El militante número 1

José Asensio

El militante número uno no tiene un carnet que ratifique dicha posición orgánica pero él sabe a ciencia cierta que no hay militantes con su capacidad de análisis e implicación en la organización o, en todo caso, son tan escasos que los puede contar con los dedos de su mano izquierda. Es más, podría decir que nació militante, por tanto, no le han hecho falta grandes estancias en colectivos sociales o en la propia organización para saber que esta, su organización, y él son una conjunción inseparable.

El militante número uno se rodea de otros militantes que también saben que son primordiales, pero lo que importa es que los elige él y, además, forman parte de su círculo íntimo como no puede ser de otra manera entre compañeros. Y, sí, normalmente son compañeros. No por cuestiones machistas sino porque compañeras no es fácil encontrar de este nivel ya que siempre comparten la organización con otras muchas cosas y eso, claro está, resta implicación. Juntos hacen un trabajo que el resto de compañeros y compañeras de la organización nunca reconocen, de ahí, que tengan que ser ellos, siempre, los que den los dolorosos pasos que toda organización tiene que acometer. De hecho suele comprobar, y su círculo íntimo se lo ratifica, que la gente desaparece, abandonan el barco, cuando se toman las decisiones duras, las de verdad. De ahí que no le quede otra que delegar poco, solo en su círculo íntimo. Y cuando lo hace siempre está alerta porque sabe que solo él sabe tomar las decisiones más idóneas en cada momento.

Este militante tiene una visión del conjunto de la organización, de la sociedad y de todos los temas importantes como pocos pueden tener. Se debe principalmente a su genética militante mezclada con las dosis adecuadas de referencias simbólicas y de ciencias exactas. Es un experto en la vida orgánica, en la genealogía de la afiliación y, por lo general, se puede decir que sabe de todo aunque de vez en cuando reconozca que siempre está aprendiendo del resto del mundo.

Desde siempre le ha gustado que las cosas estén ordenadas, colocadas, para no perderse mucho en complicaciones, búsquedas y pérdidas de su valioso tiempo. Y, eso sí, nada de disparates, creaciones, cambios y ostias de esas modernas. La militancia es y seguirá siendo militancia, como siempre fue desde los tiempos del Bakunin.

El militante número uno no hace muchos informes. Es más de acción. Le parece un rollo burocrático tanto papeleo, tanta valoración, tanta literatura. Pero cuidado, no es que no quiera hacerlos. Si hay que hacerlos se hacen y punto.

Este tipo de militante controla la asamblea. Bien entendido, es como su medio natural. La prepara, la estudia, la dispone. Puro arte escénico. Y cuando hay que ponerse en su sitio, se pone y pone, faltaría más. No es una cuestión de mando es una cuestión de sentido común denominador.

Al militante número uno le gusta oírse. No porque los demás no tengan cosas que decir. No. Es porque él ya las sabe. Está familiarizado con todos los análisis que oye. Son tantos años de militancia que conoce la organización y sus cosas como nadie.

Es un militante que, por tanto, no puede tener mucho sentido del humor. Piensa, y con razón, que la cosa esta bastante jodida como para ir por ahí haciendo chistes de la cosa. Pero la cuestión del humor no es siempre así. En su círculo íntimo, la gente que bien lo conoce, comenta de él que es un tío cojonudo. Vamos un cachondo. Que da gusto oír como se ríe de todo y de todos. Eso sí, cuando hay que hacerlo, para quitar hierro al asunto de la cosa.

El militante número uno, no os creáis, tiene su corazoncito y su sensibilidad. En momentos de mucha tensión, sale en forma de rabia contenida. Incluso alguna lagrima furtiva, pocas veces, que “pa llorar a la iglesia”, piensa en voz alta. Es lógico. Solo él conoce, y su círculo claro, la dureza del terreno que pisa y la soledad del viaje. Y cuando llega a casa, también pocas veces, se derrumba y su pareja lo recoge. Cuando no ha tenido esa opción, su círculo y unas cuantas cervezas suplen esa circunstancia.

En fin, que las vicisitudes del militante número uno solo él las sabe, y en todo caso su pareja, pobrecita mía, y quienes somos nosotras para decirle nada y, menos aún, para cuestionar su actitud o recriminar su autoridad, física y moral.

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