La democracia ante la distopía capitalista

El Vaivén de Rafael Cid

“Solo se supera lo que se suple”

(Carlos Marx)

Rafael Cid

Uno de los problemas políticos más acuciantes de la actualidad es el referido al papel que juega la democracia en el capitalismo. Si es determinante o viene determinado. Según sea el posicionamiento que le concedamos en el conjunto del sistema. Aunque, la teoría crítica parece decantarse por la idea de la parasitación. Según tal hipótesis, esta democracia, como ideal de gobierno entre libres e iguales, estaría sucumbiendo a la voracidad del capitalismo, quedando solo como una cínica justificación de sus fechorías. Con lo que la globalización del capitalismo en su formato neoliberal significaría el ocaso de la democracia genéricamente considerada. Y de ahí al relanzamiento de los populismos a diestra y siniestra habría un paso.

Existen incluso escuelas de pensamiento que explican la democracia como una forma sui géneris de capitalismo, o más en concreto, del capitalismo como un remedo democrático. Incluso se dan expresiones de consanguineidad pretendiendo que donde gobierna la democracia existe capitalismo y viceversa, extremo que se ha demostrado en la práctica radicalmente falso. Lo prueba el ejemplo de la China actual, un híbrido feroz y rampante de capitalismo salvaje y comunismo ortodoxo: un país con dos sistemas. Y luego, dentro de esa misma cohorte maximalista, tenemos la doctrina censora del autor del Choque de civilizaciones, Samuel P. Huntington, postulando que el mundo actual exige limitar la democracia porque su “exceso” provoca ingobernabilidad. Teoría que también se compadece mal con la opinión de los politólogos más perspicaces con la realidad actual que califican de “recesión democrática”

Pero muchas de esas concepciones beben en la teoría económica de la democracia desarrollada paritariamente por Max Weber en su influyente Economía y Sociedad y por el economista austro-norteamericano Joseph Alois Schumpeter en Capitalismo, Socialismo y Democracia, obra publicada en el temprano 1942, cuando el bloque comunista y el capitalista batallaban juntos contra el estigma nacionalsocialista. Luego vendría la obra de Robert H. Dahl, La democracia económica, con su creativa noción de “poliarquía” como el ropaje que adopta la democracia pluralista en las sociedades económicamente prósperas. Y ya en último lugar, el también propagandista de la “ciencia lúgubre”, John Kenneth Galbraith, quien en un texto considerado su testamento intelectual, La economía del fraude inocente, muestra las similitudes estructurales entre la empresa capitalista y la democracia, en la hora en que la baja credibilidad del sistema capitalista promueve a que se cambie su clásica denominación por la menos comprometida de “sistema de mercado”.

Weber sostiene que en el universo capitalista la democracia queda reducida a una selección de líderes, y considera que a esa declinación se llega por su inevitable impronta partitocrática. Es decir, por la profesionalización de la política que resulta inherente a las sociedades complejas. “La democracia directa exenta de dominación y la administración honoraria solo subsiste con carácter genuino en la medida que no aparezcan partidos como formaciones duraderas que luchen entre sí y busquen la apropiación de los cargos, pues tan pronto como esto ocurre, el jefe y el cuadro administrativo del partido vencedor – cualesquiera que sean los medios empleados- constituyen una estructura de dominación a pesar de que conserven todas las formas de dominación hasta entonces existentes” (Economía y sociedad). Y en su conocida conferencia La política como vocación, refiriéndose a Estados Unidos, remacha que los partidos funcionan como una empresa capitalista “cuya finalidad es la de obtener beneficios económicos mediante el dominio político de la Administración”. Con ello, Weber denuncia una colusión de intereses entre el partido, medio convencional para el ejercicio de la democracia, y el Estado que asume la representación de toda la sociedad.

El análisis de Schumpeter descansa sobre su famosa definición del capitalismo como “destrucción creadora”. Un continuo hacer y deshacer cuya síntesis siempre es de avanzada, concretado en un formato de modernización y ejecución de nuevas y más altas cotas de realización. Por ejemplo, esos grandes fondos de capital comprometidos contra el cambio climático al favorecer la economía verde y desinvertir en industrias contaminantes. Descripción que remite igualmente a los fines propios de toda organización capitalista. Es la lógica de la obtención del máximo beneficio con el mínimo coste, lo que supone estar siempre activado en modo innovación en el contexto de una suerte de darwinismo social. Y ello desde la perspectiva ya anticipada por Weber respecto a lo que debe entenderse por democracia en la actualidad: “Aquel sistema institucional, para llegar a las decisiones políticas, en el que los ciudadanos adquieren el derecho a decidir por medio de una lucha de competencia por el voto del pueblo”. (Capitalismo, socialismo y democracia). Estaríamos en la visión unidimensional del individuo como homo oeconomicus, un ser egoísta y maximizador de utilidades que relega a solidaridad a un segundo plano de compromiso.

Dahl, por su lado, parte de la comparativa libertad-igualdad, en línea con lo dicho por Alexis Tocqueville, para enmarcar la pugna entre democracia y capitalismo. Así afirma: “La libertad es un bien de suprema importancia, tal vez incluso superior a la igualdad; pero el amor a la igualdad es mayor que el amor a la libertad. En consecuencia, mientras es seguro que la igualdad irá avanzando, la supervivencia de la libertad es dudosa” (La democracia económica). Prevalencia que, a su entender, contribuirá a “crear, a largo plazo, una sociedad sumamente atomizada de individuos y familias aislados, y a generar entre una mayoría apreciable de gente un apoyo a favor de un régimen que se comprometa a satisfacer los deseos populares generalizados de seguridad, ingresos, vivienda, bienestar, etc., a la vez que recortar drásticamente los derechos políticos y destruye el proceso democrático” (Ibíd.)

