Síndrome de la Resignación

La Veranda de Rafa Rius

En estos dichosos días de turrones y mazapanes, de compras compulsivas, publicidad agobiante y felicidad enlatada para todos, nos llega una terrible noticia procedente de las tierras donde acampa Santa Claus con sus renos y que viene a frustrar nuestra digestión satisfecha.

Se trata de un nuevo síndrome, al parecer desconocido hasta ahora. Los neuropsicólogos le han dado el sarcástico nombre de “Síndrome de la Resignación”. Sólo se ha detectado entre los niños refugiados en Suecia amenazados de deportación y los síntomas incluyen un aislamiento completo. Dejan de caminar y hablar, o de abrir los ojos y la boca (en muchos casos tienen que ser alimentados por sonda). Al parecer, todas sus constantes vitales funcionan normalmente pero los niños no se mueven: el mundo ha sido tan terrible con ellos que se han vuelto hacia sí mismos y han desconectado la parte consciente de su cerebro. Los niños más vulnerables son los que han sido testigos de violencia extrema, a menudo contra sus padres, o cuyas familias han huido de un ambiente profundamente inseguro. Si en el caso de los soldados que vuelven de la guerra hablamos de síndrome postraumático, cuando al menos ellos tienen por lo general, una casa a la que regresar, ¿de qué hablaremos en el caso de estos niños que tras el trauma terrible de la guerra, no tienen ningún lugar al que volver? El problema para cualquier tipo de terapia reside, según los psicólogos que los tratan, en que su evolución esta totalmente ligada a que se sientan seguros y eso comienza como mínimo, por un permiso de residencia permanente que inicie ese proceso de curación. En cualquier caso el niño tiene que sentir que hay esperanza, que posee algo a lo que aferrarse para vivir. Es lo único que explicaría por qué, el tener el derecho a permanecer en el país, el disponer de una situación estable, supone el comienzo de una mejoría en muchos de los casos analizados.

Durante largo tiempo había mucha disposición a ayudar. Había cierta unidad y un consenso aparente entre gran parte de la población. Por otro lado, nunca antes se había discutido seriamente el tema. En cuanto alguien defendía una postura crítica se le desterraba al rincón de la xenofobia. Ahora eso ha cambiado en Suecia. Ya no estamos en tiempos de Olof Palme con una socialdemocracia que, sin salirse del relato capitalista, era líder en derechos sociales, sino un Gobierno más cobarde, muy condicionado por la xenofobia de Demócratas Suecos, que ya ocupa el tercer lugar en número de votos. Desde 2009, Suecia, con 13 millones de habitantes, permitía que entraran anualmente más de 100.000 refugiados al país, siendo por lo tanto, el país que más recibía per cápita. En 2015 se alcanzó la cota más alta con casi 170.000 personas que huían de la guerra y la pobreza en países como Siria, Irak y Afganistán. En este contexto, se adoptaron medidas que se aplicaron en 2016 y endurecieron drásticamente la legislación de asilo, así, el año pasado sólo llegaron a Suecia cerca de 30.000 refugiados, lo que representa una caída del 82%, según datos de la Oficina Nacional de Estadística y las deportaciones han aumentado exponencialmente. Más allá de la propia legislación sueca, hay varios motivos comunes para explicar la caída generalizada: La desintegración del espacio Schengen, el tapón austríaco de los solicitantes de asilo, las vallas en Macedonia y Hungría, los controles de identidad en Serbia y el acuerdo entre la UE y Turquía. Aún así, da vergüenza compararlo con las cifras de acogidos por el Estado Español.

Antes de la gran afluencia de refugiados, en Suecia siempre hubo una escena de extrema derecha pequeña pero fuerte, que perpetraba ataques a los alojamientos de refugiados. En 2015 y 2016 estos ataques volvieron a aumentar. El partido de extrema derecha de los Demócratas Suecos trató de sacar provecho de la situación actual. En el punto álgido de la crisis de los refugiados de 2015, llegaron a situarse entre el 20 y el 25%. Algunas encuestas pronosticaban incluso que podrían convertirse en la primera formación. Pero eso ha cambiado desde que, en la primavera y verano de 2016, el gobierno de coalición socialdemócrata y ecologista, les robase el discurso xenófobo y adoptara medidas para endurecer el derecho de asilo. Aún así, punto arriba o punto abajo, los partidos de extrema derecha siguen manteniendo fuerza y algunos partidos conservadores ya han roto el tabú de no cooperar con Demócratas Suecos.

En estas circunstancias no está de más el recibir esta noticia de los niños con síndrome, mal llamado de “resignación” -término que resulta engañoso, puesto que ellos no se han resignado sino que “los han resignado” a la fuerza- el síndrome sería más bien de “autismo sobrevenido” causado por el trauma que supone a tan temprana edad, el saber que nadie los quiere cerca, que no hay lugar para ellos -refugiados sin refugio- vayan donde vayan.
Una noticia ésta, filtrada a través de las grietas de tanto estúpido “buenismo” navideño y que nos devuelve al plano de lo real.

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