Bye bye Lenin, hello Vladimir

La contraofensiva de la “hipótesis comunista” tras la derrota del comunismo real

El Vaivén de Rafael Cid

2017 se cierra con un poltergeist político-ideológico de colosales proporciones. Un espacio de celebraciones y conmemoraciones para el pensamiento y la acción transformadora que apenas ha tenido repercusión pública. El centenario de la Revolución Rusa de 1917 y el no menos trascendente 150 aniversario de la aparición de primer tomo de El Capital, la biblia del materialismo histórico escrita por Carlos Marx. Dos hechos de enorme trascendencia que han carecido del relieve y la épica que podría esperarse dada su innegable proyección histórica. Y no porque se hayan publicado pocos libros y estudios sobre los dos acontecimientos, evaluando desde la altura del tiempo presente lo que supusieron en el devenir de la humanidad. Manifestaciones de calado se han producido profusamente, enriqueciendo la perspectiva existente en torno a ambos fenómenos. Pero han tenido lugar casi exclusivamente en el plano del mundo académico y editorial, alejados del pulso de las masas.

Ciertamente, lo sorprendente ha sido el escaso eco que estos eventos han suscitado entre el movimiento comunista internacional, y en sus organizaciones más representativas. Una referencia aquí, una recensión allá, pero nada parecido a una auténtica recuperación de los valores que dichos sucesos encarnan. Sobre todo porque la reciente crisis financiera global y su brutal impacto sobre la clases trabajadoras parecía ofrecer una oportunidad única para demostrar la vigencia de sus propuestas. Es cierto, que han sido numerosos y casi recurrentes los artículos y reflexiones postulando la vuelta a Marx como fórmula para comprender la verdadera naturaleza de este crac social inducido. Pero no específicamente en cuanto al Octubre Rojo, quizás porque hoy ni la Rusia heredera de la URSS, ni la China postmaoista, los dos grandes baluartes de la praxis marxista-leninista, representan modelos emancipadores a imitar. Todo lo contrario, son el ejemplo deprimente de un espejismo que terminó en colapso distópico para luego abrazar lo que refutaban.

Hasta tal punto ha sido deliberado el “olvido” de aquellos fastos revolucionarios que en algunas latitudes, como España, ha dado la impresión de reivindicarse solo la parte traicionada de aquella gesta revolucionaria, debido a la publicación de trabajos sobre la participación anarquista en los hechos (revuelta de Kronshtdat, la Majnóvshina, etc.). La excepción de esta tónica minimalista la proporcionaron los trabajos de

Pero las apariencias engañan. El que, a esos efectos, 2017 haya sido estéril no quiere decir que no exista una vigorosa movilización ideológica, política e intelectual en favor del relanzamiento del ideal comunista. La hay y muy poderosa. Lo que ocurre es opera como una refundación que evita incurrir en los aspectos más sórdidos y negativos de lo que fue esa experiencia en el siglo XX. Los “nuevos jacobinos” anticapitalistas reniegan sin miramientos del estalinismo y sus secuelas depredadoras. Incluso incorporan en su discurso una depuración epistemológica que afecta a aspectos hasta ayer considerados pilares para la ejecución revolucionaria, como el partido (único), el Estado y hasta el concepto de la clase obrera como exclusivo sujeto revolucionario. Un cambio de paradigma que introduce un nuevo campo de definición con el que se pretende remitir la causa de la lucha por la emancipación al previo del desencuentro de la Primera Internacional entre socialistas autoritarios y antiautoritarios. Razón por la que sus ecos han sido contemplados con cierto aprecio por algunos sectores del anarcosindicalismo, mutatis mutandi, situando la emergente “hipótesis comunista” en las coordenadas del mito revolucionario promovido por Georges Sorel.

