personal adiestrado.

Quien fue equipado con collar y cadena…”

(Dogs. Pink Floyd)

Rafael Cid

El tantas veces justamente denostado capitalismo nos va enterrar a todos. ¿Qué tendrá el sistema más cuestionado para que nadie pueda con él? Todos los intentos de tumbarlo han resultado inútiles. Hasta sus principales enemigos han acabado rendidos a sus cantos de sirena. Hoy es el modelo económico-social hegemónico en el planeta. Rusia, heredera de la antigua URSS, el país de los sóviets que aspiraba a ser su alternativa definitiva, ya forma parte decisiva del club del beneficio ante todo. China, el gigante dispuesto en el pasado a hacer tabla rasa de todo lo que sonara a libre mercado, practica el más difícil todavía de ser un furibundo acólito bajo la piel de un gobierno comunista. Y la Cuba castrista de la revolución pendiente, el último bastión de la causa anticapitalista, acaba de iniciar el mismo camino de abyección. También a mayor gloria de la gerontocracia monopolista del PC. Lo nunca visto, un fin de época. Mal comparado, sería como si ateos, agnósticos, musulmanes, budistas y demás confesiones concluyeran que la única religión verdadera es la cristiana, sumándose fervorosamente a su boato. De opio del pueblo al bálsamo de Fierabrás.

Tanta y tan pertinaz fortaleza escapa a un análisis convencional. Torres más altas han caído. Si de verdad existiera ese antagonismo visceral, sentido urbi et orbe, no se entiende bien tamaña mala salud de hierro. Posiblemente la causa de una y otra cosa, de su tozudo vigor y de su denunciada morbilidad, esté en sendas reflexiones hechas en 1948 por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista. Por un lado, está el sincero reconocimiento de su carácter transgresor (“La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario”), y por otro, la constatación de que su efecto más directo y visible es dar vida a una nuevo tipo de sociedad progresivamente más eficiente. Aquello de que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante, pero entendiendo esa ideología como asumida también por las clases dominadas.

El ADN del hombre y la mujer contemporáneos, su segunda piel, es irremediablemente capitalista. Se quiera o no se quiera. De ahí que todas las admoniciones contra el capitalismo acaben en saco roto. Insertos desde que nacemos en su lógica, emocional y racionalmente, su plena desafección entrañaría al mismo tiempo una dolorosa amputación. El capitalismo es por esencia una “revolución permanente” desde el momento en que camina a la par que el avance imparable de la ciencia y la técnica, a la que se adapta como el guante a la mano. Y cada vez a mayor velocidad, lo que impide que se sedimenten formas profundas de refutación capaces de oponérsele con éxito. El tiempo corto y voraz del capitalismo en movimiento, su acelerado palpitar, cancela la metabolización que precisa el ciclo largo de los procesos de ruptura para afirmarse.

Así y todo, no es una fatalidad inevitable. Lo que sucede tiene mucho que ver con el principio activo utilizado para combatirlo. Quizás en el siglo XIX, oponer a aquel industrialismo de primera hornada la honda del materialismo (histórico y dialéctico) podía tener sentido. De hecho semejante estrategia permitió al naciente movimiento obrero grandes conquistas en su seno. Pero eso terminó bruscamente cuando “el internacionalismo” saltó por los aires en la Gran Guerra de 1914. El patriotismo de los Estados capitalistas en liza enroló como carne de cañón a los trabajadores que meses antes se habían conjurado para marchar codo con codo hacia la anhelada emancipación. A partir de ahí, ya todo fue en caída libre. Se impuso la lucha fratricida entre pueblos, y la solidaridad entre los de abajo todavía esgrimida con sacrificio por los más recalcitrantes nunca logró doblegar al “homo oeconómicus”.

Aquella contienda y las que siguieron devastaron el núcleo del proletariado y del apoyo mutuo. No solo por los estragos que provocó la barbarie desatada entre la sociedad civil. Se contaron por decenas de millones las personas muertas, heridas, mutiladas o lisiadas durante la contienda, pero aún fueron más las que quedaron marcadas de por vida por sus perversos efectos. La “incorporación a filas” de los trabajadores disciplinó a generaciones enteras en la obediencia ciega a los galones, fomentando un modelo de organización social de “servicio a la patria” acorde con el código de clases y la robotización de la rutina fabril. Lo que en el campo de batalla era subordinación a la jerarquía militar y dependencia del armamento, sirvió de doma propiciatoria para luego secundar al capataz y a la máquina herramienta en la vida laboral. Los mandos del Ejército y los “capitanes de empresa” (con el Estado presto a regular o desregular, según se tercie) cumplen parecida función alienante y deshumanizadora. Son ante todo genuinos productores de órdenes: matan la iniciativa individual, anulan la autonomía personal, impiden el derecho a decidir, censuran el espíritu crítico y educan en la servidumbre voluntaria.

