2008-2018: la década ignominiosa

El Vaivén de Rafael Cid

Un día me di cuenta de que todos aquellos altos cargos tenían algo en común:

¡todos habían trabajado para Goldman Sachs!”

(Varoufakis sobre el Eurogrupo)

Rafael Cid

Alguna catarsis merece el hecho de que hayan sido precisamente las políticas de austeridad decretadas por la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) para encapsular la crisis a favor de quienes la desataron las que han sacado a la clase trabajadora de sus casillas. Pero no para secundar los idearios tradicionales de los partidos de clase, socialistas y comunistas, la izquierda nominal, sino para “pasarse al enemigo”. La insondable derrota, autoinfligida, de la socialdemocracia europea, abrevadero donde confluyó la diáspora de los PC continentales, ha servido para que grupos ultras, xenófobos y nacional-socialistas tomen el relevo sabiendo que buena parte del antiguo proletariado y sus aliados entre una clase media bruscamente desahuciada les escoltan hacia el poder.

El Frente Nacional en Francia, La Liga en Italia o Alternativa para Alemania, aparecen hoy como los recambios emergentes que retan “democráticamente” al statu quo gracias al apoyo sostenido de los sectores económicamente más golpeados por la deriva austericida. Los términos identitarios derecha e izquierda, cuando son precisamente los núcleos obreros que antiguamente nutrían a los partidos comunistas francés e italiano, y los ciudadanos de la antigua República Democrática del Este germano (comunista) los que aúpan al postfascismo, resultan categorías “arcaicas”. Sobre todo porque su “renazimiento”, al contrario de lo ocurrido con el comunismo histórico, llega otra vez de mano de las masas y las urnas. ¿Debemos concluir de esta experiencia vivida que convertir la democracia en un juego de suma cero, supeditarla exclusivamente a su flanco económico-material, abre la exclusa para derribarla si esos supuestos igualitarios de abundancia fallan?

Como decía el clásico “el búho de Minerva sólo emprende el vuelo al caer el crepúsculo”. Pues, dicho y hecho, ese momento ha llegado. Al cumplirse los diez años del estallido de la crisis financiera que nos devolvió a la sociedad de paliativos, ya podemos decir que hemos perdido por goleada una ocasión única. Atrás quedaron esos momentos constituyentes en que parecía que la indignación de muchos (agraviados, explotados, reprimidos y ofendidos) podía decir adiós a todo eso. No cayó esa breva. Porque ni quisimos ni supimos sacar las debidas lecciones de lo que ante nuestras narices estaba sucediendo. Y como tantas veces en la historia reciente, la gente prefirió lo malo sabido antes que lo bueno por descubrir.

No estaba escrito que los malhechores, al doblar la esquina del ciclo, terminaran encumbrados como redentores sin tacha. Porque eso es lo que está ocurriendo ahora mismo en el solar de la Unión Europea (UE). Que los grandes de la banca, responsables directos del latrocinio que impropiamente hemos llamado crisis, van a monopolizar los resortes del poder real en la UE. Un inmoral abordaje consumado con la designación del Luis de Guindos a la vicepresidencia del Banco Central Europeo (BCE), el cañón Berta del sistema financiero incrustado en el mismísimo corazón de la eurozona. No se trata de aupar a una mujer al BCE, como sostiene cándidamente el PSOE al mismo tiempo que veta a Elena Valenciano para liderar al grupo socialista en Bruselas. El caso de Magdalena Álvarez, ex ministra de Fomento con Zapatero antes de presidir el Banco Europeo de Inversión (BEI), ahora penando en el banquillo de los ERE, demuestra que la cosa no va de feminismos. Lo determinante es que por primera vez desde su constitución, la institución que decide la política monetaria de los diecinueve sin el preceptivo control democrático, está en manos de ex representantes de los principales bancos de negocios del mundo.