De esta forma lo que entonces habría sido considerado un anatema contra la fidelidad ideológica, hoy emerge como la aportación revisionista necesaria para triunfar donde el comunismo antes capotó estrepitosamente. Tienen a su favor estos pensadores contracorriente la aceptación del término “lo común” en la caja de herramientas con que se combate la barbarie capitalista de última hornada. Frente al privatismo insolidario que fomenta el neoliberalismo cada vez se alza con mayor fuerza la estrategia de “los comunes” para avanzar en una transformación de la realidad que acabe con la desigualdad estructural de una economía caníbal, basada en la expoliación de los recursos por una oligarquía avasalladora.

No obstante, todo apunta a que el momento elegido para reactualizar las tesis comunistas in nuce será el próximo año 2018, con ocasión de cumplirse dos siglos del nacimiento de Marx, cuya glosa de El Capital un año antes se habría distorsionado por coincidir con la estela funeraria dejada en la praxis por la Revolución Rusa. Esta selección natural revela una especie de ruptura epistemológica del corpus marxista en plasmación histórica que llegaría desde el joven Marx hasta el Lenin de El Estado y la Revolución (también en su centenario). Exégesis que consideraría casi todo lo surgido con posterioridad, y en especial el troquelado de corte faraónico-estalinista, como ajeno a la genuina disciplina marxista.

¿Quiénes son los nuevos profetas que lideran esa epifanía de los comunes sobre las cenizas del otrora comunismo histórico? Una filósofa y dos influyentes y prolíficos politólogos, temibles polemistas y maestros de la agitación de masas en el torbellino multidisciplinar de la sociedad-red. La belga Chantal Mouffe, el francés Alain Badiou y el esloveno Slavoj Zizek. También profesores de filosofía, uno (Badiou) en la École Normale Superieur de París y otro (Zizek) en el Birkbeck College de la Universidad de Londres, que han conseguido volver a situar el tema de la revolución comunista en el centro de los debates de la modernidad tardía. Intelectuales globales mutuamente seducidos por la obra del filonazi Carl Schmitt y el menosprecio de las tesis democráticas de Hannah Arendt, que <<se benefician de la cultura de la celebridad que impulsa el compulsivo formato de expansión capitalista>>, según John Gray (Las violentas visiones de Slavoj Zizek. The New York Review of Books. Junio 2013).

La historia después del “final de la historia”

Resignación total, rendición incondicional. Eso era lo que parecía esperar a la humanidad cuando el derrumbe del “socialismo real” en el periodo 1989-1991 dejó al capitalismo como sistema hegemónico. “El fin de la historia”, según la conocida expresión de Francis Fukuyama. “El hombre unidimensional”, que pronosticara Herbert Marcuse como indeseable legado de una civilización industrial cosificada. Sin rival que se le opusiera, el capitalismo imperaba globalmente, como el mejor de los mundos posibles. La utopía realizada. Una culminación civilizatoria en la línea del idealismo absoluto proclamado por Hegel: <<todo lo racional es real, y todo lo real es racional>>. Con el añadido en la esfera política de homologarse como el segundo apellido de la democracia. Se inaugurara así la era de la santa alianza entre capitalismo y democracia. Lo que en la práctica significaba asumir la vieja prescripción leninista que tildaba de “democracia formal” al régimen existente bajo el capitalismo. Un placebo, un trampantojos. También un “significante vacío”, en el léxico del mentor de la “razón populista” Ernesto Laclau.

Y en eso llegó China con su efecto bumerán. Uno de los principales exponentes del comunismo realmente existente echaba por tierra ese temerario sincretismo. El coloso asiático, que durante décadas había sido el mayor laboratorio vivo del marxismo-leninismo, devendría en el encargado de refutar la feliz clausura de la larga marcha de la humanidad hacia su plena realización. El país de los dos sistemas. Un comunismo espartano, de rancio abolengo, copulando imperturbable con el capitalismo salvaje en una sociedad panóptica de desigualdades abismales. El mensaje resultante era obvio. Existía una especie de gobierno de concentración mundial capitalista urbi et orbi, pero la democracia no era un mero espantapájaros para blanquear sus efectos más perniciosos y lograr la aprobación silente de los sometidos. En las dos tradiciones, la vigente del capitalismo de Estado y la heredera del socialismo de Estado, el capitalismo era el fiel de la balanza y el Estado su garante.

