Pandemonium

La Veranda de Rafa Rius

Barcelona en estos momentos es, por obra y gracia de sus políticos profesionales de uno y otro signo, un verdadero pandemónium en su doble acepción, de algarabía, griterío, alboroto, bulla, y de capital del reino infernal.

En mayor o menor grado, todos sus políticos son culpables de haber hecho imposible la convivencia, de haber destrozado el tranquilo discurrir de los días en una ciudad antaño acogedora y hospitalaria. Y no por reivindicar mejoras en las condiciones de vida de sus habitantes, tema en el que habría mucho de lo que hablar, sino por sacar a la palestra cuestiones de identidades catalanas o españolas tan metafísicas como retóricas y que en nada contribuyen a mejorar la realidad cotidiana.

Los unos porque confían en el órdago de una República Catalana de fantasía que, por su propia virtualidad, conseguiría solucionar los graves problemas que aquejan a la mayoría de las personas que allí habitan. Y que habitan, no lo olvidemos, en el seno de un predador sistema capitalista ultraliberal que para nada cuestiona la ansiada república. Problemas además, de los que algunos de los integrantes más conspicuos del independentismo (Sin ir más lejos, Puigdemont y su PdeCat-Convergència) han sido en gran medida responsables cuando estaban en el Govern.

Los otros porque, envueltos en la bandera que hasta hace poco decoraba la entrada a los estancos, reivindican las más puras esencias de una España ahistórica, inmortal e indivisible, regida por una monarquía impuesta por un asesino; una España gobernada por el corrupto partido factótum y correveidile de los verdaderos amos del Estado. Amparados en una amplia cobertura legal y judicial –y en un ejército, no lo olvidemos- que los mantiene más allá de cualquier peligro fáctico; protegidos por sus socios europeos, siempre temerosos de un posible contagio catalán en sus territorios, exhiben un menosprecio –y una ignorancia, cabe decir- frente a la cuestión catalana, que hace imposible de momento cualquier intento de diálogo tendente a desbloquear una situación enquistada, redundante y de la que no se vislumbra una puerta de salida.

Si el problema de fondo sigue siendo la división de la sociedad catalana en dos bloques numéricamente similares, si la única salida posible es el diálogo –y en eso parece que hay consenso- la pregunta del millón sería: ¿Quién o quienes podrían llevar a cabo esta titánica tarea?

Entretanto, un tango llora al doblar las inhóspitas esquinas de la ciudad, entonado por un argentino que pasaba por allí y que no entiende casi nada de lo que ocurre. Mientras, piensa: “Esta no es la ciudad de la que tanto me habían hablado”.

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