Sin encomendarse nada más que a sus credenciales, desairando incluso el criterio de la cámara legislativa europea, el que fuera máximo responsable de Lehman Brorthers en España hasta el crac del 2008, acaba de aterrizar como número dos en el organismo que preside Mario Draghi. Un caso de libro de puertas giratorias. Guindos pasó de ocupar el puesto de secretario de Estado de Economía en el gobierno de Aznar a director del coloso de inversión norteamericano que provocó la crisis global y de aquí, con el aval de la experiencia público-privada acumulada, a titular de Economía, Industria y Competitividad en el ejecutivo de Rajoy. Su ideario económico la plasmó en un libro para la Fundación FAES que pregonaba las virtudes de la drástica reducción del gasto público y de la desregulación financiera y laboral.

Guindos formará equipo en el BCE con su superior jerárquico Mario Draghí, igualmente procedente del selecto club de políticos que han ostentado cargos directivos en la gran banca de inversión. En este caso, de la todopoderosa Goldman Sachs, el monstruo financiero al que el documental de Michael Moore, Capitalismo: Una historia de amor, señala como uno de los entramados que más contribuyó para que la crisis global desatada con la estafa de las subprime (hipotecas basura) fuera derivada sobre las espaldas de los contribuyentes. Así, el vicepresidente para Europa de Godman Sachs y su colega para España de Lehman Brothers, dos de los artífices de la barbarie económico-social que ha servido para justificar el derribo controlado del Estado de Bienestar, aparecen hoy al frente de la institución que rige los destinos de la UE.

Responder a la pregunta ¿cómo hemos llegado a esto?, implica el reconocimiento de la insolvencia de los partidos de izquierda y los movimientos sociales para expropiar a los expropiadores. Y ese fracaso se concreta en la incapacidad de las fuerzas progresistas a la hora de concienciar y movilizar a la mayoría ciudadana en favor de una ruptura democrática con el modelo hegemónico. La cultura dominante ha seguido siendo la de la casta dominante, favoreciendo un consenso narcotizante que no solo desmotiva el impulso de cambio sino que ha promovido las inclinaciones políticas más aberrantes. En el bicentenario del nacimiento de Carlos Marx sería puro espejismo mantener que el ser social determina la conciencia de clase. La sociedad del candil y la escasez de 1818 poco tiene que ver con el vértigo innovador de 2018, un panóptico en el que los aparatos ideológicos del Estado y el consumismo vocacional hacen estragos sobre la frágil naturaleza humana.

Solo así puede comprenderse que una ciudadanía racional acepte sin perturbarse que quienes están en el origen de sus desdichas reaparezcan consagrados como sus ogros filantrópicos. La esquizofrenia al poder. Lo demuestra el éxito de Enmanuel Macron, otro estadista en excedencia financiera, en este caso una franquicia de la “Casa Rothschild”, coronado por los franceses para clausurar el largo periodo de gobierno usurpado por socialistas y conservadores. Y a lo que parece con secuelas en España si se confirman las encuestas que pronostican el imparable ascendente de Ciudadanos, la formación política que los del “no pasarán” intentan exorcizar llamándola el “Ibex 35”. Claro que en nuestro caso llueve sobre mojado. En realidad eso de convivir con el maltratador está en la raíz de una Transición sin ética ni estética que se basó en poner en la misma balanza a víctimas y verdugos. Para los predictores del pasado que practican la ciencia económica, el oxímoron es de curso legal: el generoso rescate de los banqueros españoles con dinero público se tradujo en traumáticos ajustes estructurales y dolorosos recortes de derechos sociales para la gente corriente. Aunque en puridad el agujero fue provocado sobre todo por la cajas de ahorro quebradas por unos consejos trufados de “liberados” de partidos, sindicatos y patronal. ¡Brotes verdes! Cuenta cruelmente Varoufakis en su magnífico “Comportarse como adultos” que en Grecia la gente hacia chistes con “la idea de que los padres amenazaban a sus hijos con la posibilidad de legarles todas sus propiedades si no se portaban bien”.