Semejante escenario, pautado después de la política de bloques, necesitaba un pensador que pusiera orden en el pentagrama y señalara el camino de “la historia después del fin de la historia”. Esa persona fue la profesora de Teoría Política de la Universidad de Westminster (Inglaterra) Chantal Mouffe con sus reflexiones sobre la democracia radical, ampliamente expuestas en un ramillete de libros. El primero, Hegemonia y estrategia socialista, originalmente publicado en 1985, fue escrito junto a su marido Ernesto Laclau, y en él todavía se aprecian vestigios del legado marxista que les inspiraba, aunque sea desde la distancia crítica. Será después del ocaso del comunismo soviético cuando sus textos ahonden en la especifidad que habrá de caracterizar toda su obra a futuros. Hablamos sobre todo de El retorno de lo político, La paradoja democrática y En torno a lo político, textos todos ellos concebidos cuando parecía más seductor intelectualmente el “efecto Fukuyama”. Ahí se desgranaran las claves del anticapitalismo sobre las que luego, Baidou y Zizek, sus más lúcidos intérpretes, relanzarán la necesidad de mantener viva “hipótesis comunista” sobre las cenizas del comunismo institucional.

Parte Mouffe de reconocer que las categorías clásicas del marxismo son insuficientes para diagnosticar en qué forma superar la gangrena capitalista. <<Lo que está actualmente en crisis es toda una concepción del socialismo fundada en la centralidad ontológica de la clase obrera, en la afirmación de la Revolución como momento fundacional en el tránsito de un tipo de sociedad a otra, y en la ilusión de la posibilidad de una voluntad colectiva perfectamente una y homogénea que tornaría inútil el momento de la política>> (Laclau-Mouffe, 2004, p.28). Pertrechada con esa convicción, emprende la tarea de deconstruir lo que intuye como piedra de toque de la sostenibilidad cultural del capitalismo: el falso pluralismo liberal. Para ello Mouffe hace entrar en la escena del poder, que considera la esencia de la realidad social, al antagonismo, que encarna el conflicto con el enemigo, frente al agonismo, actitud discrepante y conciliadora esgrimida ante el simple adversario. <<El enfrentamiento agonal, lejos de representar una peligro para la democracia, es en realidad su condición misma de existencia>> (Ibídem, p.16). Añadiendo a continuación de la mano del teórico prohitleriano Carl Schmitt que <<tenemos que aceptar con Schmitt que el fenómeno de lo político solo puede entenderse en el contexto de la posibilidad siempre presente de la agrupación amigo-enemigo>> (Ibídem, p.175). Dialéctica de contrarios, de amos y esclavos, que, aunque con distinta formulación, ya se encontraba presente en la Introducción de Marx a la Filosofía del Derecho de Georg W. Friedrich Hegel :<<Para que una clase determinada sea la clase liberadora por excelencia, otra clase debe, por lo tanto, ser la clase evidentemente opresora. El valor general negativo de la nobleza y el clero franceses determinaba el general valor positivo de la burguesía que era una realidad y se contraponía a aquéllos>> (Hegel, 2009, p.20).

