El negocio del mal

La Veranda de Rafa Rius

El mal suele ser el eje central y el motor de la acción en la mayoría de relatos. Una novela, una película o incluso un videojuego en el que todo va bien, no vende; incluso en una comedia es necesario introducir a los protagonistas en algún tipo de conflicto para que la cosa funcione: un ámbito en el que todo lo que sucede fuera perfecto y maravilloso, ¿a quién le interesaría? En eso que llamamos vida real, sucede algo muy similar: ¿A quién interesarían las andanzas de un político que abandona su cargo tras una gestión impecable de los recursos puestos a su disposición? No, la corrupción, el cohecho, la malversación, el llevárselos calentitos aprovechándose de su cargo, posee morbo y vende mucho más; no olvidemos que habitamos una sociedad en la que quien manda es el dios Mercado.

Así, cuando ya creíamos perdidos en el pozo de la historia a algunos rufianes, manilargos de lo público, vuelven cual fantasmas shakespearianos a colmar los informativos. ¿Quién se acordaba a estas alturas de Eduardo Zaplana, después de casi 20 años de su saqueo –“me tengo que hacer rico porque estoy arruinado”- y ahora cómodamente instalado tras su puerta giratoria telefónica? ¿Quién de la familia Cotino, retirada del primer plano tras una larga rapiña de residencias geriátricas, itv y aerogeneradores?

En lo tocante a latrocinios de políticos, la trayectoria de Zaplana ha sido impecable: desde su traslado a Benidorm y su asalto a la alcaldía a través de la concejal socialista tránsfuga Maruja (sic), (luego generosamente recompensada en forma de salarios públicos para ella y su familia) hasta su salida del Gobierno de Aznar por la puerta giratoria de Telefónica, su hoja de servicios pública ha sido ejemplar, hasta el punto que debería ser de estudio obligatorio en FAES, el think tank del PP. Pocos campos de negocio escaparon a su voracidad: desde los magaproyectos, tipo Ciudad de la Luz (construida sin perspectiva alguna de qué películas se iban a rodar), Terra Mítica (megapillaje edificado sobre terrenos rústicos quemados y recalificados) o la Ciutat de les Ciències (con presupuestos multimillonarios que al final triplicaban el inicial) a todo tipo de privatizaciones de empresas públicas rentables que devengaran sustanciosos beneficios. Desde raterías clásicas, como el cobro de comisiones por las concesiones de unas itv recién e injustificadamente privatizadas, hasta las nuevas tecnologías, como su participación en el negocio de los aerogeneradores, concedidos a una empresa catalana mientras hacia bandera del anticatalanismo. Y todas las ganancias, como es canónico en el gremio, redirigidas y almacenadas en paraísos fiscales. El problema surge cuando, para hacer uso de ese dinero, ha de pasar por la lavadora y ser blanqueado. ¡Ahí te han pillao! Es conveniente ser mucho más taimado y experto a la hora del blanqueo que a la hora del escamoteo. La sensación de impunidad es tan absoluta que el exceso de confianza resulta fatal.

En cualquier caso, el viejo recurso al discurso del mal, seguirá imponiéndose. Los trece sumarios abiertos, trece, sólo en eso que llaman Comunidad Valenciana, seguirán dando que hablar y escribir y continuarán devengando suculentos beneficios a las empresas que controlan los medios que “destapan” los escándalos. Y si se van acabando, no importa, pronto otros escándalos los sustituirán y las actuales corrupciones “se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia” mientras otras podredumbres ocupan diligentes su lugar. Eso sí, acto seguido llegarán las elecciones y bastantes de las mismas personas que ahora despotrican contra los corruptos, acudirán mansamente a votarlos. A ellos o a sus clones -Ciudadanos, PODEMOS- que seguirán vendiendo renovación y honradez a derecha e izquierda.
– ¡Durante diez convocatorias electorales seguidas os hemos engañado, pero, creednos, esta vez será diferente, esta vez, sí que sí! ¡Votad por el cambio!

Volverá a triunfar la retórica del mal contra el que hay que luchar, y -¡quién mejor que nuestro partido que se ha refundado tras deshacerse de las cuatro –quien dice 4, dice 4000- manzanas podridas que lo afeaban!.

Además, cómo si no, iba a destacar el héroe impecable revestido de blanca armadura dispuesto a salvarnos, si no hubiera un puñado de antihéroes corruptos contra los que luchar y despotricar; y sobre todo, cómo iban a vendernos la burra, para seguir haciendo negocio a nuestra costa, que en definitiva es lo que importa.

Un comentario sobre “El negocio del mal

  • el 28 mayo 2018 a las 20:19
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    El masoquismo del votante en general no tiene ningún derecho a la queja o a la reclamación. Su obligación es dar las gracias y apechugar con ese “Placer patológico” en que está inmerso. Solo aquellos que no entran en ese juego amañado a priori tienen legitimidad para hacerlo, todo lo demás es ruido y estridencia, pues como muy bien dicen estos mismos, con una falsa justificación “si vosotros tuvieseis la ocasión haríais exactamente lo mismo”. A quienes no entramos en ese juego nos repatea que la mierda de unos miserables quieran ensuciar nuestra conciencia en el “todo vale”. Cree el ladrón y sus secuaces que todos son de su condición y no es así.

    Emili Justicia

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