Autoridad ejercida desde la cúspide de la pirámide hacia la base, que los de abajo reproducen y legitiman al acatarla por temor a la represión, la sanción y el qué dirán. Aquello que nuestras madres, con infinita ternura, nos rogaban durante la dictadura: “Hijo mío, no te signifiques, por favor”. La corrosión del carácter, que argumenta el sociólogo Richard Sennett. Aunque mostrenco, puro marxismo castrense, fuerzas de producción al fin que determinan relaciones de producción. Y ante esa ofensiva, incapaz de evitar el adoctrinamiento implícito en las masacres, el proletariado militante se fue convirtiendo en una secuela del modelo de explotación y dominación. Anulada la personalidad de las gentes, la serendipia criminal cobraba carta de naturaleza sin freno ni enmienda. Por eso, la persecución de la paz, el antimilitarismo y el desarme global siguen siendo valores sine qua nom para cualquier salida civilizatoria.

Y es que al centrar toda la existencia en preceptos absolutistas como el trabajo y la producción, sin otros horizontes ajenos a su dinámica cosificadora, el factor humano acabó convertido en rehén del deus ex machina capitalista. El materialismo, abstractamente considerado, vencía al humanismo por goleada. Solo una ínfima minoría comprometida supo ver el camino a ninguna parte que eso acarreaba y mantuvo intacta su ejemplar ofensiva en el terreno de las formas de vida. Es la propaganda por el hecho, bien entendida. Sin grandes logros, porque como intuyó lucidamente el de Tréveris, las relaciones de producción inherentes al modelo capitalista dejaban en barbecho toda disidencia que no fuera a gran escala. La sociedad de masas era una consecuencia de la producción masiva, y viceversa, y esa interdependencia creaba a su vez instituciones gregarias. La democracia así degradada se convertía en un simulacro, desvirtuando su genuina condición liberadora. Dicho de otra manera, el modelo capitalista de producción exponencial es por naturaleza depredador: en el terreno económico ecocida y en el político homicida.

El “hombre unidimensional” de esta forma alumbrado significaba una mutación. A la categoría de productor consciente de su alienación se sumaba la de consumidor adicto, el único ser verdaderamente soberano en el reino global de la mercancía. A cada uno según su trabajo. Como en la bíblica maldición (“ganarás el pan con el sudor de tú frente”), la humanidad entró en una fase inédita de la historia. Se vivía para trabajar, no se trabajaba para vivir. El principio adquisitivo reinaba por doquier sin que nada ni nadie le hiciera sombra. Imperaba lo que en la Atenas clásica se conocía con el término de “pleonexia”, el apetito insaciable de cosas materiales. El nicho donde germinan las injusticias, a decir de los ciudadanos de la polis que tuvo su constitución intelectual en el discurso fúnebre de Pericles tras la derrota ante Esparta narrado por Tucídides.

Había, pues, un doble desarraigo que cegaba cualquier esperanza. La que expropiaba al productor del producto íntegro de su trabajo, visibilizada como explotación. Y otra menos identificada que era la renuncia a controlar el tipo de trabajo, en aras de la indispensable dignidad y solidaridad. Esta última nunca fue plenamente reivindicada por los comisarios políticos del socialismo autoritario. El fin justificaba los medios y cuanto peor mejor, fueron sus armas de argumentación masiva. Y los medios terminaron por condicionar los fines. Las mismas causas producen los mismos resultados. Al final, había una equivalencia sistémica entre cultura burguesa y cultura obrera, ambas miméticamente capitalistas por su intrínseca condición productiva y consumista. La unidad de destino entre productores y consumidores tiene su cara más dramática en el egoísmo. Uno y otro viven el momento sin importarles demasiado su impacto sobre las generaciones venideras. Un cortoplacismo del “ande yo caliente” que tiene como exponentes actuales el abandono de las acciones para combatir el cambio climático o la epatada hacía adelante de la deuda soberana al primar economías expansivas para fidelizar clientelas electorales.