Esa beligerancia por restablecer lo que en el marxismo-leninismo suponía la “lucha de clases” lo entiende la autora imperativamente ante la necesidad de liberar lo político, patrimonio común de todos los ciudadanos, de la camisa de fuerza del supremacismo económico en que fue subsumido por el pathos imperante. <<Dado el actual énfasis en el consenso, no resulta sorprendente que las personas estén cada día menos interesadas en la política y que la tasa de abstención siga creciendo>> (Mouffe, 2007, p. 31). Un solipsismo fomentado por un sistema que, a decir de Mouffe, conduce inexorablemente a la “paradoja democrática” de que la <<propia idea de una posible alternativa al orden existente haya quedado desacreditada>> (Ibídem, p 22). Con lo que el único que resta para acceder a lo político es romper el tabú pactista con todas las consecuencias:<<Al excluir el reconocimiento de que no es posible erradicar la violencia, hace que la teoría democrática sea incapaz de aprehender la naturaleza de “lo político” en su dimensión de hostilidad y antagonismo” (Ibídem, p.144).

La hipótesis comunista después del comunismo

Sobre este poderoso caldo de cultivo, sazonado con unas gotas de postestructuralismo lacaniano pret a porter, proyectaron el señuelo de la “hipótesis comunista” un ex maoísta y admirador de su funesta revolución cultural, el veterano Badiou, y un antiguo candidato a la presidencia de Eslovenia por el Partido Liberal Democrático, el agitpro heavy metal Zizek. Ellos serán los encargados de llevar la buena nueva de la “hipótesis comunista” a las multitudes que se han quedado huérfanas de ilusiones emancipatorias. El primero rompiendo amarras con su pasado político como discípulo preferido del roqueño Louis Althusser, el creador de la expresión “ruptura epistemológica” para diseccionar maniqueamente el Marx científico (el de El Capital) del Marx ideológico (el de Los Manuscritos económicos y filosóficos). El segundo incorporando a su pantagruélico arsenal intelectual la sabiduría trending topic de la cultura popular. Un tándem que parece buscar la redención comunista (una suerte de negacionismo) en la huella del aquel comentario, “teníamos razón por motivos equivocados”, atribuido con otra intención al escritor húngaro y “camarada” Arthur Koestler. Dos obras, ¿Qué hacer? y Repetir Lenin, de claras remembranzas revolucionarias, ilustran sobre el imago mundi< que ofertan estos autores.

¿Qué hacer? es un libro a dos voces. Un encuentro entre un filósofo neomarxista, Alain Badiou, y un historiador liberal, Marcel Gauchet, que sirve como piedra de toque para explorar en profundidad lo que significa la “hipótesis comunista” como fértil alternativa anticapitalista más allá de la democracia verbalizada. Intercambio de pareceres que sirve de entrada al antiguo maoista para ajustar cuentas con la tesis de Hannah Arendt equiparando a nazismo y comunismo en el mismo expediente totalitario. Sostiene Badiou: <<Por mucho que se investigue y se ponga de relieve un parentesco formal, nazismo y comunismo, lo repito, difieren de medio a medio en el plano de los valores movilizados, las subjetividades enfrentadas, la significación internacional de sus ambición>> (Badiou y Gauchet, 2016, p.63). Una discriminación sesgada de unilateralidad, puesto que esa misma diferenciación decae en al emparejar capitalismo y democracia, que es la excusa utilizada para acreditar el relanzamiento de la “hipótesis comunista”.

