Chapapote político

El Vaivén de Rafael Cid

Llegó la democracia, pero no el futuro”

(Marina Garcés en “Ciudad Princesa”)

Rafael Cid

El PSOE de Pedro Sánchez ha activado una moción de censura contra el gobierno del PP que precisamente Ferraz aupó al poder al abstenerse en 2016 durante la investidura. El mismo partido que dejó en la estacada a Unidos Podemos (UP) cuando Pablo Iglesias propuso otro tanto hace pocos meses. Ahora Rajoy puede caer por delitos compartidos de la era Aznar. Los más de 400.00 euros “desviados” para financiar al diario digital de Federico Jiménez Losantos, enemigo mediático número uno del líder conservador, lo evidencia (FJL hasta le endilgó un insulto homófobo a modo de apodo). La acusación de haber mentido durante su comparecencia judicial como testigo no deja de ser una sobreactuación para justificar la muy necesaria exigencia de responsabilidades políticas. Se olvida que no se trata de una sentencia definitiva ni unánime. Hay un recurso en marcha ante el Supremo y un voto disidente del presidente del tribunal en sentido absolutorio. Pero la imagen de un jefe de gobierno en ejercicio ante la justicia, por primera vez desde la democracia, es inapelable y justifica el: ¡váyase señor Rajoy!

¿Para poner a quién? Una pregunta matrioska que se sustancia en otra: ¿cómo? La respuesta técnica es consiguiendo que la iniciativa obtenga 176 votos, la mayoría absoluta del parlamento. Y eso tiene dos caminos distintos y distantes. El más directo parece el más difícil, porque la dura competencia entre los que se sienten ganadores en las encuestas (los 32 votos de Ciudadanos) y los que creen que tienen una ventana de oportunidad para el sorpasso (los 84 votos el PSOE) impide el consenso para avanzar hacia la meta sumando a Unidos Podemos (67 votos) para hacer pleno. El barómetro de mayo del CIS señalaba que el eje integrado por PP y C´s había doblado su distancia respecto a lo obtenido por PSOE y UP en las últimas elecciones. La otra fórmula para despedir a Rajoy sin la colaboración de los de Rivera, consistiría en forzar un sincretismo (modelo Frankenstein) entre todas las demás fuerzas políticas en una especie de pírrico Fuenteovejuna. Ambas combinaciones tienen su lado oscuro. Veamos.

En la primera, que agrupa a los tres partidos con mayor representación parlamentaria tras el PP, nos encontraríamos con un pacto trufado de incongruencias, donde la parte más ingrata correspondería a la gente de Iglesias. UP tendría que aceptar como partenaire al “Ibex 35”, precisamente la marca política a la que dieron calabazas cuando Sánchez y Rivera solicitaron su complicidad para evitar investir a Rajoy hace año y medio. Aunque esta vez parece que por parte de la formación morada todo serán facilidades. No solo a Iglesias no le importa entenderse con dos de los cruzados del 155, lo que significa su consentimiento iniquidistante contra el procés, sino que tampoco exigirá revertir las reformas de pensiones y laborales hechas por PSOE. Su único requisito previo es “controlar el mercado de alquiler para asegurar una vivienda digna”. Lo que después del affaire de la casa de campo de la pareja Iglesias-Montero suena kafkiano.

La segunda combinación requeriría también un test de esfuerzo. Implica que los partidos independentistas y nacionalistas acepten apoyar a Pedro Sánchez sabiendo que hace una semana no solo reiteró la continuidad del 155 sino que además propuso una reforma del código penal para que exista el delito de rebelión sin necesidad de que concurra violencia (volver a la tipificación franquista). Pero en peores garitas han hecho guardia. El mes pasado, el PNV y el PdCAT se fundieron con Ciudadanos y el PP para aprobar una ley que permite el desalojo exprés de los okupas. Irónicamente, ahora todo indica que los 5 diputados del PNV pueden ser vitales para desalojar al socio desalojador en el poder. Sería una jugada maestra que los vascos, después de arrancarle concesiones al gobierno por la aprobación de los presupuestos, consiguieran otro botín por encumbrar a Sánchez, que quiso tumbarlos por poco sociales. Lo que pasa es que eso dejaría al PSOE, con un 155 blando o sin él, en manos de los partidos de estirpe soberanista, lo que seguramente tendría serias consecuencias en las elecciones de 2019 y 2020, previstas bajo el síndrome centralista.

Pero pongamos que la cosa, por A o por B, sale adelante y Pedro Sánchez llega a La Moncloa a pesar de los malos augurios de las encuestas. La consecuencia sería que el gobierno estaría en manos del partido que promovió el artículo 135 para privilegiar el pago la deuda pública; perpetró la primera contrarreforma laboral y de las pensiones; quiere agravar la tipificación del delito de rebelión para dar al 155 mayor profundidad represiva (se podría aplicar a movimientos pacifistas); y está incurso en el mayor juicio por malversación habido desde la Transición por la cuantía de lo defraudado y el número y categoría de los inculpados. Pues bien, todo esto no depende tanto de Ciudadanos y del PNV como se han hartado de afirmar los analistas de todas las escuelas, sino de Unidos Podemos y sus decisivos 67 escaños. Si esas cábalas se ponen en circulación ex ante al margen de UP (de nuevo la moneda mala expulsa a la buena) es porque cuentan con que, en una u otra variante, la única sedicente izquierda que aún no está del todo socializada en el statu quo se da ya por amortizada. De hackers a brokers del sistema. Todo un síntoma de por dónde irán los tiros futuros. Por cierto, Podemos consultará a sus bases sobre la moción de censura del PSOE después de que su cúpula la haya aceptado sin condiciones.

Sirva este reflexión a vuela pluma para sugerir que sin una ruptura democrática de abajo-arriba, que jubile el formato continuista del Régimen del 78, seguiremos siendo espectadores de la política que otros nos hacen y dando cuerda a la molicie. Si Rajoy cae (justo y necesario en la lógica del “encerrados con un solo juguete”) volveremos otra vez a la pescadilla que se muerde la cola. Como cuando Zapatero sucedió al Aznar de las mentiras del 11-M y la guerra de Irak, que a su vez al pifiarla con la Troika derivó en Rajoy. O como cuando tras años de pujolismo llegó el tripartito de izquierda PSC-ERC-ICV y el fiasco consiguiente, otra experiencia que culminó recuperando más de lo mismo pero al revés. Política circunvalatoria. A muchos no les escapará que solo diez años después del estallido de la crisis se vuelve a incubar la burbuja inmobiliaria. Y que inesperadamente algunos de sus antiguos detractores y hoy líderes emergentes actúan de forma y manera que parecen sus más entusiastas promotores. El vaivén electoral con anabolizantes del “quítate tú para que me ponga yo” y sus réditos institucionales es a la democracia lo que el onanismo al amor: chapapote.

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