Para este pensador, por tanto, es la extensión del capitalismo en su vertiente consumista-populista lo que supone una amenaza cierta para la democracia, bastión de libertades, deduciendo que la solución a esa deriva pasaría por invertir los términos de la combinación. Lo que para Dahl entrañaría llevar el espíritu de la democracia al núcleo mismo de la unidad de producción. “Una empresa también se puede considerar, al igual que el Estado, como un sistema político en el que existen unas relaciones de poder entre los gobiernos y los gobernados. En cuyo caso, ¿no sería pertinente reclamar que la relación entre gobernantes y gobernados cumpla los criterios del proceso democrático, como acertadamente exigimos en el ámbito del Estado?” (Ibíd.). Pregunta a la que él mismo da respuesta al afirmar taxativamente que lo que debe unir a democracia y economía es “la libertad [de los seres humanos] de participar plenamente en el proceso de autogobernarse” (Ibíd.).

Finalmente el norteamericano Galbraith, sin renunciar a su tradicional avatar socialdemócrata, sitúa el problema existencial de la actualidad en la abismal distancia existente entre la realidad económica y la sabiduría convencional, porque “el engaño y la falsedad se han hecho endémicos”. En este orden de cosas sostiene Galbraith: “En el sistema de mercado, repitámoslo, el poder definitivo reside en quienes deciden comprar o no comprar; matices aparte, es el consumidor el que detenta el poder último, es su libre elección la que moldea la curva de la demanda. Así como el voto confiere autoridad al ciudadano, en la vida económica la curva de demanda otorga autoridad al consumidor” (La economía del fraude inocente).Un sistema de dinámica hegemónica y plenipotenciaria, del que es muy difícil escapar sin caer en la exclusión al haberse metabolizado especularmente como uno de los roles que confieren validez al comportamiento político democrático. “Al igual que el votante, el comprador tiene derecho a realizar una elección independiente u optar por no hacer nada (…) Sin embargo, la existencia y ejercicio de tal poder de elección no reduce la capacidad de seducción del mercado” (Ibíd.).

Expuestas estas pautas doctrinales, si hubiera que buscar una analogía de la acción corrosiva del capitalismo provoca sobre la democracia podríamos encontrarla en el ámbito de la patología. Metafóricamente, sería como el cáncer invasivo destruyendo el tejido celular, base de la vida. Enfermedad, que al igual que sucede con el sistema de mercado, parece adquirir mayor visibilidad y virulencia en el contexto del modelo actual de desarrollo industrial y tecnológico, y cuyas metástasis contribuyen a deteriorar gravemente el sistema inmunitario del receptor hasta casi anularlo. El cáncer es al organismo como el capitalismo a una democracia sin atributos, y el umbral de no retorno se sitúa cuando los agentes de la distopía capitalista desplazan totalmente a los valores de la democracia impidiendo su regeneración.

Llegado ese inminente colapso, la única prueba de vida para atajar el proceso mórbido consiste en poner a una democracia exigente y militante en el centro de la existencia individual y social. La extraordinaria resiliencia del capitalismo estriba, copiando a Carlos Marx, en que “solo se supera lo que se suple”, porque la naturaleza tiene horror al vacío. Y en este extremo, lo cierto es que el modo de vida capitalista se ha impuesto a la conciencia democrática, confirmándose el pronóstico de Dahl. La pregnancia implícita en el modo de producción a escala hace muy difícil su sustitución plena y eficiente, y cualquier reforma introducida que no sea radical y estructural concluye como un relanzamiento, porque incuba en la gente la obsolescencia de la conciencia de su libertad. Se piensa como se vive en vez de vivir como se piensa. El democrático derecho a decidir (autodeterminación) se supedita a la mercantil libertad de elegir (votar y consumir). Es decir, el capitalismo se formula en su materialidad con una religión en cuanto a su capacidad de dotar un imaginario de representaciones que satisfaga las percepciones de la sociedad.

La política, en su clásica declinación aristotélica, es el arte de lo posible, y la democracia, la forma más humana y equalibertaria (no existe lo uno sin lo otro: van en tándem) de cumplir esa opción vital, la experiencia autónoma realizada (horizontal y cooperativa). De ahí que todas las energías de la política deban encaminarse a impedir que la economía, concebida la explotación de recursos escasos susceptibles de usos alternativos para satisfacer necesidades humanas, sea secuestrada por el capitalismo, que es un medio tóxico (heterónomo, jerárquico y competitivo) de metabolizar la economía canibalizando la democracia. La democracia no una panacea universal que todo lo resuelve, pero si es el humus de la sociedad entendida como un ecosistema de valores compartidos. La democracia no hace más felices a los seres humanos, simplemente los hace humanos. Recurriendo una vez al Bakunin de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, conviene concluir reiterando esa máxima indispensable que dice: “libertad sin socialismo es privilegio e injustica, y socialismo sin libertad esclavitud y brutalidad”.

(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de Enero de Rojo y Negro)

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