Lo expuesto en el libro, que lleva el subtítulo clarificador de El capitalismo, el comunismo y el futuro de la democracia, sirve a Badiou para desgranar los términos en que este comunismo new age se diferencia del histórico con sus luces y sus muchas sombras. <<Ahora bien, un comunismo estatizado es un oxímoron, una aberración insostenible desde el punto de vista del propio Marx, cuyo proyecto fundamental implica la extinción del Estado y que, en lo tocando a la sociedad comunista, habla de libre asociación>> (Ibídem, p.72). Descalificación de aroma libertario que desmerece en su credibilidad cuando corrige a medias tintas: <<Lenin tiene parte de responsabilidad en esta cuestión, toda vez que, ya lo he dicho, construye el Estado a imagen del partido militarizado. Sin embargo, en el fondo está de acuerdo con Marx. La inanidad de un comunismo delegado en el Estado se afirma de manera explícita en El Estado y la Revolución>> (Ibidem, p.73). Aunque, para no dejar dudas sobre su pronunciamiento antiestatista, insiste: <<A mí entender todo Estado tiene una dimensión criminal intrínseca. Porque todo Estado es una mezcla de violencia e inercia conservadora (…) El Estado es incluso lo contrario de la auténtica política. La adhesión al Estado o al partido produce siempre una despolitización subjetiva>> (Ibídem, p.75). Todo ello, y paradójicamente, sin renunciar al “uso legítimo de la fuerza”, que es uno de los atributos clásico de la forma Estado. Lo hace cuando su interlocutor le reprocha su apoyo a la “dimensión criminal” de la Revolución Cultural maoísta:<< Estoy acostumbrado a esa objeción. El tanteo de los muertos es la dimensión cero de la polémica política (…) ¿Cómo imaginar que una lucha por una reorientación total del poder, por una refundación integral de la forma misma del Estado, pueda hacerse sin importantes estragos humanos y materiales?>> (Ibídem, p. 81).

Este esquema se completa con dos últimos flases sobre cómo entiende la “hipótesis comunista” el padre de la idea. Así asegura: <<se denominará comunismo a la posibilidad y la búsqueda de una unificación, en un proceso histórico real, de estas tres dimensiones: desprivatización del proceso productivo; extinción del Estado, reunión y poliformismo del trabajo>> (Ibídem, p. 91) y <<Creo que el destino de la Humanidad en su posibilidad de inventar, en las condiciones del presente, una modernidad no capitalista>> (Ibídem, p.198). Con las pertinentes variables temporales, ese es el arsenal ideológico que aborda Badoiu en la mayor parte de su producción como insurgente político-intelectual desde que en 1967, siendo un althusseriano convicto y confeso, escribiera el panfleto El (re)comienzo del materialismo dialéctico.

El matrix de lo políticamente subversivo

Slavoj Zizek representa la excepción de la regla del alumno que llega a eclipsar al maestro. La extraordinaria capacidad creativa de este plusmarquista de la agitación cultural ha hecho que su ingente obra se estime como una de las aportaciones teóricas más sugerentes del actual panorámica anticapitalista. Es un Badiou elevado a la enésima potencia en cuanto a fecundidad intelectual. También en lo que se refiere a su “falta de escrúpulos” a la hora de reivindicar orgullosamente opciones y trayectorias políticas impugnadas por su desastrosa experimentación. Su Repetir Lenin, publicado en 2002, es un ejemplo de esa contumacia, una forma de repensar la necesidad de romper los consensos de que habla Mouffe para desenmascarar a la democracia. Algo que recuerda aquel “cuanto peor, mejor” del dirigentes blochevique, que el propio Zizek verbalizó cuando se felicitó públicamente por la victoria de Donald Trump sobre Hillary Clinton, “el verdadero peligro”. Baste decir que el capítulo tercero del libro lleva por título La grandeza interna del estalinismo.

Repetir Lenin incide en el espíritu que anima la hipótesis comunista al valorar al alma de la Revolución Rusa no por lo que hizo sino por lo que pudo haber hecho. Un juicio de intenciones que permite a Zizek adjudicar a boleo virtudes y admoniciones al margen del veredicto de los hechos. Por ejemplo, en su análisis del vaivén nación-comunidad a beneficio de esta última: <<En última instancia la nación misma se está convirtiendo en una mercancía experiencial: compramos cosas que nos permiten sentirnos a nosotros mismos como miembros de una nacionalidad>> (Zizek, p. 101). Como si, en línea con cierto romanticismo reaccionario, buscara en las formas de organización social previas a la hegemonía del capitalismo, las fuentes de inspiración para la revolución pendiente. En este sentido se pregunta si << ¿No es la nación el espectro insepulto de una Comunidad que comienza a asediarnos una vez que el mercado acaba con las comunidades vivientes orgánicas? La nación es una “comunidad imaginada” no solo en el sentido de que su base material son las mass media (la prensa) y no la relación directa entre sus miembros; es “imaginada” también en el sentido más radical de un “complemento imaginario” de la realidad social de desintegración y de antagonismos irresolubles>> (Ibídem, p.101). Si la polis es una ficción al servicio del mercado la democracia que la parió carece de credibilidad.

