Eduardo Colombo y el imaginario ácrata

El Vaivén de Rafael Cid

Un Atlas que no incluya a la Utopía no merece ni siquiera una mirada,

pues excluye el único país donde la humanidad siempre anheló arribar”

(Oscar Wilde)

Rafael Cid

Menos citado que Osvaldo Bayer y más conocido que Christina Ferrer, Eduardo Colombo comparte con sus paisanos y compañeros en el pensar y sentir ácrata la reflexión sobre la Idea más allá de la doctrina del ideario. Nacido en Argentina, donde se hizo médico y trabajó en el diario anarquista La Protesta, y transterrado a Francia en 1970 a consecuencia del golpe de Estado del general Onganía, Colombo ha simultaneado el ejercicio profesional del psicoanálisis con la militancia libertaria, convirtiéndose en uno de los escasos renovadores del pensamiento anarquista. Como Cornelius Castoriadis, otro inspector de mentes con el que compartió méritos de la especialidad y debates políticos, sostiene que el problema de la crisis del paradigma humanista radica en el “imaginario social” hegemónico que asume una realidad injusta, patológica y criminal.

Frente al trabajo de Bayer, más historiador y narrador (centrado en el quién/quiénes del anarquismo), o el de Ferrer, más sociológico y ensayístico (empeñado en el qué de lo libertario), la reflexión de Colombo se ha dirigido sobre todo al cómo de la realización de la Idea. Buena parte de su obra indaga sobre los medios que tanto en el plano teórico como en el práctico, a escala individual o colectiva, permitirían alumbrar el tipo de sociedad horizontal, igualitaria y democrática que reclama la utopía anarquista. Y ello con un registro de partida específico: las personas asimilan a su pesar las relaciones de producción y de autoridad. Somos hijos de nuestro tiempo.

Esa temática seminal la abordó con singular perspicacia en una serie de entrevistas televisivas efectuadas en octubre de 2011 con motivo del Encuentro Interinstitucional Cornelius Castoriadis bajo el título de “La creación Humana”. En ellas Colombo deja constancia de su concepción revolucionaria ante el imperativo de romper el nudo gordiano del sistema, ese “síndrome de Estocolmo” que liga a los sometidos con sus malhechores. Con la advertencia de que <<las reformas parciales consolidan el sistema, (ya que) la sociedad es holística y no se modifica por las reformas parciales de alguno de sus elementos>>, se refirió a la problemática del <<sujeto autónomo en una sociedad heterónoma (…), esa estructura a partir de la cual se piensa>>.

<<Al anarquismo – insistió Colombo ante las cámaras ahondando en la problemática de la realización- se le ve pero no se le escucha. Porque las ideas centrales, antiautoritarias de base, son heterogéneas a la sociedad jerárquica. Y por eso su discurso pasa mal. Porque (para trasmitirlos) hay que recurrir a los elementos que la sociedad ofrece: medios de comunicación, líderes, etc. Bakunin ya dice que “en el rincón más oscuro del más abnegado hijo del pueblo duerme un policía”. Así, la sociedad ideal es imposible, pero el ideal de esa sociedad es lo que hay que defender>>. Argumentario que sirve al pensador para arreciar en la necesidad del cambio a través de momentos insurreccionales <<en los que se produce la irrupción de lo diferente, de lo excluido>>, como sostuvo en la primavera de 2013 durante el Encuentro Anarquista Internacional celebrado en Saint Imier (Suiza), localidad donde se reagrupó el ala antiautoritaria de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT)

