Putin, el Mundial y las pasiones tristes

El Vaivén de Rafael Cid

Cuanto más fuerza adquiere la verdad,

menos necesitan las sociedades ser gobernadas”

(Nicolás de Condorcet)

Rafael Cid

En 1936 Hitler se coronó internacionalmente con los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín bajo su liderazgo. Entonces el Tercer Reich aún no había perpetrado ninguna incursión para anexionarse territorios soberanos de su entorno, aunque eran ya conocidas sus ansias expansionistas y el carácter antisemita del régimen. En 2018 Putin preside en Sochi el Mundial de Futbol después de haber ocupado Crimea, intervenido militarmente en favor de la desintegración de Ucrania y facilitado el armamento y el equipo técnico con que se derribó un avión comercial holandés con cerca de 300 pasajeros. Tampoco hoy nadie ignora el carácter oligárquico y caudillista del mandamás del Kremlin.

El mayor espectáculo del mundo lo blanquea todo. El partido inaugural entre Rusia y Arabia Saudita se celebró cuando este régimen y Emiratos Árabes desencadenaban la ofensiva decisiva de la guerra del Yemen, la mayor crisis humanitaria del planeta según la ONU. Pero los aficionados no entenderían que cosas así afectaran al deporte rey. Están acostumbrados a ver a sus galácticos luciendo camisetas de países que patrocinan el terrorismo de Estado (Qatar Airways, Fly Emirates) y vulneran los derechos humanos. Dos gobiernos que, como el anfitrión del Mundial 2018, han elevado la homofobia a la categoría de política de Estado y favorecen el acoso público de gays y lesbianas.

La hinchada milmillonaria que sigue el Mundial ruso no tiene ideología. Derechas e izquierdas, ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, sin distinción de raza, religión o clase, hacen hueco en las agendas para ver a su selección favorita. La globalización del fútbol no admite límites ni excepciones. Al contrario, su expansión hace tiempo que impacta en la política nacional, encumbrando al poder a magnates de esa industria como Berlusconi. Y por supuesto a nadie se le ocurriría proponer un boicot o renunciar a participar en la competición por razones éticas, como hizo la Segunda República española con las olimpiadas del nazismo.

Quizá no haya ejemplo más evidente de la servidumbre voluntaria del ciudadano-masa que predijo el joven Étienne de La Boétie. Por el número y la diversidad de las personas que comulgan con semejante fe. Una superstición explorada en profundidad en 1665 por Spinoza en su Tratado teológico-político en base a cuatro cuestiones conexas: ¿por qué el pueblo es tan profundamente irracional?, ¿por qué se enorgullece de su propia esclavitud?, ¿por qué los hombres luchan por su propia esclavitud como si se tratase de su libertad?, ¿por qué es tan difícil, no ya conquistar, sino soportar la libertad? Irracionalidad asumida, o sea renuncia a la herencia genética esencial de los seres humanos. Gozar de la esclavitud como si fuera un logro, que es tanto como hacer de la explotación y la dominación un activo. Y lo que posiblemente sea la clave de esta sumisión: ese fatun que impide a muchos hombres y mujeres experimentar la autonomía de la libertad. El miedo a la libertad, que decía Erich Fromm en un célebre libro del mismo título.

La mayoría de la gente se muere sin conocer la libertad porque solo existe subsidiariamente, como una dócil franquicia de lo instituido-dado. Las personas se incorporan al mundo que encuentran al nacer porque está ahí, con su orden jerárquico y trascendente inmutable, como Dios manda y los representantes electos administran. Eso explica aberraciones como la llegada al poder en Italia de un gobierno xenófobo de abajo-arriba, por voluntad popular. Es el triunfo de las “pasiones tristes”, usando la expresión acuñada por Spinoza, lo que explica esta abdicación generalizada de la condición humana. Todo en la sociedad realmente existente conspira para hacer de la esclavitud consentida el principio hegemónico. En el plano político, en el económico, en el social, en el intelectual, en el afectivo, todo está al servicio de aquellos factores que constriñen la naturaleza infantilizando la vida hasta extremos de amputarla en lo que tiene de única, verdadera e intransferible. Competencia, arribismo, materialismo, ignorancia, insolidaridad, delegación, la superstición, ese culto a la muerte que implica no “atreverse a pensar por uno mismo” que mencionaba Kant, pavimentan la sociedad caníbal de las “pasiones tristes”, declinaciones que desde otra perspectiva Adam Smith reflejaría en su Teoría de los sentimientos morales. Gilles Deleuze lo describe así tras distinguir entre las acciones que derivan de la esencia del individuo y las pasiones que provienen del exterior: “[…] cuando nos encontramos con un cuerpo exterior que no conviene al nuestro (es decir, cuya relación no se compone con la nuestra), todo ocurre como si la potencia de este cuerpo se opusiera a nuestra potencia operando una substracción, una fijación; se diría que nuestra potencia de acción ha quedado disminuida o impedida” (Spinoza: filosofía práctica).

Posiblemente el legado de Spinoza adquiera toda su fecundidad política al relacionarlo con el fraude de la democracia actual y los brotes de radicalidad ética de los miembros más comprometidos de la sociedad como respuesta a esa desvitalización sistémica que está incubando un nuevo fascismo-populismo. Ese “esfuerzo vital” (conatus) de cada persona autogobernándose para dar lo mejor de sí que desbordó calles y plazas en tres continentes al acorde del “no nos representan”. De ahí la importancia decisiva del fomento de “la pasiones alegres” como medio de conjurar la desertización que promueve el orden legal y su correlato la obediencia debida. Lo expresó lúcidamente Antoni Aguiló: “La filosofía de Spinoza constituye un faro de referencia para los activismos que buscan reconectar la política con las preocupaciones emocionales y prácticas de la vida diaria: los que rodean congresos y bancos; los que paran desahucios; los que agitan las manos para ganar consensos; los que tienen el coraje de decir no y gritar ¡basta ya!; los que forman mareas humanas de camisetas verdes y blancas; los que cantan en medio (y a pesar) de las cargas policiales; los que se desnudan y exhiben la fragilidad del cuerpo golpeado por los recortes; los que disparan versos en obsequio al público; etc. (…).Pero vivimos en una época marcada por el predominio de las pasiones tristes, que las élites dominantes utilizan para fomentar la pasividad y generar impotencia frente a lo que presentan como inevitable”.

Solo de nosotros depende que sigamos eligiendo el camino regalado de vegetar como espectadores de una vida zombi o que tengamos el coraje de ser protagonistas orgullosos y responsables de nuestra propia existencia.

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