Crítica de la crítica de la crítica de la crítica

Desde la franja de Mieres. Abel Ortiz

Miles de personas, algunas de ellas repetidas, se han tomado la molestia de leer mi última obra “Versos invisibles”, publicada, en versión multilingue, por la celebérrima editorial Parker & Walker and Sons.

La polémica subsiguiente, creada a partir de la crítica firmada por el eminente entomólogo Antoine Dubarry, en los populares papeles veraniegos de la universidad de Marsella, ha convulsionado el mundo literario como no lo hacía ningún texto desde “La Odisea”.

El señor Dubarry se permite dudar de la calidad de unos versos que, al ser invisibles, no pueden ser leídos de manera convencional. Siento decir que es una objeción tan obvia, tan evidente, que no la esperaba viniendo de un profesor universitario casado y con tres hijos, uno de ellos varón.

¿Qué le hace suponer, más allá de sus prejuicios, que los versos no sean magníficos y excelsos? ¿Tiene algún pero que poner al ritmo libre, la rima asonante o consonante, a elegir, la prosa poética, las bellas metáforas y anáforas sugeridas, o, sobre todo, al ingente esfuerzo de contención?

No. Es más fácil intentar destruir una fatigosa labor de décadas desde una supuesta autoridad moral. Todo el mundo sabe que el profesor Dubarry es celíaco y merece por ello toda mi solidaridad y respeto. No es óbice, sin embargo, para que me permita la licencia de sacarle los colores en público.

El profesor Dubarry pretende que los versos invisibles sean visibles lo que demuestra dos cosas; no sabe como funcionan los fotones e ignora todo lo relativo a la literatura. ¿Alguien se imagina que el hombre invisible de la inolvidable novela de H.G Welles fuera visible? ¿Alguien se imagina que la inolvidable novela de H.G Welles fuera olvidable? ¿Hacia donde nos lleva el relativismo de lo políticamente correcto y la deriva de la postmodernidad?

Escribir doscientas páginas de la mejor poesía invisible contemporánea no es suficiente para los dueños del parnaso. Tampoco parece importarles el hecho, triste y demostrable, de haber recibido amenazas por mencionar a Catalunya y por no mencionar a Cataluña, en alguno de los poemas más culteranos.

Desde el más profundo ostracismo al que me condenan mis contemporáneos, (muchos de los cuales se de primera mano que leen a escondidas mi trabajo) no puedo por menos que señalar a los lectores de los siglos venideros algunas directrices para tratar mi legado; No conviene la exageración pues, aunque la obra es magna, todo es perfectible. Tampoco soy partidario de que me erijan bustos a troche y moche ni bauticen cátedras con mi nombre. El culto a la personalidad, aunque sea la mía, siempre da lugar a equívocos.

Gracias, por fin, a esos lectores insomnes que han buscado versos en las satinadas páginas de su cerebro enfermo y los han encontrado. Todo mi desprecio a aquellos que, aplastados por el sentido común, han encontrado en mi humilde libro faltas de ortografía, laismos y dequeismos, puntuación dudosa, fallos de correspondencia y errores históricos. Vale.

Un comentario sobre “Crítica de la crítica de la crítica de la crítica

  • el 31 agosto 2018 a las 22:17
    Permalink

    Un enemigo del pueblo

    Hombre… el erigir bustos en la vía pública además de no estar falto de cierto mérito, tiene la función práctica de servir de percha y cagadero funcional a las palomas. estos son detalles que pasan inadvertidos y mal que pese, los ilustres próceres siguen cumpliendo una función plenamente constructiva, aún después de muertos. Solo nuestra visión antropocéntrica del mundo que nos envuelve nos hace reos de nuestra ignorancia y de la realidad.

    Emili Justicia

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