Con la plana mayor de los bankers de la crisis instalados en la sala de máquinas de la Unión Europea (UE) y la sedicente izquierda política y sindical jugando al monopoly del statu quo, pocas esperanzas quedan de siquiera revertir lo perpetrado durante la infame década. Y esa es una claudicación histórica. Porque es en los momentos de zozobra del capitalismo cuando se han producido muchas de las más importantes conquistas sociales, siempre arrancadas al poder por la contundencia de la respuesta de la sociedad civil. Conviene recordar que el sufragio universal y el comienzo de lo que luego serían los sistemas de protección social (seguros de vejez, enfermedad, desempleo, etc.) fueron aprobados en Alemania por el conservador Bismarck, el muy autoritario “Canciller de Hierro”, para tratar de frenar la ofensiva puesta en marcha por un movimiento obrero plenamente consciente de que “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”. Sin nunca delegar la irrenunciable experiencia vital que nos hace personas: “No más deberes sin derechos, ni deberes sin derechos” (Estatutos y Reglamentos del primer Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra, Suiza, entre el 3 y el 8 de septiembre de 1866).

A veces ocurre. Pocas y excepcionalmente. El caso de Yanis Varoufakis, el ex ministro de Finanzas del gobierno de Syriza, y su relato Comportarse como adultos sobre las negociaciones con el BCE, la CE y el FMI para rescatar al país de la rapiña de la Troika, es una de esas rarezas en peligro de extinción. Una espléndida y valiente crónica del secuestro de las instituciones de la eurozona por el capital sistémico revelada por quien sí estuvo en el vientre de la bestia. Sin ahorrarse la autocrática por sus errores y meteduras de pata, Varoufakis confirma ese nuevo rapto de Europa y desmitifica a una sedicente izquierda que construye escenarios maniqueos para disimular su cuota de responsabilidad. “Una y otra vez, desde que empezó la crisis del euro –admite- he tenido que corregir mil veces un error fundamental de percepción, y que consistió en creer que todo esto es una pelea entre los alemanes y los griegos, entre el Norte y el Sur, entre un Berlín tacaño y una periferia europea despilfarradora. Todo lo contrario, los enemigos de la solidaridad, la racionalidad y la ilustración europea residen en Grecia, en Alemania, en Italia…en todas partes. Y lo mismo puede decirse de sus defensores”.

La mirada que ofrece un testigo de cargo como Varoufakis sobre la gestión de la crisis desde la perspectiva de la plutocracia financiera es de extraordinaria importancia para poder revertir sus efectos. Al cumplirse el décimo aniversario de su estallido, la voluntad popular expresada electoralmente es deprimente. Desde Alemania a Italia, pasando por Grecia y Francia, la socialdemocracia que lideró los treinta años gloriosos (1945-1975) del capitalismo de rostro humano, plasmados en el Estado de Bienestar, ha dado paso a una época de valores humanos devaluados por la tiranía consentida del homo oeconómicus. Un estigma que va mucho más allá de sus primeros efectos destructivos introducidos por las contrarreformas impuestas por la plutocracia para bandear la crisis., especialmente en lo referido al mercado de trabajo y de prestaciones sociales. En ese sentido, el ejemplo más tóxico es el de esos “sindicatos representativos”, que en su día contestaron esas medidas antisociales con sendas huelgas generales para que luego, en diferido, tener la desvergüenza de aplicarlas en su propia casa. No sólo hemos visto a CCOO y UGT ajustar sus plantillas con esos baremos de capataz, sino que incluso, caso de los tristemente famosos ERE, pueden constituir una importante fuente de financiación extra cuando esas centrales intermedian con las empresas para ejecutar los expedientes de regulación.

Al final, la cuestión sigue siendo la misma que planteo John Maynard Keynes, al admitir que: “[El capitalismo] no es un éxito. No es inteligente, no es hermoso, no es justo, no es virtuoso (…) En suma, nos disgusta y estamos empezando a despreciarlo. Pero cuando nos interrogamos sobre qué cosa lo reemplazaría nos quedamos perplejos”. El problema es que para escudriñar en esa dirección es necesario una nueva cultura que supere el estigma de esa incompetencia que nos corroe y que ha hecho del sistema vigente un ejército de leones guiados por asnos.

(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de Mayo de Rojo y Negro)

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