Otros trabajos, igualmente irreverentes y por tanto fluyentes, como <En defensa de la intolerancia, ¿Quién dijo totalitarismo? o Robespierre virtud y terror, trazan el mapa de posición de un Zizek que ha logrado convertirse en un hacedor de best-sellers, aunque a menudo la complejidad de su pensamiento haga dudar de hasta qué punto es comprendido por sus incontables fans. En el primero título hace la crítica de la tolerancia represiva que iniciara Marcuse, anclándola al multiculturalismo:<<La forma ideológica ideal de este capitalismo global es el multiculturalismo: esa actitud que, desde una hueca posición global, trata todas y cada una de las culturas locales de la manera en que el colonizador suele tratar a sus colonizados: autóctonos cuya actitud hay que respetar>> (Zizek 2007, p.56). Actitud que el esloveno desliza hasta el debate transgénero estimando <<que va de la mano con la tendencia general de la ideología dominante actual (…) Y no es fácil distinguir en esta fantasía de un mundo pacífico la fantasía de una sociedad sin antagonismos sociales, en resumen, sin lucha de clases>> (Zizek, http://horizontal.mx/lo-sexual-es-politico/). Un argumentario calcado acaba de servir al estalinista Partido Comunista Griego (KKE) para oponerse a la aprobación de la ley de derechos para personas LGTB porque  “estas teorías llevan a la negación de las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, negando la objetividad de la identidad de género”(http://kaosenlared.net/partido-comunista-griego-kke-se-opone-la-ley-transgenero-defiende-la-familia-heteropatriarcal/)

Con el segundo, subtitulado Cinco intervenciones sobre el (mal) uso de la noción, arremete contra Hannah Arendt y denuncia el uso del concepto totalitarismo como un subterfugio:<<El totalitarismo es la modernidad deformada: llena el hueco abierto por la propia disolución moderna de todos los vínculos orgánicos tradicionales (…) De esta forma, el liberalismo consigue asociar los nuevos fundamentalismo étnicos y (lo que queda de) los proyectos emancipatorios de la izquierda como si estas dos realidades estuvieran íntimamente relacionadas>> (Zizek 2002, p.15-16). Y en el tercero, una introducción situacionista de algunos discursos de tribuno de la plebe, traza una línea maniquea entre la violencia de Estado y el terror revolucionario:<< El problema a este respecto no es el terror como tal: nuestra tarea consiste precisamente en reinventar un terror emancipatorio>> (Zizek 20016, p.25). Con este propósito recurre al Merleau-Ponty de Humanismo y Terror y al Walter Benjamin de Crítica de la violencia para exonerar a la “violencia inocente” de los que luchan por la causa comunista:<<Y esto nos lleva a la paradójica conclusión de que la dictaduras del proletariado es otro nombre de la violencia de la propia explosión democrática>> (Zizek 2016, p.37).

Finalizamos. La veta que una a estas tres tendencias reaccionarias del comunismo, en cuanto partidarios de sus recreación vía “hipótesis comunista” (Badiou y Zizke) o “populista” (Mouffe), es el alumbramiento del ideólogo del nacional-socialismo, Carl Schmitt, como su “maitre penseur” y la elevación de la doctrina “amigo-enemigo” al nivel de “mainstream” de su inspiración teórica. Marx, Lenin y Schmitt orbitando entorno a una nueva teoría revolucionaria capaz de poner fin a la patología capitalista en la era del neoliberalismo global. Sin disimulos ni reservas Mouffe, Badiou y Zizek afirman la vigencia de las fórmulas del jurista que dio pábulo científico-académico al régimen nazi para la causa de la emancipación social.

