El trabajo asalariado, siempre en rebajas

Artículos Perecederos

Antonio Pérez Collado

Con lo aficionada que es la gente a usar expresiones anglosajonas en cualquier ámbito, era más que previsible que la de low cost (antes de esta moda sería algo así como bajo coste) hiciera fortuna entre quienes quieren vender más o aspiran a “comprar duros a cuatro pesetas”. El mercado laboral no podía ser una excepción y vive un profundo proceso de abaratamiento de la mano de obra; low cost laboral que no solamente se limita a reducir drásticamente los salarios, sino que incluye también el recorte y la flexibilización del resto de condiciones (duración de los contratos, ayudas sociales, movilidad funcional y geográfica, distribución de jornada y vacaciones, etc.) hasta dejarlas a la caprichosa voluntad del patrón.

Tal es el deterioro de la calidad de vida y el proceso de pérdida de derechos, que se está produciendo a pasos agigantados la formación de una nueva clase social mucho más dispersa y desorientada del que estuvo el proletariado en sus comienzos. La notable diferencia es que los obreros de finales del XIX y principios del XX se sabían explotados y se sentían, aunque fuera de una manera emocional, parte de una misma clase trabajadora capaz de organizarse solidariamente para luchar por mejores salarios y unas condiciones laborales más humanas.

Evidentemente sigue existiendo esa enorme fuerza de trabajo, que todavía conserva un cierto nivel económico y los derechos sindicales básicos, pero no es menos evidente que su volumen y sus garantías se van reduciendo de forma imparable en todo el planeta. En pocos años esas condiciones mínimamente dignas sólo las conservarán en algunos países ricos (y no todos los sectores) mientras que en la mayoría del mundo industrializado se habrá producido un proceso de sustitución por personal que ya entra con otras retribuciones económicas mucho más bajas y con unos derechos prácticamente inexistentes. Si un milagro (muy improbable) o una reacción social (bastante complicada) no lo remedian, habremos entrado en la era de la precariedad galopando.

Las leyes laborales son tan laxas y los salarios han caído tanto que ya no importa si el contrato es indefinido o temporal; en cualquier momento se te puede despedir (con una indemnización la cuantía de la cual es poco menos que simbólica) y el contar con una ocupación tampoco es una forma de salir de la pobreza. Si a esto añadimos que se han recortado fuertemente servicios públicos (sanidad, educación, atención a discapacitado, ayuda a mayores, etc.) y prestaciones (seguro de paro, jubilaciones, invalidez y otras ayudas) veremos que una mayoría de la población está siendo excluida del reparto de la riqueza generada por el conjunto de la sociedad, que es acumulada de forma creciente por las grandes fortunas y los bancos.

Sería erróneo y poco riguroso culpar de esta grave situación al ogro capitalista en exclusiva. Y lo sería porque aun reconociendo la falta de escrúpulos y la ambición ilimitada de los amos de ese capital, que dejó de ser considerado enemigo irreconciliable por la vieja militancia sindical, bien es verdad que la clase explotadora ha contado con la inestimable colaboración de partidos y sindicatos teóricamente del bando obrero. Fundamental ha sido el papel de colaboración de la socialdemocracia en este proceso de integración de la clase trabajadora; bien es cierto que al principio este papel de domesticación y sumisión del proletariado se aceptó a cambio de algunas concesiones del sistema capitalista, mediante las cuales el proletariado de antaño tendría acceso al Estado de bienestar. Pero convertida la unidad de los trabajadores en una mera burocracia sindical, al capitalismo no le importó quitarse la careta y volver a utilizar sus viejas formas de explotar y acumular. Los partidos y sindicatos de izquierda, lejos de despertar y ponerse en su lugar (si es que su lugar está frente al capital) se han limitado a negociar y renunciar, proponiendo que las inquietudes y las reivindicaciones sociales se canalizan a través de las vías parlamentarias. Por otro lado, el hundimiento del que durante años (y a pesar de las muchas evidencias en contra) se consideró desde Occidente como el paraíso socialista –la URSS, y con ella todos sus satélites- vino a agravar la crisis del pensamiento de izquierdas. Y así nos luce el pelo al otrora orgulloso movimiento obrero en esta era de neoliberalismo económico e ideas conservadoras, para no denominarlas reaccionarias.

La precariedad, al contrario que la situación temporal de paro, supone entrar en una espiral de necesidades sin satisfacer, de pérdida de autoestima y gran deterioro de las relaciones sociales y familiares. Es vivir permanentemente esperando un trabajo cada vez más provisional y peor pagado; es pasear del ETT al Servef en busca de cualquier trabajo, es estar disponibles para acudir en zonas alejadas para colocarse en la temporada turística o las campañas de recogida de fruta, es, incluso, tener la maleta lista para emigrar a Europa o los EE.UU. dudando que las carreras universitarias cursadas sirvan para un poco más que ser camarero o dependienta.

Los datos que se van publicando no pueden ser más demoledores. Pero aunque siempre nos los endulcen con los éxitos macroeconómicos, hay una realidad que tenemos ante nuestros ojos: encontramos además gente pidiendo comer a la puerta de un súper, vemos además personas hurgando en los contenedores de basura, conocemos además familias que recurren a bancos de comer, casas de la caridad, etc. y más del 50% de los atendidos son ya españoles de nacimiento. Casi la mitad de trabajadores no llega a ingresar los 1.000 euros (el mileurismo, tan injuriado hace un par de décadas) y el 34% no supera los 707 euros del SMI. El paro real ronda el 20%, dos millones de ciudadanos traen más de dos años buscando infructuosamente un trabajo; aunque sea dentro de ese 92´7% que consigue la contratación temporal. Con este panorama no puede extrañarnos -aunque tendría que dolernos y preocuparnos- que muchas personas y hasta familias enteras tengan que residir en pisos compartidos, en habitaciones realquiladas y otras fórmulas todavía peores de malvivir.

Es evidente que también en el terreno laboral la tendencia low cost está produciendo pingues beneficios a una minoría que ya era rica, sin necesidad de exprimirnos hasta estos límites.

Antonio Pérez Collado

(Publicado en el llibret de la Falla Arrancapins)

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