En el mundo desarrollado vigente los contornos entre producción y consumo se han difuminado. Ya no hay dignidad en el trabajo. Es una esclavitud de alquiler para poder comprar cosas. De algo hay que vivir. Entre los empleados de la industria militar y los ingenieros, los técnicos y los administrativos de la civil que construyen fragatas para los sátrapas del Golfo también existe camaradería. Una fresadora, un generador eléctrico, un torno, no disparan. Todos somos responsables y víctimas, nadie culpable. Aunque con los impuestos cebemos la infame maquinaria de la mal llamada Defensa Nacional. Salvo la minoría que se declara objetora de conciencia. Como los valientes insumisos que tiempo atrás se negaban a cumplir el servicio militar aunque terminaran entre rejas. Además, las políticas de reparto de la ocupación existente con drástica reducción de la jornada laboral siguen sin estar en la agenda del sindicalismo oficial, a pesar de la creciente precarización del empleo y el paro estructural. El competitivo mundo del Trabajo, clonado del Capital, también hace proselitismo a favor de la desigualdad autófaga entre sus filas.

El consumidor siempre tiene razón en la sociedad adquisitiva. Como ocurre con Hacienda, consumidor somos todos, ricos y pobres, productores y rentistas. Cada día el periódico nos deja en titulares la crónica puntual de esa metamorfosis. Los conflictos de la nueva economía, las plataformas digitales de servicios y los empleos low cost construyen en estos momentos la realidad rampante que nos abisma a la condición de jornaleros del poder. El plante del personal de Ryanair; la huelga de Amazon; el boicot en el gremio del Taxi; la lucha de los readers de Deliveroo, Glovo o la de los ruteros de prensa, son imágenes del nuevo paradigma laboral atomizado. Como trabajadores aún defendemos nuestros derechos, pero somos mucho más contundentes en el papel de consumidores. De ahí que sea frecuente compatibilizar ambas perspectivas sin que parezca una patología. Por un lado, nos vemos capaces de abroncar a los empleados de una aerolínea por los trastornos que como usuarios nos ocasiona la huelga y, por otro, de demandar comprensión cuando el problema lo sufrimos en nuestra propia piel. ¿Qué sería de Amazon y sus tácticas negreras si los clientes mileuristas presionaran con huelgas de consumo hasta que mejoraran las condiciones de trabajo?

Este verano ha descendido el número de turistas que visitan España, merma debida a que se han reactivado destinos rivales como Turquía y Egipto, dos autocracias donde se vulneran sistemáticamente los derechos humanos, sin que eso sea un hándicap para los clientes de los tour operators. ¿Se plantea alguien tachar de sus planes vacacionales la Rusia de Putin por ser el único Estado que desde la Segunda Guerra Mundial se ha anexionado militarmente parte de otro territorio soberano, la Crimea ucraniana, y abatido un avión comercial con cerca de 300 pasajeros a bordo? Al contrario, el Mundial de Futbol 2018 desbordó todas las previsiones. En esto al menos algún tiempo pasado fue mejor. En los años treinta del siglo pasado, en plena Segunda República, los obreros de la construcción en Madrid, muchos de ellos semianalfabetos, poco viajados y sin televisión ni internet para informarse en tiempo real, poseían el mundo suficiente para exigir convenios donde se especificaba que no trabajarían para edificar cárceles. Y sin embargo hoy, mientras el factor humano empieza a ser relegado del aparato productivo por la inteligencia artificial y la robotización, entre los asalariados se extiende la opinión de que el ojo del amo engorda al caballo. El nunca inocente desdoblamiento de la personalidad trabajador-consumidor es otra prueba de que el capitalismo nunca ha sido un tigre de papel y jamás lo será. Somos currantes ocho horas al día y consumidores las veinticuatro seguidas. El monje si hace al hábito.

(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de Septiembre de Rojo y Negro)

Un comentario sobre “El capitalismo no es un tigre de papel

  • el 27 septiembre 2018 a las 8:52
    Permalink

    Un enemigo del pueblo

    El libre mercado ni existe ni ha existido nunca. El mercado lo regula loa Estados y entre estos, son los Estados más fuertes, los que tienen naturaleza de imperio son los que dictan la dirección, expansión y desarrollo de los mercados, por tanto los mercados están siempre cautivos de los imperios. En la posmodernidad son los capitales transnacionales los que marcan el rumbo, por tanto la libertad de mercado es una falsedad porque no existe la libre concurrencia…

    Emili Justica

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