De esta forma lo expresa Chantal Mouffe en su escrito El desafío de Schmitt, que da nombre a un libro colectivo glosando su gradiente intelectual: <<A pesar de sus defectos morales, es un pensador importante cuya obra sería un error descartar solo debido a su apoyo a Hitler en 1933>> (Mouffe 2011, p.11). Advirtiendo, no obstante su profesada estima, que por lo que aboga <<no es una suerte de schimittismo de izquierda que acordaría con Schmitt en que el liberalismo y la democracia son contradictorios y concluiría que, por lo tanto, es necesario descartar el liberalismo (…) Pensar tanto con como contra Schmitt, ese es el impulso de nuestro emprendimiento en común>> (Ibídem, p.17).

De parecido criterio es el tono del texto de Slavoj Zizek que se reseña en el mismo volumen. En Carl Schmitt en la era de la post-política, habla del padre del “decisionismo político” con parecido merecimiento aunque con la habitual charlatenaria de alta alcurnia a que nos tiene acostumbrados este Da Vinci 3.0. En este sentido recuerda que el mérito de Schmitt radica en que <<lejos de afirmar la posición propia de lo político, agrega la versión más astuta y radical de este repudio, lo que nos sentimos tentamos de llamar “ultrapolítica”: llevar el conflicto al extremo, mediante la militarización directa de la política, para intentar despolitizarlo>> (Ibídem, p.49). Rematando con una declaración de parte superadora de las estrictas pautas schmittianas: <<(…) la forma de contrarrestar esa ultrapolítica reemergente no es más tolerancia, más comprensión y entendimiento multicultural, sino el regreso de lo político propio, es decir, la reafirmación de la dimensión del antagonismo que, lejos de negar la universalidad, es consustancial con ella (…) los verdaderos universalistas no son quienes predican la tolerancia global de diferencias y la unidad que todo lo abarca, sino quienes se comprometen con una lucha apasionada con la afirmación de la Verdad que los fuerza>> (Ibídem, p.57). Se desconoce si cuando Zizek escribió estas líneas tenía delante lo escrito por Adolf Hitler en Mein Kampf (Mi lucha).

La “hipótesis comunista” para resucitar la idea del comunismo del fracaso histórico del comunismo realizado, sigue mostrándose como un modelo autoritario que desprecia la libertad humana como una quimera y considera la democracia como un obstáculo contra su destino manifiesto.

(Nota. Este trabajo se ha publicado en el último número de la revista Libre Pensamiento)

Bibliografía

Badiou, Alain y Gauchet, Marcel. ¿Qué hacer? Barcelona: Edhasa, 2016.

Hegel, Georg W. Friedrich: Filosofía del derecho. Buenos Aires: Claridad, 2009.

Hegel, Georg W. Friedrich: Filosofía de la historia. Barcelona: Zeus, 1970.

Laclau, Ernesto: La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2005.

Laclau, Ernesto y Mouffe, Chantal: Hegemonía y estrategia socialista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2004.

Mouffe, Chantal: <El retorno de lo político. Barcelona: Paidós, 1999.

Mouffe, Chantal: La paradoja democrática. Barcelona: Gedisa, 2003.

Mouffe, Chantal: En torno a lo político. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2007.

Mouffe, Chantal: El desafío de Carl Schmitt. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2011.

Zizek, Slavoj: ¿Quién dijo totalitarismo? Madrid: Pre-Textos, 2002.

Zizek, Slavoj: Repetir Lenin. Madrid: Akal, 2004

Zizek, Slavoj: En defensa de la intolerancia. Sequitur: Madrid, 2007.

Zizek, Slavoj: Robespierre virtud y terror. Madrid: Ediciones Akal, 2010.

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