Sin embargo, tales planteamientos ideológicos se ven enriquecidos y complementados en los textos del psicoanalista con investigaciones de carácter historicista, donde elucida vestigios de ese “imaginario ácrata” alternativo en el nicho de realidades pasadas escasamente divulgadas. Estudios como “La voluntad del pueblo”, “El espacio político de la anarquía” o “El imaginario social”, este último escrito junto a otros pensadores próximos a la escuela antiautoritaria (Castoriadis, Ansart, Lourau, Pessin, Bertolo), señalan reiteradamente en una dirección que parece responder al consejo del autor de Dios y el Estado: <<hay que de la vida a la idea; quien se apoya en la abstracción encontrará allí la muerte>>. De alguna manera, buena parte de la reflexión ideológica de Colombo es un intento denodado por esbozar “una filosofía política del anarquismo”, enunciado que aparece como subtítulo del segundo de los libros antes citados. Con la lúcida particularidad de que su incursión en esa “gaya ciencia” aúna lo macrosocial del planteamiento anarquista y lo microsocial de la perspectiva psicoanalítica

Siguiendo las huellas del último Castoriadis, el compromiso político de Colombo busca iniciativas para sus pesquisas en la rica y casi clandestina tradición de la democracia directa. Y muy especialmente en la experiencia polisémica que tuvo lugar en Atenas a partir de los siglos VII y VI antes de la era cristiana, igualmente menospreciada por haberse dado con un padrón de exclusión ciudadana (tesis desactivada y rebatida en sus grandes líneas por la helenista francesa Nicole Loraux en “La democracia puesta a prueba por el extranjero”). Todo ello en una aventura intelectual a contracorriente que pretende al mismo tiempo descubrir los mecanismos con que se construye en las personas ese “Estado inconsciente” de que hablaba su amigo René Lourau que permite una especie de partenogénesis institucional donde lo instituido lo es sin lo instituyente. La homeostasis del statu quo.

La incursión que efectúa Colombo en pos de un imaginario ácrata alternativo podría formularse bajo el dictado que hacía R. Von Ihering en “El espíritu del derecho romano” al mantener que “no todo lo que ocurre pertenece a la historia”. Desde esa atalaya intangible arranca su desmoche de lo oficial instituido, aclarando de la mano de Castoriadis que “la representación es un camino ajeno a la democracia” y en consecuencia refutando al “Estado como paradigma de la dominación justa”. Todo ello para recordar, y de ahí la pertinencia de la cita del jurista germano, que “el Estado en el sentido moderno del término, como instancia distinta y separada del cuerpo social, no existía”.

Pero los esfuerzos de Colombo por recobrar el verdadero espíritu de aquella primera democracia incompleta no agotan el potencial de la Idea anarquista. Con resonancias actuales, el argentino-francés rompe con el fetichismo de cierto izquierdismo sobrevenido que habitúa a extasiarse con un simplificador “desde abajo” como presunto aval democrático de su operativa. Colombo restituye al anarquismo sin adjetivos como algo más que un izquierdismo, mantiene que con “desde abajo” no es suficiente y remacha que la “ley de la mayoría” (una evocación de la “ley de número” del gallego Ricardo Mella) no supone la verdad política suprema. Y lo contrapone a los insobornables valores humanistas que inspiran al anarquismo hasta en sus declinaciones más pragmáticas: <<me niego a participar en una votación en donde fuera necesario decidir si la libertad es preferible a la esclavitud o si la teoría inmunológica de “la selección clonal” es verdadera>> (1).

Concluyo. Los ensayos de Eduardo Colombo aquí citados facilitan a quien los siga con espíritu crítico y ambición intelectual un arsenal de ideas para la subversión emancipadora que emparenta con aquella aguda sentencia del igualmente médico escritor portugués Miguel Torga “la única forma de ser libre ante el poder es tener la dignidad de no servirlo”.

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(1)Por esa constatación de que con “desde abajo no basta” y que la anarquía, aunque hundiendo sus raíces en la democracia directa supone una fase superior de la misma, quien escribe estas líneas tiene categorizado al anarquismo como Demo-Acracia.

(Nota. Este artículo fue publicado en 2015 en el periódico de la editorial LaMalatesta con ocasión de la Feria del Libro. Se reproduce ahora en memoria de Eduardo Colombo, recientemente fallecido en París a los 89 años de edad.

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